En 1970 fue publicado el único álbum del combo salsa-rock de San Agustín liderado por Carlos “Nené” Quintero, una obra maestra cuyo legado perdura
Grupo Pan
Pan
Souvenir / Vampi Soul. 1970. Venezuela
Pocos artistas pueden decir, con propiedad, que han participado, durante más de medio siglo, en los álbumes más representativos de la música venezolana. Carlos “Nené” Quintero, cuya trayectoria abarca figuras relevantes cómo Yordano, Gerry Weil, Soledad Bravo o el Grupo Madera es uno de ellos.
Quintero, nacido y criado en la populosa parroquia caraqueña de San Agustín, ha alcanzado renombre con su forma particular de golpear los implementos percusivos, utilizando su paleta de colores sonoros de manera creativa.
Para ello saca provecho de artificios cómo la “baticonga” (una batería con conga) o su “set McGyver”, verdadera librería de sonidos ambulante repleta de percusiones menores y mayores.
No obstante, hay una faceta de “Nené”, hasta el sol de hoy, poco conocida. La del vocalista y guitarrista (aunque también percusionista ocasional) de una de las agrupaciones clave de aquella segunda ola de rock venezolano, una ola posterior al twist, la beatlemanía y el surf, la cual arranca en 1966, influenciada por géneros cómo la psicodelia o el blues-rock.
Ese tipo de agrupaciones solían sonar en su mayoría cómo un buen calco de lo que se se estaba haciendo en Londres o San Francisco. En éste caso particular ya se apuntaba a la búsqueda de un sonido más vernáculo.
Esa cara de Quintero se puede apreciar en el primer y único álbum del Grupo Pan (la cual no debe confundirse con el combo noventero liderado por “Cayayo” Troconis), un trabajo el cual, debido a su mezcla de rock y música afrocaribe fue comparado, quizá de forma algo injusta, con lo que hacía Carlos Santana.
Si bien existen coincidencias entre la propuesta del Grupo Pan y la del guitarrista mexicano, el sonido de “Pan” no fue influenciado directamente por ese instrumentista. Era más bien la mezcla de la cultura afro de San Agustín con un movimiento no sólo musical, sino también ideológico, proveniente de Norteamérica.
Pese a su origen en los ritmos afrocubanos y el posterior “boom” desde Nueva York, encabezado por la disquera Fania Records, Venezuela se había convertido en uno de los epicentros del nuevo género conocido cómo “salsa”.
Esta etiqueta (creada por el locutor caraqueño Phidias Danilo Escalona) nació originalmente para englobar estilos tradicionales cómo el son montuno o el guaguancó, pero posteriormente sirvió para nombrar a un ritmo que más bien fusionaba todos esos estilos, tomando, además, recursos propios del jazz o del soul.
En paralelo, la juventud se veía influenciada por tendencias cómo el rock psicodélico, el rock progresivo y el naciente jazz-rock, alternativas musicales algo eclécticas que los inspiraron a explorar también su propia idiosincracia. Este contexto histórico, reforzado por la incidencia del “black power” y el movimiento hippie contribuyeron a la creación de grupos cómo Pan.
El debut y despedida de la banda Pan refleja ese contexto local y global de la época. El resultado, en palabra de músicos cómo Alex Figueira era “comparable a Led Zeppelin sí se hubiera formado en un barrio caraqueño”.
No obstante, la influencia más notoria no estaba en esa agrupación inglesa, sino más bien en grupos cómo Chicago o Blood, Sweat and Tears, caracterizados por hacer un rock con metales bastante potentes, influenciados por la música negra, menos experimental qué el jazz-fusión de gente cómo Miles Davis.
El álbum empieza con el tema “Escándalo”, una “rumba fusión” que gira al compás de una percusión frenética, un acorde de guitarra repetido constantemente y un coro inentendible el cual, según se cuenta, era asociado en los conciertos con el nombre de una popular droga natural de color verde.
Los instrumentos, percusión, bajo, metales y guitarras van desfilando haciendo pequeños solos. Una introducción perfecta para enganchar al oyente.
“Amor y Felicidad”, la canción número dos, tiene aires más funky, pero va progresando desde un medio tempo, típico del pop de la época (reforzado con el sonido de órgano), hasta volverse más tropical gracias a la entrada de las congas.
Se escuchan armonías de trombón y trompeta típicas de los 70. Rubén “Micho” Correa introduce un solo de guitarra bastante bluesero mientras Jesús Quintero, hermano de “Nené”, marca habilmente los tiempos y los tonos con el bajo.
Cómo triste anécdota cabe agregar que, varios años después, Jesús “Chu” Quintero, responsable tanto del bajo cómo la guitarra rítmica en esta mítica grabación, falleció trágicamente en un accidente en el río Orinoco, junto a varios integrantes de la agrupación de la cual formaba parte en ese momento: Grupo Madera
La tercera pieza , “Quiero Decirte”, es bastante corta. Se puede calificar cómo una mezcla de son cubano con blues. Va seguida de “Semilla”, en una onda de rhythm and blues con congas aunque con un Gustavo Colón acentuando fuertemente el ritmo con su batería.
“Quién va”, tema también influenciado por la música negra estadounidense, en una onda quizá más soul, aunque sin perder su toque caribeño. Con estas cinco canciones culmina, de manera impecable, la primera mitad del álbum.
Abre el lado B, “Daisy”, tema exitoso en su momento, el cual cabalga al compás de un riff bastante zeppeliano (¿Alguien dijo “Heartbreaker”?) adornado con unos metales en plan Earth, Wind and Fire. Pese a su inicio rockero (sin perder el espíritu afro) avanza hacia un cambio de ritmo más salsoso, influenciado por géneros cómo el mambo o el son montuno.
A estas alturas ya sabemos que el disco tiene más de la mitad de nuestra aprobación, pero ninguno de los siguientes temas sobra.
“Yo la vi”, la séptima canción, es un temazo en onda más bugalú, y “Vete” sigue en la línea de piezas influenciadas por el soul.
La penúltima pieza de esta placa, “Sinfonía No. 20”, aporta quizá el experimento más interesante del álbum, con un resultado tan ambicioso cómo su propio título. Pasa del rock convencional al pasodoble y luego el cha cha cha, con algunos cortes bastante calculados. Todo eso en apenas tres minutos y medio.
“Sinfonía No. 20” recuerda un poco a los célebres “mosaicos” de la Billo´s Caracas Boys, aunque con un estilo más juvenil. De cierta forma se puede considerar también una píldora de rock progresivo.
El último track, “No te Olvides del Señor”, cierra con broche de oro. Un ritmo bastante movido, cercano al merengue dominicano, con melodías y arreglos llenos de soul.
En su momento este trabajo discográfico tuvo relativo éxito, y sobresalió en el catalogo del sello Souvenir, especializado en el pop y el rock de la la época, probablemente por sus letras en español y su influencia afrocaribeña.
Anteriormente la discográfica había editado álbumes esenciales en nuestra historia rockera cómo por ejemplo el único trabajo de Ladies W.C., pero su repercusión mediática había sido escasa por ser considerado (a juicio de las emisoras) poco comercial. Ambos discos han sido reeditados por el sello español Vampi Soul. En el caso de Pan, con dos temas extras incluidos en sencillos de 1972.
En el disco, también participaron músicos cómo los trombonistas Armando Guerra y David Azuaje, además del trompetista Henry Kamba y el percusionista Alfredo Padilla,
1970 fue un buen año para la música juvenil venezolana. Aparte de Pan, otros grupos cómo Syma o La Fe Perdida lograron la atención tanto del público cómo de los medios de comunicación tocando temas propios (no versiones) en español, algo que se extendió un par de años más.
El combo de “Nené” Quintero, no obstante, dio un paso adelante al incorporar influencias más propias del Caribe, poniendo la primera piedra para un sonido “setentoso” venezolano caracterizado precisamente por la fusión. El mismo año el Grupo C.I.M. (Proyecto paralelo de Elmar Leal) publicó el sencillo “Joropop” (también conocido cómo “Joropo N.1”) aunque con repercusión algo discreta.
Posteriormente vendrían propuestas cómo La Ofrenda de Vytas Brenner, Fernando Yvosky, Spiteri, Sietecuero, Grupo Bota o La Banda Municipal (que no editó álbum en su momento) las cuáles fueron desplazadas en la década siguiente por géneros cómo el new wave o el heavy metal, poco dados a la mezcla con sonidos folklóricos o latinoamericanos.
La llegada en los 90 de géneros cómo el rock mestizo, con agrupaciones en su mayoría provenientes de tendencias cómo el ska y el reggae, además del interés de un público internacional, aunque selecto, por los pioneros del rock latinoamericano, ayudó a recuperar el legado de este tipo de bandas.
Ernesto Soltero




