En 1974 el dúo berlinés de Dieter Moebius y Hans-Joachim Roedelius publicó su gran tercer álbum, con un sonido más rítmico y melódico
Cluster
Zuckerzeit
Brain Records. 1974. Alemania
Pasan por curiosidades los mensajes humanos enviados al espacio junto a sondas espaciales, en espera de alguna respuesta extraterrestre. No deja de evidenciar cierta soberbia de parte de la especie humana, la siempre supuesta universalidad de sus lenguajes y códigos.
Esa soberbia acaba allí donde nos topamos con sonidos ininteligibles, provenientes de formas tan alienígenas a nosotros que se hace incluso aventurado suponerles un cifrado. Sean el signo de formas de vida o no, esos sonidos provenientes de algún lugar del cosmos nos hablan pero no nos dicen, tal si fuesen una alucinación auditiva.
Así debió ocurrirles a los primeros escuchas de Zuckerzeit en 1974, el tercer álbum de la banda Cluster, provenientes de la Escuela berlinesa de música electrónica encabezada por Tangerine Dream.
En algún punto de las abscisas y ordenadas trazadas por otras bandas de la Kosmische Musik como Kraftwerk, Tangerine Dream, Klaus Schulze, Agitation Free o Ash Ra Tempel, interceptamos a Cluster como un proyecto armónico en sonidos burbujeantes, que no emitía ni una nota sin antes pasar por el tomacorrientes.
Cluster era algo así como las hormigas trabajadoras de los sintetizadores analógicos, en una época donde la electrónica se amparaba –y justificaba- en los “conceptos”.
Ya para este tercer álbum, Hans-Joachim Roedelius & Dieter Moebius –el dúo que constituye el conjunto de Cluster luego de abandonar su denominación original Kluster junto a Conrad Schnitzler– añaden ritmo y percusión (electrónica) al sonido más cósmico de ambientaciones y textura de sus dos primeros álbumes.
El aditamento quizás venga procurado por la producción y colaboración de Michael Rother –integrante del influyente dúo de krautrock, Neu! y con quien formaron el proyecto Harmonia y lanzarían el mismo año el debut Musik Von Harmonia–obsesionado tanto por las texturas como por el metrónomo, quien se suma como parte integral de este álbum para darle tempo a lo que antes era sólo espacialidad.
La fórmula funciona al punto que trae a tierra la sonda espacial de las derivas cósmicas anteriores.
Basta oír la primera pieza, “Hollywood”, para que cada quien se percate de estar ante un producto de electrónica constructivista, que acopla secuencias como en un juego de Tetris en niveles avanzados.
Es –sin ánimos de solemnidad– la celebración mística de la inteligencia más allá del hombre y su especie, como una inteligencia artificial que toma su propio curso y estrategia.
Secuencias acaso que no necesitan de una escena para darse por soundtracks –no en balde Brian Eno, declarado progenitor de la música Ambient y creador de bandas sonoras imaginarias, empezaría a colaborar años después con este dúo alemán.
Las secuencias rítmicas continúan con “Caramel”, sentando las bases de un electro robótico, más orientada al pop, y con teclados viscosos, acompañados de drum machines seminales y básicos.
Recordar que este álbum se antecede por meses a Autobahn de Kraftwerk –álbum que inicia la etapa más rítmica del cuarteto de Düsseldorf.
De la maleabilidad del caramelo, se transiciona a la abstracción de “Rote Riki”, con señales de una máquina averiada, con sonidos concretos que a ratos y aleatoriamente toman el primer plano y descolocan. El ambiente se enrarece y no sabemos si son ranas o son sapos -ya no vidas inteligentes de otro planeta- los que croan.
La regularidad vuelve con “Rosa”: una pieza de melodías flotante con notas aquí y allá, como Dientes de León al soplido. El uso de los teclados analógicos es profuso, delicado y evocativo, con hermosos contrapunteos entre escalas de notas en cascada.
De lo evocativo pasamos a la cadena de ensamblaje industrial de “Caramba”, con el uso en primer plano de las cajas rítmicas primitivas tipo Elka Drummer One, y una guitarra al fondo en obstinada deflexión –seguramente, cortesía de Michael Rother.
Le sigue “Fotschi Tong” con notas pellizcadas a los teclados, recordando a escalas orientales. Luego, el álbum se anima con su pieza más experimental, “James”: una especie de Delta Blues, con guitarras empantanadas en efectos e iteraciones.
Los motivos del lejano Oriente vuelven brevemente con “Marzipan”, y uno ya no sabe si fue la mariposa electrónica quien soñó ser ritmo o melodía. La pieza se va desdibujando en un aleteo de sonidos analógicos.
“Rotor” es un capricho juguetón al ritmo de un mono platillero de cuerda. Es un autómata frenético al que se le acaba la motricidad en poco tiempo.
El álbum sella el recorrido parabólico de la sonda espacial volviendo a su constructivismo sónico inicial: cierra con la magnífica “Heiße Lippen”. Una pieza que junta lo mejor de los dos mundos: lo telúrico del ritmo con lo cósmico de las texturas. Una señal lanzada al espacio inexplorado, ya no en espera de una respuesta, más bien una declaración de principios para quien quiera asumirla.
Todo lo humano, con nombre de por medio, ha desembocado en estos parajes donde sus códigos son si acaso una regularidad rítmica que soporta el gran garabato de su incomprensión.
Para así, entre ritmo y garabato, dibujar un álbum recubierto como una cápsula fotoeléctrica lista para ser arrojada a las buenas de distancia indómitas, en el rebote de sus propias resonancias, y en la descripción de esa línea asíntota que nunca parece curvarse. ¿Lección de geometría? Posiblemente, pero es este el lenguaje ofrecido a la otredad de un alienígena.
Por otro lado, Zuckerzeit es, sin duda, el primero en la serie de los álbumes más rítmicos de Cluster, donde las paredes rugosas de las texturas en sus anteriores discos son entonadas a un compás a todos inteligibles. De aquí quizás, que el balbuceo alienígena de la electronica empiece a sernos más terrenal, además de sentar las bases de la escena Techno de Berlín (capital de la Rave infinita)
¿Qué entonces nos intenta transmitir esta sonda de vuelta a tierra? La repetición -muchas veces obstinada- de un extracto, manipulado a pulso de manubrios, y el tratamiento de las líneas que tienen en el estudio un escalímetro a la medida de cada secuencia, parece emular la idea de que el universo no tiene porqué ser más grande que el caracol del oído, y que lo que en él se escuche evidencia al menos un ente, es decir, aquello que existe a pesar de que no lo podamos comprenderlo.
José Armando García
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Música de Cluster en Estados Unidos



