La versátil, prolífica y provocadora pianista y compositora estadounidense ha fallecido el 17 de octubre de 2023 a los 87 años tras luchar contra un tumor cerebral
Carla Bley fue la más auténtica representación de la valentía interpretativa, una virtud que utilizó para darle forma a sus composiciones, sin titubeos ni complejos. La pianista estadounidense utilizó la música para expresar todas las sensaciones del ser humano y para impulsar los sonidos más controvertidos e insolentes del jazz.
Hugo Santaromita†
Carla Bley siempre fue un torrente de emociones y texturas que obligan a cabalgar en el análisis más genuino del jazz. La historia protagonizada por esta emblemática pianista es un compendio de episodios repletos de creatividad e imaginación, que la convirtieron en uno de los íconos más representativos del jazz contemporáneo.
Bley fue -y seguirá siendo- la representación del sonido profundo, sentimental y liberal, que entusiasmaba y hacía viajar hacia las intimidades más sutiles del espíritu. Resulta una delicia y una aventura para el alma escuchar el sonido íntimo de sus cuartetos, sobre todo en plenos años ochenta, una década rendida a otras propuestas más comerciales.
Carla Bley: del free-jazz a la fusión de géneros
El estilo de Bley (Oakland, 1938) es la más auténtica representación de la valentía interpretativa, una virtud que utilizó para darle forma a sus composiciones, sin titubeos ni complejos, usando la música para expresar todas las sensaciones del ser humano: alegría, dolor, tristeza o rabia. Sólo una formación musical como la suya es capaz de sugerir magistralmente estos estados de ánimo.
La experiencia que Carla Borg –su nombre de nacimiento– tuvo en los cincuenta y los sesenta resulta un capítulo obligado para los cultores del jazz. En esa época, en Nueva York, conoció al pianista Paul Bley, con quien se casa en 1957, y de quien toma su apellido.
Fueron años de intensa creatividad que la hicieron evolucionar, a veces con bruscos giros en sus concepciones, desde el free jazz a la fusión de estilos, propia de sus últimas obras, pasando por el jazz rock y un cierto tipo de música europea contemporánea, sin perder nunca la evidente influencia de Kurt Weill.
En ese tiempo los Bley compusieron para George Russell, Art Farmer y Jimmy Giuffre, quienes siempre ponderaron la capacidad de melodista de Carla. Cuando el saxofonista Ornette Coleman saltó a la escena a mitad de los cincuenta, Paul Bley inmediatamente lo contrató y Carla actuaba gratuitamente cada noche. Esta circunstancia resultó una fuerte influencia que marcó sus escritos a lo largo de los años.
Cuando en 1965 forma la Jazz Composer’s Orchestra, junto al trompetista Michael Mantler, inicia un ciclo vital para sus posteriores creaciones. Tras separarse de Bley, se casa con Mantler con quien tiene a su única hija, Karen Mantler, en 1966, también músico. Carla trabajaba de guardarropa en Basin Street y la Jazz Gallery, para poder escuchar la mayor cantidad de música posible.
Hacia 1967, desencantada con el camino tomado por la mayoría de los músicos representativos del free jazz, dirigió sus energías creativas a la música de libre inspiración: el resultado fue la aclamada obra A Genuine Tong Funeral, una suite que incluye blues, rock, música latinoamericana y géneros europeos, encargada y grabada por Gary Burton, que obtuvo un enorme éxito con ella.

Entre 1968 y 1971, Bley concibió, escribió, grabó y produjo uno de los primeros discos conceptuales de la historia, una especie de pseudo-ópera con trazos de rock, jazz, música de vaudeville, cabaret, poesía beat e improvisación colectiva.
Originalmente editado como un triple LP, Escalator Over The Hill sobrevivió a la prueba del tiempo con sus más de 2 horas y media de música y sus más de 40 músicos participantes.
Es, sin duda, unos de los más grandes trabajos de su carrera, creado sobre un libreto de Paul Hines, grabado en colaboración con Charlie Haden y la Liberation Music Orchestra.

De Ornette Coleman a Paul Haines
Carla Bley brilló siempre por la honestidad de sus composiciones, una constante en su vida artística, que se refleja en su obra, desde los arreglos que escribió a fines de los 50 y comienzos de los 60 para la Liberation Music Orchestra, en los que Ornette Coleman, líder del grupo, toca aspectos que tienen que ver con la conciencia musical y política del artista, pasando por la mencionada suite A Genuine Tong Funeral; su ópera-jazz Escalator Over the Hill (1968-1972), su obra cumbre, hasta la mini ópera Under The Volcano (1985), basada en la novela de Malcom Lowrey, que compuso a solicitud del contrabajista inglés Jack Bruce, miembro del legendario grupo Cream.

En los años 80, liquida sus deudas con el blues y comienza a electrificar su música, prescindiendo de metales e introduciendo sintetizadores y guitarras amplificadas. En 1981, Nick Mason –baterista de Pink Floyd– edita el sorprendente Fictitious Sports con Carla Bley al mando y la voz de Robert Wyatt, entre otros participantes.
Unida ya sentimentalmente al contrabajista Steve Swallow, Carla se acercó a Duke Ellington y, como él, dirigió su orquesta desde el teclado, sosteniendo a menudo las notas y limitándose a producir breves comentarios pero sin perder ni un instante su personalidad.
Son notables los dúos que ha realizado con Swallow, donde se la ve tocando un piano más libre y personal, en extremo concordante con un contrabajo ágil y vivo, muy distinto a la euforia que muestra cuando conduce su propia big band.
La sensación orquestal que siempre exhibió Bley es maravillosa. La cantidad de posibilidades y situaciones musicales que se abren al poder mover las voces, contrastar secciones, añadir o suprimir instrumentos, o la potencia que alcanza la orquesta cuando de repente suenan todos, es realmente irrepetible.
Carla desarrolló aspectos sinfónicos adaptados magistralmente al sonido de un cuarteto clásico de jazz. Toda una experiencia sonora, a ratos transgresora, altamente recomendable para los amantes de la música swing.

En los tiempos que corren, es milagroso poder escuchar una orquesta numerosa y, mejor aún, si no tiene nada que envidiar a las big bands de otras épocas, cuando se tocaba de noche y había gran competencia entre ellas.
La big band de Carla -de casi veinte músicos, incluida su hija- fue, junto a la de Maria Schneider, una de las formaciones más estables de la escena jazzística. En años recientes, Carla creó junto a Swallow, y al amparo de ECM, la posibilidad de asomarnos a un mundo donde se dan matices imposibles.

Bajo el bastión ejecutivo de ambos, se lograron dar cita en el sello Watt, los más importantes y fructíferos músicos del jazz, quienes lograron crear, con atinado criterio musical, un catálogo envidiable.
El último disco de Carla Bley en vida fue Life Goes On en 2020, junto a Swallow y Andy Shepperd

Los acordes perdidos de Bley
En el 2004, en formación de cuarteto (Swallow, Shepard y Drummond), el sello Watt publicó su trabajo The Lost Chords, con el significativo aporte del trompetista italiano Paolo Fresu, quien participa como invitado a lo largo de toda la grabación, destacando tanto por la belleza que despliega su trompeta y su fiscorno, como por la sobriedad en la utilización de las notas y la claridad de su fraseo.


En este cuarteto todo parece estar bien atado, no hay lugar para la improvisación, ni para dar una nota más alta que otra, todo está dominado por la elegancia y el buen gusto de finos estilistas que se ciñen a la partitura, pero que no se dejan dominar por corsé alguno. El resultado de todo ello provoca una música extraordinariamente bella, que deberá ser deleitada sin prisa y prestando una gran atención.
Más adelante, destaca Appearing Nightly (2008), con Carla Bley y su Big Band, una obra en la que la pianista exhibe aire retro –incluida la portada–, con muchas referencias a grandes bandas y estandards de la era del swing, pero siempre dejando un margen para formas más contemporáneas.
El álbum incluye dos composiciones encargadas por la Orquesta de Jazz de Cerdeña y una suite inspirada en los clubes nocturnos y las grandes bandas de la los 50, encargada por el Festival de Jazz de Monterey.
Versátil e inteligente, Carla Bley es un ícono de la música de nuestro tiempo, cuyo inmortal legado es un sólido tesoro que nos invita a extasiarnos con la belleza de su sonido, un sonido de largo aliento y para futuras e innumerables interpretaciones.



