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35 años del asilo de The Legendary Pink Dots: por cada canción una celda

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The Legendary Pink Dots Asylum

En 1985 la banda londinense, ya afincada en Holanda, publicó su primer álbum para el sello PIAS, consolidando su siniestro sonido psicodelico 

The Legendary Pink Dots
Asylum

Play it Again Sam. 1985. Inglaterra / Holanda

Chifláfono

¡Bienvenidos al manicomio!:

Sólo un neologismo podía titular esta reseña sobre un disco perseguido por la locura –hasta esto lleva la paranoia: ser perseguido por la propia psicosis.

Si bien los temas de la locura, el delirio y la alucinación no son nuevos a voz chiflada de Eduard Ka-Spel líder de la banda-, es difícil encontrar una obra de nuestra era pop que haya sondeado tan exhaustivamente el abismo de las enfermedades mentales.

Las pocas referencias que nos suministra el folleto del disco hacen pensar en una criatura internada aún en algún tórrido asilo psiquiátrico.

Sólo las pinturas amalgamadas de Stephan Barbery, de tonalidades fuertes y colores caudalosos, haciendo referencia al estilo de la mente atormentada de un Van Gogh.

Los ya típicos “sonidos desquiciados” que el teclista Phil “The Silverman” Knight le exprime a sus máquinas nos aventuran en un tour sin posibilidades de regreso. Aunque de regresar, podemos tener la certeza de que nos fue brindada una oportunidad única: pasearnos por los pasillos de la locura sin miradas patologizantes, y sin aquellas voces que eructan diagnósticos que no nos dicen nada de la historia de cada cual.

Aquí se halla la psicodelia donde Legendary Pink Dots se encuentra a sus anchas, aquella que tanto abrevó en la psicodelia seminal de los primeros años de Pink Floyd. Pero si Syd Barrett estaba loco, en este caso en particular, LPD es la locura misma.

De principio a fin, escuchamos una y otra canción como paseándonos por celdas de confinamiento en un manicomio ya clausurado.

El álbum comienza con una procesión de internos en “Echo Police”, llevados a la fuerza por las fuerzas del orden. La pieza le debe tanto al post-punk como a la neo-psicodelia.

Le siguen los ritmos obsesivos y maquinales de “Gorgon Zola’s Baby”: la voz de K-Spel parece hablar sola en su delirio. el desquiciamiento total de “Fifteen Flies in the Marmalade” es el desquiciamiento total de una pareja de confinados que bailan en un salón al ritmo de notas solo escuchadas por ellos.

El delirio femenino en soprano desacorde de “Femme Mirage”, con voz Poison Barbarella (Julia Niblock), desciende espeluznante por un pasillo donde aún se escuchan tormentos. Le sigue el maniático frenesí de “The Hill”, que suena a un ska ejecutado por esqueletos autómatas: el estado anímico ora alza, ora desciende.

Y así va el disco, rítmico aunque sin quicio: en “Demonism” avanza hacia un autismo que pondrá en cuestionamiento la razón del más cuerdo. Claro que a mitad del recorrido siempre encontramos aquel personaje presa de su genio: “¿qué hace esta mente flameante entre tanta pérdida de la razón?” -así encandila la introducción de de un crescendo de cuerdas que luego dan paso al soliloquio atormentado de “So Gallantly Screaming” -evocador de recuerdos traumáticos.

Pueda que en él podamos dar con algunas respuestas si sabemos entregarnos a la atención flotante, aunque la pieza se dé cabezazos contra los muros de su confinamiento.

La megalomanía se despliega en todo su esplendor delirante en “I’m the Way, The Truth, The Light” -el título mismo lo expone, todo en él es certeza. “Agape” es una tonada infantil, trae la imagen de la soledad de una mujer que sólo en su canto encuentra bálsamo para su duelo. Canta de nuevo Poison Barbarella

“Golden Dawn” es un descenso -en teclados y el esencial violín electrónico de Patrick Q Paganini (Patrick Wright) durante aquella etapa de LPD- de lo que la sanidad nunca fue, siempre fue un hoyo donde el enloquecimiento era una espiral centrípeta.

El declive continua maníaco en “The Last Straw”: a ritmo de Kalinka acelerada primero, y luego al son de un vals tétrico y siniestro.

El túnel de alucinaciones visuales y auditivas es abrasivo en “A Message From Our Sponsor”: una voz manipulada electrónicamente nos asegura “I’m reasonable, I’d never interfere” –difícil de confiar en ella cuando no sabemos si es real o no, si es nuestra o le pertenece a un afán oscuro.

Así se suceden los delirios unos a otros, acoplándose unos a otros, acompañándose hasta las dos últimas celdas, hasta esas voces que sólo nosotros oímos en “Go Ask Alice” desde algún lugar impreciso de nuestra psique: ¿vienen desde dentro o vienen desde fuera? Ya se anuncia el momento en el que acaba el confinamiento.

La guitarra de Stret Majest (Barry Gray) recuerda a Manuel Göttsching (Ash Ra Tempel)

La melancolía se reservó el final, un final que podría no serlo. “This Could Be The End” es la más emocional, la más temperamental, la más devastadora: sus tratamientos electrónicos de película de horror –con reminiscencias del maestro estilista John Carpenter-, están finamente acompasados con los arreglos de cuerdas, mientras la voz de Ka-Spel adquiere tonos hirientes.

Una secuencia de teclados en reverberación asoma la dada-de-alta: ¿o es acaso el destino de todos los mortales, locos o cuerdos?

La sentencia que se repite como un salmo a lo largo de la pieza es punzante de ser moraleja, y desesperanzadora de ser conclusión: “Your pain is for you alone, as it is, as it was, as it will be forever. Amen”.

Más allá del fin (porque hay un más allá de este final), los goznes de las puertas que permanecieron hasta ahora selladas chillan al abrirse, pero no para liberarnos sino dando paso a los alaridos de atormentados que siempre estuvieron allí y que siempre lo estarán, aun si el último manicomio es clausurado.

No eran alucinadas: esas voces lamentantes siempre fueron reales.

José Armando García

garja76@hotmail.com



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