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Botánica salvaje y canciones sin nido: la hermosa anomalía de Big Thief en Madrid

Big thief en Noches del Botánico
Foto @fergonzalez

La banda liderada por la vocalista y guitarrista Adrianne Lenker volvió a demostrar en Madrid que su magia folk-rock sigue intacta, ajena a los avatares de la industria musical 

Big Thief
Concierto en Real Jardín Botánico Alfonso XIII, Universidad Complutense, Madrid
Noches del Botánico

(Junio 10, 2026)

Hace tres años, tras verlos sumergidos en la penumbra y la intensidad techada de la Sala Riviera, me atreví a escribir en esta misma revista que la sensibilidad poética de Big Thief no sonaba a esmog, a bocinazos ni a asfalto recalentado.

Afirmaba entonces que sus composiciones habitaban el extrarradio de Nueva York, ese espacio sagrado donde los rascacielos son sustituidos por familias de árboles y el ritmo frenético de los ciudadanos cede ante la tranquilidad de la vida en los bosques. (leer crónica aquí)

El destino, que a veces se comporta como un melómano caprichoso y circular, decidió que su regreso a la capital española no podía tener mejor escenario que las Noches del Botánico. El cuarteto neoyorquino cambió el semicírculo de luz artificial de las salas cerradas por el aire libre, rodeado de vegetación real y bajo un cielo de verano que nos regaló una brisa más que bienvenida en esta ciudad-desierto.

Ante un público ligeramente más numeroso que el de aquella mítica noche junto al río Manzanares, pero idénticamente devoto, la banda confirmó que la naturaleza no es un decorado para sus canciones, sino su hábitat natural definitivo.

Cualquiera podría pensar que una banda con seis elepés a sus espaldas, unánimemente aplaudidos por la crítica internacional, y un estatus de culto plenamente consolidado, diseñaría un repertorio sobre seguro para sus rondas festivaleras.

Lo fácil, lo corporativo, habría sido empaquetar una hora y media de éxitos probados para contentar al consumidor casual de estos eventos. Pero Big Thief volvió a demostrar que opera en una dimensión completamente ajena a las lógicas del mercado actual.

En una era de hiperconectividad, inmediatez e impaciencia digital, donde la mayoría de los mortales consultamos setlist.fm desde nuestros dispositivos de turno antes de que se apaguen las luces del recinto para saber exactamente qué canción va a sonar y en qué minuto exacto llegará el encore, la banda liderada por Adrianne Lenker prefiere voltear el tablero de juego noche tras noche.

Big thief en Noches del Botánico
Foto @fergonzalez




Asistir a uno de sus conciertos se ha convertido en un precioso ejercicio de fe, un sabotaje consciente a la predictibilidad de la industria contemporánea y un maravilloso viaje a lo desconocido. Con ellos, la sensación de sorpresa vuelve a ser real.

El ruedo arrancó de una forma tan íntima como desconcertante con «Bloom«, un rescate acústico e inédito que Lenker escribió junto al guitarrista y colaborador principal Buck Meek en 2014 y que, aunque no tiene hogar en ningún disco de la banda ni de sus facetas como solistas, tiende a ser interpretada en varios conciertos del grupo.

Acto seguido, enlazaron con la calidez trotona y country del single «Born For Loving You«, arrastrando al público a su terreno de intimidad compartida. Sin embargo, el verdadero espaldarazo al inicio de la velada -y la prueba irrefutable de la tremenda confianza creativa que se profesan como colectivo- llegó cuando decidieron romper la estructura del directo para arrojar al aire una impresionante avalancha de lo que se sospecha que formará parte del nuevo larga duración de Big Thief.

Fueron cuatro las composiciones completamente nuevas las que se colaron en el viaje de esta noche, en un orden alternado desde los inicios hasta el falso cierre: «Mr. Man«, «Forgive the Dream«, «Space and Time» y «Christmas Day«. Ninguna de ellas ha pasado por el tamiz de un estudio de grabación; no existen en plataformas de streaming ni han sido prensadas en un vinilo.

Sonaron en un crudo y bellísimo «modo maqueta», desnudas, imperfectas, mostrando las costuras y los titubeos propios de las criaturas que acaban de nacer. En algunos pasajes, daba la impresión de que a los temas les faltaba esa chispa final de producción para terminar de levantar el vuelo. Pero, lejos de ser un defecto, ver a la banda desnudarse de esa manera frente a miles de personas supuso un absoluto privilegio.

Para un grupo de su calibre, la música en vivo corre el riesgo constante de congelarse en una rutina diaria, un mero trámite laboral de repetición. Big Thief, de manera muy audaz, utiliza estos cortes inéditos como un combustible creativo ineludible. Pareciera ser una maniobra casi desesperada por mantener viva la emoción en ellos mismos, obligándose a habitar el presente más absoluto y arrastrando al espectador a compartir esa misma osadía.

Lejos de enfriar el ambiente o perder la conexión con los asistentes, estas canciones generaron una tensión magnética; nos convirtieron en testigos directos de su laboratorio privado, en cómplices de un ensayo a puertas abiertas bajo los árboles de Madrid.

Big thief en Noches del Botánico
Foto @fergonzalez




Por supuesto, la banda no se olvidó de los pepinazos de hits que los han convertido en unos maestros de la escena alternativa global. Volvió a brillar el single «Vampire Empire» -que en la gira anterior era apenas una promesa coreada en videos de YouTube y hoy ya es un clásico-, la hipnotizante y sinuosa «Certainty» del genial Dragon New Warm Mountain I Believe in You (4AD, 2022), y la bellísima «Incomprehensible«, composición de apertura de su trabajo más reciente, Double Infinity (4AD, 2025) (Disco incluido en Los 100 mejores discos de 2025 alrededor del mundo).

El clímax eléctrico de la noche llegó con la violencia energizante de «Not«, ese corte tan celebrado del Two Hands (4AD, 2019), quizá el pistoletazo de salida de la popularidad global de la banda. El tema sigue alzándose como uno de los picos más salvajes, viscerales y catárticos de su discografía, un aquelarre donde las guitarras de Lenker y Meek rugen con una distorsión que evoca el espíritu indomable de Neil Young junto a los Crazy Horse.

El cuarteto -completado por el infalible y sutil bajo de Joshua Crumbly, quien pareciera estarse ganando a pulso el puesto fijo de las cuerdas gruesas tras la salida inesperada del proyecto de Max Oleartchik durante el año pasado, y la siempre mutante y orgánica batería de James Krivchenia sigue demostrando una cohesión escénica envidiable, jugando entre el folk de raíces, el ruido contenido y el indie más melódico con una soltura que enamora.

Big thief en Noches del Botánico
Foto @fergonzalez




Uno de los momentos más sobrecogedores del recital ocurrió cerca del cierre, cuando la banda interpretó «Real House«, la joya que abre el disco más reciente e intimista de Adrianne en solitario, Bright Future (4AD, 2024).

Antes de rasgar la primera cuerda, Lenker miró al público y, en un arranque de honestidad brutal, compartió que esa canción era, en realidad, una carta abierta dedicada a su madre. El silencio respetuoso que inundó el Real Jardín Botánico de Alfonso XIII en ese preciso instante rozó lo místico. Miles de personas contuvieron el aliento mientras la voz rota de Adrianne flotaba entre las ramas, demostrando que su capacidad para conmover no necesita de grandes muros de sonido.

Ya en el bis, con la noche rendida a sus pies, el grupo regresó con todos los hierros para el asalto final. El desenlace arrancó con la delicadeza de «Change«, una pieza donde ese fraseo casi hipnótico y circular de Lenker flotó sobre el silencio del recinto.

Pero el verdadero estallido llegó con el rock directo a la quijada de «Masterpiece«, el diamante absoluto de un debut discográfico que, de manera increíble, ya cumple diez años de historia. La canción tronó con esa distorsión melancólica y rabiosa que la caracteriza; verlos defender ese clásico fundacional una década después, con la misma urgencia del primer día, demostró por qué sigue funcionando como un cierre antológico, a la altura de cualquier leyenda moderna del indie norteamericano.

Nos fuimos del Botánico con la certeza absoluta de que bandas de esta naturaleza, tan puras y tan tercamente fieles a su propio pulso, no aparecen muy seguido en la historia de la música popular. Tres años después de su comunión en La Riviera, estos músicos excepcionales siguen jugando sobre las tablas como niños adultos, esquivando las fórmulas comerciales masivas y recordándonos por qué el folk-rock sigue estando a salvo bajo su custodia.

Celebremos su maravillosa impredecibilidad. Celebremos que no tengan miedo a fallar en público. Celebremos, en definitiva, que sigan creciendo con total libertad entre los árboles.

Javier Camacho Miranda