El 21 de septiembre de 1993 fue publicado el tercer álbum del trío icónico del grunge, sin que nadie imaginara que se convertiría en el último
Nirvana
In Utero
DGC. 1993. EE.UU.
A apenas 23 segundos de comenzar In Utero, Kurt Cobain hace una de las confesiones más desconsoladas de la historia de la música: “Teenage angst has paid off well / Now I’m bored and old” (la angustia adolescente ha dado buenos frutos, ahora me siento aburrido y viejo) abriendo de este modo sus venas desnudas y uno de los trabajos más implacables del rock de las últimas décadas.
El lacónico “profeta” de la revolución alternativa de los 90, que cambió el rumbo de la industria y de la música con guitarras, desde entonces y para siempre, con uno de los álbumes rock más exitosos de todos los tiempos, el eternamente omnipresente Nevermind, estaba metiendo el dedo en lo más profundo de esa pústula llamada fama, objetando con desdén visceral el espíritu mercenario de la maquinaria pop, pero a la vez reconociéndose como su cómplice más hipócrita, despertándonos con una bofetada del sueño ingenuo de las revoluciones musicales dentro de la cultura pop y, más significativo aún, avisándonos lo que pensaba hacer unos meses después, cuando partiría de este mundo envuelto en un nube de pólvora.
Fue un gesto absoluto y resoluto de épica nihilista, equiparable al desencantado “¿Alguna vez han tenido la sensación de que han sido engañados?”, con el que John Lydon, alias Johnny Rotten, se despidió, frustrado y resentido, del público, de los Sex Pistols y, más cabalmente, del movimiento punk como tal, allá en el escenario del Winterland Ballroom de San Francisco, en enero de 1978, una especie de momento sincero de impulsividad radical, que podría verse como la única instancia verdaderamente punk de un movimiento tras el que hubo más mercadeo y diseño de producto del que muchos quieren reconocer.
Con el tiempo, el mismísimo Lydon, personaje difícil e indomable como pocos en la industria del entretenimiento, se encontraría navegando las aguas del music business, con no poca dificultad y muchas veces en situaciones contradictorias, reencontrándose con sus ex-compañeros de banda y dejándose seducir por la moda decadente de las reuniones de bandas “veteranas”, un par de décadas después, pero renegando caustica y acertadamente de la inducción de los Pistols al Salón de la fama del Rock and Roll, en 2006, dejando claro con impecable lógica rebelde que no hay nada más antipunk, qué digo, más antirock, que una ceremonia de consagración.
Cobain y Nirvana: esquivando la fama y las convenciones
Pero Cobain fue más lejos de lo que Lydon, con toda su inagotable rabia, jamás hizo. No sólo su proclama fue más rotunda, no sólo el derrotismo desvelado en sus palabras más definitivo, más irreparablemente existencial, sino que optó por la más radical a irreversible de las soluciones para escapar de su estatus de celebridad y las trampas que lo acompañan.
Ciertamente, es debatible si el proyecto Nirvana como tal, logró blindarse y purgar los influjos tóxicos de la explotación corporativa; Cobain sabía que nadie iba a poder traerlo de vuelta del más allá, pero no contaba con un elemento pernicioso y persuasivo como pocos: la fanaticada.
No hay peores discípulos de un artista que los mismos fans. No importa si Lennon pensaba que sus seguidores estaban demasiado nostálgicos hacia The Beatles, una banda que ya no existía, según sus propias palabras a finales de los 70, y que se estaban perdiendo lo que las nuevas generaciones de artistas ofrecían.
No importa cuántas veces Robert Plant aclare que está cansado, y con total razón, de la híper desgastada “Stairway to Heaven”, nada le va a impedir a fans y crítica -o a gente como los Gallagher- seguir alimentando el culto sempiterno a los cuatro de Liverpool, y Plant deberá seguir asistiendo a ceremonias solemnes y sonreír y hacer reverencias cada vez que todo tipo de celebridades, presidentes incluidos, le aplaudan y festejen aquella canción que no quiere volver a escuchar.
La sobreexplotación del legado Nirvana
Así, tenemos, a treinta años del último gran grito angustiado del grunge, suficientes reediciones y lanzamientos de grabaciones inéditas de la banda como para ensamblar una verdadera Nirvanoteca o escribir un manual al estilo de Cómo construir una gran colección de discos usando una banda que sólo editó tres álbumes.
Jessica Hopper -escritora musical espabilada y apasionada como el que más- ya había resentido el insatisfactorio y abrumador exceso de las ediciones Deluxe, Super Deluxe y demás prácticas de relanzamiento de álbumes “consagrados” en una nota para el Chicago Reader, en Septiembre de 2011, en relación con al boxset del 20 aniversario de Nevermind, en el que Universal se las arregló para, de un sólo álbum de poco más de 43 minutos, exprimir cuatro CDs y un DVD.
La periodista se lamentaba, pero era optimista; creía que a esas alturas del “fenómeno”, ya se le había sacado al culto a la banda todo lo que se le podía sacar: “(Esta) conmemoración trae noticias maravillosas: ya no queda nada que raspar”.
Pero estamos hablando de 2011 y la historia da giros insospechados y a veces increíblemente delirantes; con toda su agudeza y combatividad, Hopper, viviendo aún las etapas residuales del CD como plataforma por default para el formato físico, no adivinó lo que ya se asomaba, el renacer de un medio superado, ahora convertido en fetiche de altura, en nuevo símbolo de estatus, en práctica altamente “fashionable”: el vinilo, dando inicio a toda una nueva era dorada de la comercialización.
Esta nueva etapa ha traído su propia superabundancia de reediciones, ampliando el muestrario de ítems a punta de prensados “de la época”, remasterizaciones para vinilo, discos de tal o cual gramaje, prensados alemanes o japoneses o de cualquier otro lado, y no olvidemos las múltiples opciones que se ofrecen en el apartado del trabajo gráfico, cajas con posters o fotografías, libros con letras de las canciones usando todas las fuentes disponibles en los programas de diseño, discos de color… como para lucirlo con orgulloso cuidado sobre tu repisa favorita de la sala, donde todos puedan verlo, y sin sacarlo demasiado.
En una de las argucias más impresionantes de la industria, esta nos ha convencido de que el vinilo era el formato que, en el fondo, queríamos y necesitábamos sin saberlo, que merece ser reverenciado como reliquia vintage sagrada, susceptible de atributos religiosos -los coleccionistas más románticos describen su escucha, de hecho, como un “ritual”.
Así, este producto de limitaciones intrínsecas, que fue desechado por varios músicos y productores en los 80, cuando, frustrados con los resultados finales del vinilo y emocionados con la llegada del CD, sintieron que aquella entonces nueva tecnología digital sí reflejaba con exactitud lo que habían concebido en el estudio, ha protagonizado el más impactante y dramático de los “comebacks”, modernizado con ropaje de pieza única de colección, seduciendo al sibarita dormido que se agazapa dentro de los rincones más silenciosos de nuestro ánimo, e incluso del de los más rebeldes, y ofreciéndose como el objeto “artístico” ideal para esta, la era de los life styles alternativos y del consumo artesanal, orgánico y anticorporativo, a pesar de que el vinilo tiene una huella de carbono 12 veces mayor que la del CD, y es por ende un producto bastante más enemistado con el medio ambiente, la más grande de todas las ironías, y una prueba de lo infinitas que son las astucias de la mercadotecnia.
Como dijo un buen amigo mío “los humanos vivimos en eterna contradicción”.
Dicho esto, lo inevitable no sorprende: ya nos han preparado el paquete para los 30 años de In Utero, el que propiamente podríamos llamar el canto de cisne de Cobain, si pensamos que el Unplugged no tenía material nuevo y fue lanzado a finales de 1994.
Ocho LPs con temas remasterizados, dos conciertos completos, un libro de 48 páginas, un fanzine de 20, un poster de un concierto en Los Angeles, dos entradas de concierto, volantes, pases para el backstage, en fin, todo lo necesario para una verdadera orgía sonora Nirvanística, y a un precio de más de 300 dólares (los vinilos cuestan entre el doble y el triple que un CD) un negocio más que redondo. Suficiente para despertar de nuevo la exasperación de Hopper, y quizás, la del bueno de Cobain, donde quiera que se encuentre, pero quien al menos puede lavarse las manos con este asunto y disfrutar de una verdadera paz eterna libre de culpas.



Las cosas como están, lo más cercano que podrá haber jamás a una reunión de Nirvana son los Foo Fighters, el sobreviviente más longevo y activo de aquella escena cuya voz se sintió en todo el planeta, mantenidos con profesionalismo por el diligente y afable Dave Grohl, que resultó uno del los personajes menos autodestructivos de esa era, y que ha tratado de llevar con dignidad el proyecto a través de su transición de emblema alternativo a banda confiable de rock clásico, perfecta para apariciones en series como The Morning Show, aplaudida por aquellos otrora jóvenes de los 90 que hoy son personas bien establecidas de 40 y 50 años.
Los doce diamantes de In Utero
El legado simbólico de Cobain como “elegido”, como “voz de una generación” y de un sentir, ha logrado mantenerse relativamente puro, inmortalizado por su muerte prematura, aunque suene a paradoja, y consecuentemente, la obra de la banda, su mensaje y lo que representó ha logrado retener una autenticidad básica debido a que no puede ser traicionada por posteriores trabajos o por lo que hubiese hecho un Cobain ya más establecido y avejentado.
Podemos objetar lo que sea en relación al modo como se explota el legado de Nirvana, pero no la consistencia de su música como reflejo absoluto del sentir de su autor, y por eso esas primeras líneas de “Serve the Servants” nos suenan tan poderosamente sinceras y fatales, aún a tres décadas de distancia.
Pero la cosa no se queda meramente en esa frase inicial. No son sólo esos acordes quebrados y la disonancia inyectada en nuestro ánimo sobre la contundencia de los palazos introductorios de Grohl, ese estallido directo, estampado en nuestro rostro sin previo aviso, sin darnos chance a ponernos en guardia.
No es sólo el dramatismo brutal y repentino con el que comienza este tema, y el disco como tal, sino que desde acá en adelante, vamos a ser arrastrados a todo lo largo de un recorrido turbulento, un muestrario de perturbaciones emocionales diversas que no deja mayor resquicio para la luz, consistentemente penumbroso, irredento, sin paradas para tomar aire.
A pesar de ello, se trata una tormenta en la que nos adentramos más gustosos que cautelosos, literalmente arropados por la energía de sus sonidos y por esa forma extraña de belleza atormentada que eleva a estos temas por encima del manifiesto existencial, del acertijo de culto o del estatus de obra de nicho para iniciados, para elevarlos al nivel de hito musical trans-generacional, gracias en no poca medida a la asombrosa inteligencia pop de Cobain, un artista incontaminado de academia, política o ínfulas artísticas, con un instinto silvestre increíblemente afinado para la confección de canciones, sobreviviendo las tentaciones del estrellato pop, como un verdadero mesías del sonido alternativo.
No existe en los temas de la banda ningún asomo de alarde técnico, ninguna ínfula de falsa profundidad, ningún ademán teatral o artificial. No se adivina en esta música nada que no sea una necesidad real de purga y conexión.
Es común escuchar a sus detractores -¿quién no los tiene?- decir que la música de la banda era “básica”, simple y realmente poco original; citan lo más que obvio, a Pixies como modelo “estético”, algo que Cobain jamás negó.

Menos común es leer sobre su admiración hacia The Beatles y su deseo de hacer una canción en el estilo de éstos, a su manera, resultando de ello “About a Girl”, de Bleach, álbum debut de la banda, y algunos pensarán que el mítico frontman tenía tanto de torturado como de comediante y estaba troleando a todo el mundo con el asunto, pero si sentimos eso es porque no hemos escuchado con suficiente dedicación “I Wanna Hold Your Hand”, y no hemos reparado en el sentido lógico, natural y espontáneo con el que su música fluye, sin complicaciones armónicas mayores, con el bajo contrapunteante de Paul jugando y bailando a sus anchas con la melodía inicial, anunciándonos la llegada del estribillo con una sencillez tan elemental, que logra desechar cualquier protagonismo instrumental, con un Ringo concentrado unívocamente en sólo marcar el compás sin llamar atención alguna sobre su ejecución, y esos acordes que suenan como si hubiesen sido creados sólo para sonar en el orden en que los escuchamos acá.
En este punto, sólo requeriremos de un mínimo ejercicio de abstracción para darnos cuenta de cómo un tema de Nirvana encajaría perfectamente en este molde, apenas alterando una nota acá o allá, o dando un ligero giro de escalas.
Es ese olfato de cantautor, de entendedor nato de la sintaxis musical popular, de artista consumado de la expresión minimalista y su intuición infalible para balancear todo esto, lo que hace de sus canciones experiencias compartibles, cargadas de empatía, cabales y exactas, sin vacíos que llenar, sin cabos que cortar o atar.
Nos guste o no, una canción de Nirvana es algo difícil de olvidar y virtualmente imposible de confundir con otra. Esto fue algo que se hizo más que evidente con Nevermind, y el modo como muchos de sus temas se convirtieron en clásicos instantáneos, pero que en este, su álbum sucesor, es puesto a prueba hasta el límite, siendo que todo lo que en aquel estuvo imbuido de ese dinamismo tan pulsante que casi podía darle un ángulo bailable a los temas, acá está sometido a fuerzas en tensión y distorsión constante, como si quisieran despedazar la música -y el alma de su vocalista- en miles de cuantos de rabia desencadenada.
Cobain era un autor más melódico de lo que quizás él mismo sabía, y eso es palpable cuando nos sumergirnos en la mayor parte de los temas de Nevermind e identificamos su duro núcleo pop. En In Utero, esa sustancia hecha de musicalidad pura y condensada se nos presenta intacta, pero, de algún, modo transfigurada en algo más, en una nueva dimensión expresiva, renacida como catarsis y purga definitiva.
In Utero es un trabajo con ansias urgentes de visceralidad, diseñado de un modo engañoso, asomándosenos como un ejercicio de buen gusto sonoro para de este modo mostrarnos las entrañas desgarradas que se escondían en el interior de los temas eficaces y pegajosos de su anterior álbum.
Y digo lo del “buen gusto sonoro”, porque, en su afán de reencontrarse con su espina dorsal más punk y underground, la banda encomendó los oficios de producción a Steve Albini, ex-Big Flag, hoy día reconocido por su abordaje desnudo y crudo, casi sin mediaciones, de la producción musical, como un documentalista extremista que arriesga todo para recoger del modo más directo y sin embelesamientos editoriales un acontecimiento único y extraordinario, irrepetible -y en este caso, la forja de un álbum de dimensiones históricas insospechadas, sin duda lo era.
Obsesionado con capturar la energía rabiosa de la banda en su estado más primigenio e inalterado, Albini implementó estrategias como colocar numerosos micrófonos alrededor de Grohl en tiempo record, para recoger toda la reverberación ambiental del lugar donde tocaba, y todo el asunto en general estuvo completado en tiempo record.
No todo resultó del agrado de todos y, contra los deseos iniciales de Albini, la banda encargó la implementación de algunos ajustes en temas específicos a Scott Litt, el responsable de ese sonido preciso y contundente, pero refrescantemente multidimensional, de esos vibrantes álbumes que R.E.M. -una de las bandas más admiradas por Cobain- editó a finales de los 80, como Document (1987) y Green (1988).
Las cosas como fueron, el sonido final del álbum resultó ser masivo y fulminante, y aún así, de una extraña manera, impregnado de una cierta voluptuosidad artística, minúsculamente detallada, meciéndose entre la experiencia impresionista, con sentires atmosféricos, y el ímpetu más visceral.
Parte de esto se debe al eclecticismo decidido del álbum, que se asoma en cada uno de sus resquicios de modo casi sugerente pero inescapable. Está más allá de todo argumento poner en duda la naturaleza indómita de la banda, su constante reiteración de los principios más combativos e innegociables del punk y la abrumadora eficacia de su particular disciplina sonora, los golpes fulminantes y exactos de los tambores de Grohl, la densa y sobrecogedora expansión del bajo de Krist Novoselic, el rasgueo áspero, simple, pero rico en sutiles resonancias de la guitarra de Cobain.
Y, sin embargo, la vocación experimental del disco es inocultable a pesar de su tan comentada fiereza, pero es justamente esa voluntad de ruptura, ese buscar demoler las convenciones formales establecidas, ese tensar hacia lo extremo las posibilidades expresivas lo que nos da la medida de la fuerza contenida y reprimida dentro la profunda desazón emocional formulada por Cobain.
Nirvana siempre tuvo ese “no sé qué” que suele manifestarse muy de cuando en cuando en ciertos artistas; para mí, en este caso, se trata de una capacidad para sonar a algo distinto sin necesariamente estar inventando algo nuevo, algo quizás no está muy claramente definido, pero que está sin duda presente.
Entre los tres, eran capaces de activar una sinergia tan particular que los hacía escapar a las restricciones formales del underground, de la estética de la “canción demo”. Por supuesto, estamos hablando de una banda que a partir de un punto específico en su corta carrera, pudo beneficiarse de firmar con una disquera poderosa y de tener acceso a productores que, más allá de sus enfoques particulares, le procuraron a la banda un sonido profesional, pero no por esto vamos a negarle a Cobain y a sus compañeros sus méritos artísticos.
Hay algo en el modo como los integrantes disponen de sus elementos sonoros, el espacio que dejan para que estos discurran dentro un tema, lo que hace del sonido Nirvana algo irresistible, casi familiar, si cabe la expresión, algo que en vez de hacernos levantar la guardia cuando adivinamos su contundencia, más bien nos hace sentir invitados, curiosos, y es esa especie de disposición para hacerse inteligible lo que nos permite estar en ellos, y lo que permite a la banda imaginar distintos ángulos para hablarnos sea de rabia, resignación, alienación o cualquier otra confesión que Cobain tenga a bien compartir.
Es este el atributo que les permite ese “ir más allá”, sin traicionar los rasgos esenciales que asociamos a su música o sin atentar contra la lúcida sencillez de su modo de componer, ser experimentales y atrevidos sin alejarse de lo que son.
Lo vemos, por ejemplo, en esos temas que son los herederos más directos del sonido Nevermind, canciones como “Rape Me” o “All Apologies” (el cierre antológico del álbum convertido hoy en clásico) en dónde la banda apela, respectivamente, a un riff que parece una reedición del celebérrimo “Smells Like Teen Spirit”, y, en el segundo caso, a uno de esos versos “clásicos” de la banda, potente pero aletargado, donde el beat nos lleva hacia atrás como lastrado por un insoportable dilema existencial.
A primer asomo ambos temas parecen revisitar terreno familiar, pero en el primero la dinámica es más contrastante y vertiginosa que cualquier cosa intentada en el disco anterior y, en el caso de “All Apologies”, la presencia de un chelo cortesía de Kera Schaley, le otorga al tema una sinuosidad extrañamente apacible.
Ambos hablan de lo mismo: la vulnerabilidad, en la primera instancia como invasión de la privacidad, como asalto sexual y deseo de retribución inescapable y agobiante, en la segunda, con un Cobain casi avergonzado y deprimido por no poder asumir ninguno de los roles que la sociedad y las expectativas del estrellado han cargado sobre él.
Lo apreciamos también en la anhelante “Pennyroyal Tea”, un tema con ligeros visos iniciales a jangle pop, que se va electrificando de modo creciente gracias a la presencia de un tapiz de estática lejana, sirviendo como metáfora de la abrumadora insuficiencia social experimentada por un Cobain que no sabe cómo lidiar con todo lo que la fama le ha traído y, en particular, con el vacuo ideal de la superestrella rock, rematado con una desaceleración final que funciona como alegoría de un desmoronamiento inexorable.
Pero lo podemos apreciar, con más admiración aún, en esos temas que más claramente se distancian de anteriores caminos recorridos por la banda y en donde operan con una agresividad inusitada, incluso para sus propios términos, expresada a quemarropa, como en la frenética “Radio Friendly Unit Shifter”, un tema espásmico, recorrido por distorsiones guitarreras que ascienden para caer en cascada y que colisionan entre sí con una furia industrial, como movidas dentro de un portentoso acelerador de partículas sónica.
“Milk It”, cultivada con iguales intenciones, está tejida sobre un tapiz casi arbitrario y cacofónico de destellos de guitarras y que a ratos estalla en un alarido que parece extenderse hasta donde la histeria misma lo permite; una extraña mezcla de disonancias pulsantes y claustrofóbica que suena como si el caos indisciplinado y casi absurdista de The Raincoats convergiera repentinamente con la angustia laberíntica del “Track 8”, de The Flowers of Romance, de Public Image Ltd, ambos artistas celebrados por Cobain.
En otros temas afines como “Scentless Apprentice”, inspirado en la novela El perfume, de Patrick Süskind, los alaridos de Cobain parecen desgarrarse hasta el punto de parecer que se disuelven en algún residuo de estática eléctrica, mientras Grohl carga al tema con una dosis de ansiedad demencial, casi desesperada, gracias a un patrón reiterativo que parece nunca resolverse.
Este es un álbum cargado con grandes momentos de enajenación, afianzados mediante retazos filosos de guitarra, ritmos masivos y distorsiones que casi derivan en una sensación de alucinación abstracta, pero por potentes que sean estas saturaciones, la banda, en vez de conformarse con mostrarnos un rostro unidimensional para semejantes devastaciones, logra exponernos a otros sentires de desazón semejante pero expresión divergente, como en “Dumb”
Un tema que nos habla más bien desde el colapso emocional, intervenido por un chelo casi meditativo mientras un Cobain que suena aplastado –quizás adormecido– parece arrastrarse entre la nebulosa calma del tema, intuyendo que el único modo de escapar del dolor es mediante el aturdimiento: “My heart is broke, but I have some glue / Help me inhale and mend it with you / We’ll float around and hang out on clouds / Then we’ll come down and have a hangover” (mi corazón está roto pero tengo pegamento, ayúdame a inhalarlo para arreglarlo juntos, flotaremos y nos colgaremos de las nubes, después bajaremos y tendremos una resaca”).
“I think I’m dumb/Or maybe I’m just happy” (creo que soy tonto, o quizás sólo estoy feliz), concluye con resignada franqueza.
In Utero resulta así un trabajo tan multivalente como las aflicciones de su autor, capaz de apelar tanto a la aprehensión como a una especie de belleza del desconsuelo destilada con gran refinamiento expresivo, y nos muestra la imaginación de Cobain, Grohl y Novoselic en su estado más pleno de exuberancia, encontrando su punto de balance más consumado en la estelar “Heart Shapped Box”, una de las canciones más auténticamente “Nirvana” de la banda, a pesar de su muy inusual construcción.
Se trata de un tema con sabor a pesadilla que discurre como una combustión lenta pero inexorable, sofocante en su letargo, penumbrosamente adormecido, marcado por repentinos estallidos de voces y guitarras retorcidas, y acompañado del solo de guitarra más fascinantemente discordante imaginado por Cobain.
Lo tiene todo: inventiva y complejidad minimalista, por contradictorio que suene, feedbacks chopeados, expansión, distensión, distorsión, y una simplicidad tan hipnótica como demoledora.
Es habitual para la banda, sellar sus composiciones con frases que se repiten como un mantra fatídico, invocando en cierto modo el carácter de lo inevitable, de lo que no tiene reparo o vuelta atrás, creando así el vehículo expresivo perfecto para la ordalía testimonial de este trabajo.
Cobain: un alma rota
A lo largo de estos 12 temas, y con una voz más áspera y resquebrajada que nunca, a ratos sorpresivamente tierna, siempre extremadamente vulnerable, incluso cuando destila rabia pura, Cobain nos lo escupe todo y nos habla de almas enfermas, de no encajar y estar desconectado, del poder destructivo de la presión social, de las incurables heridas de la ausencia paterna, de desolación anímica, de desconsuelo, de las parasitosis del espíritu y de la dependencia hacia los medicamentos.
Pero Cobain era un alma rota y sus las dolencias en el fondo, eran espirituales, y no hay medicación que pueda sanar eso fácilmente.
Vamos a leer en todos lados cualquier serie de explicaciones meramente informativas sobre el significado de estas letras que el mismo vocalista aseguró en varias ocasiones no tener mucho de personal, pero es difícil descartar el hecho posible de que buena parte de sus conflictos internos no estén volcados en estas letras cargadas de duda, dolor y descreimiento.
Sea como sea, así como nos queda claro que Cobain no pudo encontrar la paz interior, también es cierto que poseía un don inusual para canalizar sus tribulaciones más profundas y convertirlas en sonidos capaces de resonar y conectar con otras sensibilidades, de hacer sentir en otros su vitalidad intrínseca. De crear una rara y trascendental belleza a partir de decepciones y fracasos internos.
Una de las particularidades más curiosas de aquellos primeros años de la década de los 90, fue cómo en apariencia, durante un breve momento, todos, tanto crítica como fans, emisoras de radio…todos, estaban más o menos de acuerdo, en sintonía paradigmática, por decirlo de un modo.
Por supuesto que en ese entonces, como siempre lo ha sido y será, las carteleras seguían funcionando como catalogo de infinidad de temas musicales absolutamente olvidables, y no es menos verdad que acá hay toda una suerte de considerandos a hacer en relación con la industria y la explotación del fenómeno una vez que vieron como Nevermind, aquel álbum de 1991 proyectado como producto de nicho y que, estimaban, vendería, según los mejores pronósticos, unas 250.000 copias en el transcurso de un año, se encontró de repente vendiendo 1,2 millones de unidades por mes, no hay que chuparse el dedo.
Pero es imposible no sentir cierta fascinación reconfortante al recordar cómo el provocador video de “Heart Shaped Box”, con al anciano en la cruz, flanqueado por negros cuervos, la niña ataviada con la capucha del Ku Klux Klan, tratando de coger los fetos colgados en lo alto de los árboles, todo empaquetado en colores sobresaturados enervantes y encuadrado con todo tipo de desenfoques, como una receta para degustaciones perturbadas ideada por un David Lynch adolescente, era uno de los clips más populares, en sempiterna rotación televisiva en MTV.
Nirvana no fue la banda más experimental de la historia o de su momento particular, pero la agrupación poseía una energía difícil de contener y una habilidad inusual para expresarse de modo arrollador.
Dándoles un bien merecido crédito, forjaron una estética que logró compendiar simplicidad, accesibilidad y originalidad. Puedes identificar un tema de la banda con sólo unos segundos de escucha, incluso si no lo has escuchado antes, y gracias al inesperado éxito de Nevermind y la libertad creativa que este les procuró, pudieron imaginar, con In Utero, una verdadera pieza esencial del rock de la década y de la música en general, editando un álbum auténtico, salvaje y creativo como rara vez se ve en esas alturas del mainstream.
In Utero: el fin de una era
In Utero fue también el símbolo del fin de una era. Luego de su edición y de la muerte de Cobain, medio año después, el “movimiento” que había abofeteado de muerte al anquilosado y agotado glam rock ochentero, que puso en primer plano la relevancia del sonido guitarrero de alta distorsión y que abrió las puertas a todo un mundo de corrientes estilísticas hasta entonces marginadas por los grandes canales de difusión musical, el llamado grunge de Seattle, se adentraría en su ocaso definitivo.
Aún quedaban por salir algunos bien recordados trabajos, como el Vitalogy de Pearl Jam o el Superunknow de Soundgarden; álbumes vitales y relevantes, pero sin el poder icónico del último disco de Nirvana.
Adicionalmente, algo se agitaba ya al otro lado del Atlántico, en los predios del Reino Unido, en donde las bandas representativas de lo que sería el evento musical británico de la década, estaban por conquistar el planeta con varios trabajos de antología que serían editados apenas un año después.
Hoy, a tres décadas de aquellos años recordados por muchos con cierta maravilla y bajo la sensación de que se vivió un momento único en la historia, pareciera que los fenómenos artísticos cataclísmicos son ya cosa del pasado.
Vivimos en una época en la que todo tiene salida y en donde una coexistencia simultanea de estilos y mercados es la norma, en la que todo se entrecruza sin excluirse. Una época en la que surgen, crecen y desaparecen géneros enteros, verdaderas instancias de evolución musical, sin que mucha gente se de cuenta de ello, como es el caso del Hyperpop, y en la que las estrellas, en una actualidad signada por el discurso omnipresente de las redes sociales, tienden a ser cautelosas y a cultivar vínculos más personales con sus seguidores.
¿Fue In Utero una especie de último gran álbum legendario del rock? ¿Fue Cobain el último gran mesías maldito de la música, signifique lo que signifique eso? Creo que nadie puede saberlo, pero quizás sea pertinente citar de nuevo las palabras de Jessica Hopper, a modo de elegía final y definitiva para todas las revoluciones musicales, refiriéndose a los 300.000 álbumes semanales que estaba facturando Nirvana hacia finales de 1991: “Nadie vende ya de ese modo… y nadie volverá a hacerlo”.
Gustavo Reyes
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