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Ely Guerra y el magnetismo de su voz

Ely Guerra

La reconocida cantautora mexicana ofreció un emotivo concierto sin más acompañamiento que su versátil voz y dos guitarras acústicas

Ely Guerra
Concierto en Salón La Maraka, Ciudad de México

(Diciembre 3, 2021)

Por Sr. González

Estaba cantando frente a mí, como hace un poco más de 30 años cuando coincidimos en un Teletón en San Pedro Sula, Honduras, donde yo fui como miembro de una banda de rock mexicano y ella fue sustituyendo a la integrante de un grupo vocal de aquella época.

Fue en un after show y ella aún no cumplía la mayoría de edad. Ahora como entonces, Ely Guerra tenía al público embelesado con su voz.

Muchas cosas han sucedido desde entonces. Tuvo que pagar su cuota en un mundo machista que la puso a hacer coros para cantantes que no cantaban y tolerar las imposiciones de la industria musical, trascender obstáculos y por fin, lograr ser tomada en cuenta como la compositora y cantante de su propio proyecto, abriendo puertas para otras que llegaron después.

En cierto momento se rapó la cabeza para mostrarle al mundo que no es solo una mujer guapa, sino una artista en todo el sentido de la palabra. El público comenzó a ubicarla por sus colaboraciones con Fratta, Control Machete, La Ley y otros artistas, por aquella portada junto a Julieta Venegas en la revista TIME, por sus novios célebres, los giros estilísticos, aquel sexy-accidente en el Vive Latino, pero principalmente por sus canciones memorables.

Ahora me encontraba contemplándola con aprecio, emoción y esta sensación de déjà vu. Era el viernes 3 de diciembre de 2021.

Ese día llegamos al Salón La Maraka de la colonia Narvarte. Lugar con un aforo para 1700 personas en mesas ubicadas en dos niveles, que antes fue recinto de los mejores exponentes de la música tropical y que ahora ha diversificado su oferta. Son días en que la gente comienza a salir de su encierro, después de una pandemia que cambió la vida nocturna desde hace ya casi dos años.

Entramos temprano y nos dieron nuestra mesa, justo en la orilla del escenario redondo en medio del gran salón, que lentamente se fue llenando hasta no dejar ninguna silla vacía. Pedimos algo que nos calmara el hambre y la sed, antes de que bajara la intensidad de las luces.

Poco después de la hora anunciada en el boleto, salió una sonriente Ely con un vestido largo, con figuras geométricas naranjas, amarillas y cafés, que dejaba al descubierto sus hombros y con los tirantes del lado derecho.

 

Caminó hacia el centro del recinto donde estaba una silla alta, una mesa y dos guitarras acústicas en sus respectivos atriles, una de estas, su ya clásica guitarra rosa. Ella sola llevaría la presentación.

Comenzó la primera canción con un volumen bajo, posiblemente porque su ingeniero de sala ha de haber tenido complicaciones por la disposición fija de las bocinas del lugar, que no le permitían subirle demasiado.

Aún así, el público deseoso de participar en un ritual que apenas comenzaba, cantó la canción por encima de ella misma. La cuestión del volumen mejoró para la segunda canción y la gente no paró de cantar con Ely en prácticamente todo el resto del concierto.

Ely Guerra

Entre temas, ella conversaba con el público sobre su temática amorosa, de deseo y añoranzas juveniles, mientras eventualmente sus seguidores le gritaban piropos y le manifestaban su cariño. “Te Amo I Love You”, “Colmena”, “Dime”, “Ojos Claros Labios Rosas”, “Mi Playa”, “Más Bonita”, “Tengo Frío” y “Peligro”, entre otras canciones más, sonaron en arreglos acústicos, alternando sus dos guitarras y dejándonos escuchar claramente su voz, matizada en momentos e intensamente potente en otros, despertando nuestras emociones con canciones que fueron fluyendo a lo largo de casi dos horas.

La iluminación aprovechó la forma circular del escenario para en su diseño, resaltar ciertos perfiles y generar ambientes. En la parte de atrás, una pantalla mostraba imágenes estéticas que no robaron la atención de lo que sucedía al centro. Ely volteaba de un lado a otro para establecer contacto visual con todo su público. Era el punto de atención y todo estaba planeado para que así fuera.

De pronto, algo cayó tras de ella. Era el aparato transmisor de su monitoreo que se desprendió del vestido. Ely se las arregló para sin dejar de tocar quitarse el audífono, ya que evidentemente dejó de tener una buena referencia de su voz. Para ese momento ya tenía al público en la mano.

Ely Guerra

Ely Guerra

Sin embargo, tuvo que parar y salir del escenario un par de minutos (literalmente), para arreglar el desperfecto técnico, no sin antes pedirle a la gente su comprensión. Si bien el ambiente se enfrió un poco, Ely logró retomar la atención y entrega que ya había ganado para enfilarse al final de su presentación.

Reservó para despedirse el canto a capella del único tema de la noche que no era de su composición, “rame” de María Grever. Para esto, dejó el micrófono, se separó de su instrumento y se acercó a la gente en un recorrido por toda la circunferencia que formaba el límite del escenario.

Comenzando a la izquierda y en el sentido de las manecillas del reloj, avanzó hasta llegar justo enfrente de nuestra mesa. En ese momento la vi transformarse en esa chica que, en un pequeño escenario de Honduras y con otros músicos mexicanos de público, la admiramos por su forma de cantar.

Solo el aplauso y el grito estruendoso que exclamaba “¡Ely!, ¡Ely!, ¡Ely!” mientras salía del escenario, me regresó al presente. Un presente con treinta años de bellas canciones que escuchamos de la manera más esencial, con voz y guitarra.