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Document: la cura de R.E.M. para un mundo incurable

2037
R.E.M.

El 31 de agosto de 1987 fue publicado el poderoso quinto disco de la banda norteamericana, el último de la etapa con el sello independiente I.R.S.

R.E.M.
Document

I.R.S. 1987. EE UU

Algunas bandas parecen bendecidas por alguna musa divina -o quizás influidas por un pacto diabólico- para, con varios discos extraordinarios a cuestas, aún sacar uno que sea considerado obra maestra.

R.E.M. es una de esas y Document, su quinto álbum, sigue siendo aquel gran acontecimiento musical que fue allá, en septiembre de 1987, un disco que parece lejano a nosotros sólo en términos de contabilidad cronológica porque su rabia inconformista e inspirada musicalidad se sienten completamente intactas, como si todo el disco estuviera concebido bajo el influjo de una revelación atemporal, tanto temática como estilísticamente.

Debemos dar las gracias de esto en parte a Scott Litt, quien tomó las riendas de la producción desde acá y durante la que podríamos llamar la era dorada de la banda, dotándola de un sonido vibrante, prístino y a la vez conciso y directo, tan particular e inconfundible como la voz quebradiza, mágica y enigmática de su “frontman”, Michael Stipe.

Un disco de R.E.M. -al menos los de aquellos años gloriosos- no suena como un disco hecho en los 80 o en alguna época específica en particular: la batería y el bajo poseen una profundidad y dimensión que casi se pueden visualizar, puedes sentir el espacio entre los instrumentos y como sus texturas diversas se entrelazan para lograr un sonido unificado y poderoso pero nunca confuso, incluso si Stipe, con su hábito de cantar estirando y estrujando las ya de por si crípticas letras, las deforma hasta el punto de hacerlas ininteligibles y convertirlas casi en una capa instrumental adicional.




Pero con Document todo lo que Stipe, Bill Berry, Peter Buck y Mike Mills venían haciendo desde sus días en la escena alternativa universitaria de su natal Athens, Georgia (Estados Unidos), se precipitó como nunca en este trabajo portentoso, como las cargas explosivas de un artefacto nuclear precipitan el plutonio sobre sí mismo para lograr masa crítica, provocando un estallido sonoro como nunca antes había logrado la banda.

El álbum significó la emergencia de un R.E.M. en la plenitud de una metamorfosis, la evolución de un sonido con tintes de folk alternativo y cierta vena post-punk al de un rock decididamente militante y portentoso, imposible de evitar.

Por supuesto, hoy día todos saben quién es R.E.M. e incluso quienes no, de seguro reconocen con apenas sus inconfundibles acordes iniciales a “Loosing My Religion” de 1991, su bautizo de fuego en el mainstream global, y una de esas raras canciones vacunadas contra el desgaste y la fama, así sea escuchada un millón de veces.

Pero Document fue un trabajo absolutamente esencial para la consolidación del estatus legendario de la banda así como del sonido alternativo como el credo de autoafirmación de la década siguiente, al menos en su primera mitad.




Se trató del último disco de la banda con el sello I.R.S. antes de firmar con Warner y catapultarse a la dominación mundial -por méritos propios y bajo sus propios términos, hay que aclarar, pero esa es otra historia.

R.E.M.
Edición 25 aniversario de Document, publicada en 2012

Grabado en poco más de apenas cuatro semanas, hacia abril de 1987, la inmediatez y urgencia del disco contrastan con su riqueza de arreglos y precisa arquitectura sonora; temas  como “Finest Worksong” o el más oscuro “Welcome To The Ocupation” (que tiene una cierta cualidad emocional con ecos a lo más sombrío de The Smiths, pero con una carga política absoluta: el intervencionismo geoestratético) nos arrastran consigo desde la primera nota hasta el último “beat”, así como “Exhuming McCarthy”, que juega más con la melodía pero sin renunciar a su vocación de denuncia.

Pero aquí hay más que militancia brutal -acorde con esos tiempos convulsos no precisamente dejados atrás- y hacia mitad de camino el álbum nos regala una de las versiones más osadas que alguien haya concebido, tomando el “clásico” “Strange” de Wire -banda antológica del post punk inglés- y despojándolo de su aura fantasmagórica para convertirlo en una especie de enérgico y casi divertido himno rock, bañándolo incluso de un cierto encanto pop sin dejar de invocar su esencia paranoide; un sacrilegio admirable.

Ni siquiera este “homenaje” desvía a Document de su compromiso crítico; este es un disco que celebra la música con la misma pasión con que arremete contra todo lo que puede estar mal en el mundo.




Stipe no se refrena en lo más mínimo y escupe a velocidad de metralla todo lo que su más rabiosa conciencia le grita, sea a través de la imagen de una congregación de borrachos como metáfora del liderazgo político (el penumbroso “Oddfellows Local 151”, que se siente como el acercamiento inexorable de una tormenta) o mediante la descarga verbal convulsiva de “It’s the End of the World as We Know It (And I Feel Fine)”, quizás la canción más citada de la banda en películas y series de TV, y cuya reputación como himno al inconformismo quedó intacta a pesar de la horripilante Independence Day (1996), donde fue usada.

Escucharlo es como estar en el medio de una turbina de avión en plena aceleración en donde confluyen el compositor Leonard Bernstein, el legendario crítico de rock Lester Bangs, el liderazgo soviético, la manipulación mediática y los despropósitos del gobierno y el  patriotismo como agenda oculta, mezclados con la más profusa y divertida imaginería apocalíptica, cantado por Stipe como si su lengua tuviera una taquicardia; una experiencia hiperquinética que hace pensar y bailar por partes iguales, tan ingenioso que nos resistimos a llamarlo clásico para no mancharle el encanto.

Incluso si no sabemos de qué va la letra, una costumbre que nos ha impuesto la banda, y en particular Stipe, el ánimo vociferante se manifiesta a cada momento y en toda plenitud.

Puedes sentir esa necesidad de rebelión, de golpe al sistema, en la cadencia ansiosa de “Fireplace” y su inesperado pasaje de saxofón (interpretado por Steve Berlin, de Los Lobos, amigo de la banda) que es como el sonido de acontecimientos o pensamientos que se precipitan -y que en su momento fue un atrevida innovación estilística en el sonido de la banda- o en el frenesí rítmico de “Lightnin’ Hopkins” (título tomado arbitrariamente y sin mayor explicación del nombre del celebrado blusero Sam John “Lightnin’” Hopkins) y donde Stipe, más furibundo que nunca, parece gritar a coro con baterías y guitarras contra el adormecimiento de la vida moderna y la sociedad en modo de avalancha sónica.

Se trata de un manifiesto absoluto de principio a fin, rubricado por la excepcional “The One I Love”, un tema que se ha convertido en algo así como una declaración definitiva de la banda, y en donde en sólo cuatro líneas, Michael Stipe se las arregla no sólo para ser implacable, sino para, críptico más allá de toda redención, como siempre, desorientar a cualquiera que la escuche.

Cuando Stipe canta “This one goes out to the one I love” (Esta va para aquella -o aquel- que amo) muchos se convencen de que temáticamente esta es una especie de “canción de amor punk”, cuando en realidad habla sobre el amor -o de los vínculos afectivos- como pretexto para la violencia, recordando un poco a “Every Breath You Take”, de The Police, tema favorito entre parejas que no han terminado de comprender que se trata de la confesión de un acosador obsesivo.

Las aclaraciones son un tanto innecesarias: empaquetado en apenas poco más de tres minutos, este tema posee la densidad de un destino fatal, donde guitarras y baterías te hacen sentir desgarrado y desesperanzado, dejando claro de que va todo el asunto, y dejándote sólo maravillado ante el hecho de que algo tan simple en estructura pueda asomarte a semejante abismo así sea por un instante.




Todo de esto es de esperarse, no obstante. Ese ha sido precisamente una de las cualidades más distintivas de la banda, su capacidad de hacerse sentir a un nivel predominantemente emocional.

No puedes acercarte a uno de sus temas con esa frialdad o distancia académica con la que te acercas a “clásicos” de Pink Floyd, por mencionar a una banda más que conocida, o con la indulgencia nostálgica con que examinas desde el nuevo milenio mucho de lo hecho en décadas pasadas.

Con R.E.M. la cosa es otra; los escuchas y de inmediato queda tu corazón vulnerable a esa corriente melancólica que siempre parece discurrir incluso debajo de sus temas más luminosos o abrasivos, y lo paradójico es que te sientes bien cuando esa especie de tristeza etérea te toca.

Por esta razón una canción de R.E.M. es algo que sientes que sucede en el mismo momento que la escuchas, en el mismísimo ahora, y esto es lo hermoso de Document, que no se trata de uno de uno de esos clásicos “consagrados” que arrasó en las carteleras y que ya es una referencia tan conocida en el ámbito pop como Picasso o Elvis, sino que se trata de un testimonio brutalmente honesto de insatisfacción, una maravillosa celebración de la música que es a la vez un canto absoluto a la desazón contemporánea, esa desazón que sigue hoy tan vigente como entonces.

Gustavo Reyes


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