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El retorno de Jonacho Benítez con una Febrerada de canciones poéticas

Jonacho Benítez
Foto: Rocío Nogales Muriel

El cantautor caraqueño, por años conocido como Domingo en Llamas, uno de los proyectos más arriesgados y singulares del siglo 21, ha vuelto con Febrerada y la inspiración renovada


El músico venezolano José Ignacio Benítez, antes Domingo en Llamas, debutó con su proyecto individual y un disco donde la poesía vuelve a tener protagonismo. Radicado en Madrid, el cantautor tenía tiempo sin presentar algún trabajo propio, ya que estaba dedicado, entre varias labores, a producir a otros artistas.

Finalmente, en diciembre de 2023 mostró Las últimas composiciones de Jonacho Benítez, una sensible obra hecha por él en su totalidad, que forma parte de nuestra selección Los 50 mejores discos latinoamericanos de 2023

Mercedes Sanz

@ClaveMercedes

El 4 de junio de 2016 fue el último concierto de Domingo en Llamas -alter ego del músico José Ignacio Benítez – en Caracas, en el Centro Cultural Chacao, y sucedió en el Ciclo de Conciertos de la revista Ladosis, a cargo de su editor, el periodista musical Juan Carlos Ballesta.

Se trató de un acto con una carga simbólica significativa para los seguidores del cantautor y de la publicación. Eran dos clausuras en una. (Leer aquí)

En ese entonces, una buena cantidad de artistas venezolanos habían migrado y otros estaban en ese proceso, tal era el caso de Benítez. Muchas experiencias se recuerdan mientras vivió en su país, especialmente el grupo de rock Master Gurú -ganador del Festival Nuevas Bandas 2003– y, después, uno de los proyectos más innovadores que hayan surgido en la década de 2000: Domingo en Llamas.

Esa mezcla de poeta, declamador, cantante y multiinstrumentista, que encarnaba a varios personajes artísticos, fue una etapa inolvidable y dejó huella en la canción de autor venezolana y latinoamericana, pero también en las vanguardias musicales.

De igual forma, vienen a la mente sus recitales espontáneos en lugares emblemáticos caraqueños como la extinta discotienda Comercial  Carrillo, y así son varias las expresiones culturales emprendidas por Benítez, incluyendo sus trece discos individuales (en estudio y en vivo).

A partir de octubre de 2016 la historia del músico cambió. Residenciado en Madrid, ha vivido las andanzas del migrante que abandona su tierra, obligado por las circunstancias, ejerciendo roles y trabajos que quizás nunca se imaginó en su lugar de origen. Todo esto es parte de la adaptación que Benítez ha podido torear.

No obstante, como persona que lleva el arte en la sangre, su gran pasión ha estado con él: la música. Cual juglar callejero, cruzó el Atlántico y llegó a España para darle vida a nuevos retos, siendo Febrerada el primero y en solitario.

El 28 de diciembre de 2023 reveló su disco Las últimas composiciones de Jonacho Benítez, colgado en la plataforma Bandcamp. Así que, de manera “inocente”, sorprendió a su fiel público venezolano que no se esperaba para ese día un regalo de tal magnitud.

Jonacho, como ahora se hace llamar, accedió a conversar con Ladosis sobre esta entrega y parte de sus aventuras musicales en España.

Jonacho Benítez
Foto: Rocío Nogales Muriel

Te fuiste de Venezuela en 2016. ¿Por qué España como lugar de residencia? ¿Tenías otros países en mente?

Sí, me vine en octubre de 2016, y la razón principal fue para estar al lado de mi hija. En ese momento tenía un año y medio, ahora tiene nueve años, y es como ella dice: una madrileña nacida en Caracas (risas). Claro que tenía otros países, Ciudad de México era la primera opción, pero decidí venirme a Madrid.

¿Cuáles fueron las primeras actividades a las que te dedicaste una vez establecido en Madrid?

Cuando llegué me dediqué, y me dedico, a todo lo que uno pueda dedicarse. Es verdad que uno está completamente atravesado por la música y la creatividad, pero entre padre, amigo, ciudadano, músico y trabajador, pues, todo lo que entra en el umbral de estar vivo, ¿no?

¡Eh!, sí, para bien y no tan bien, pero para algo siempre constructivo, obviamente, más allá de las necesidades básicas que hay que cubrir y en donde no siempre entra, como en un caso como el mío, migrante, no siempre entra tu oficio para el que te preparaste.

Sin embargo, he tenido la fortuna de trabajar la música acá. En este momento soy profesor y doy clases en las tardes en un colegio de música para niños. Por eso quiero formalizarme en el Magisterio para convertirme en un profesor titular, incluso, en profesor de primaria que ha sido como un anhelo de mi vida. Y eso, he estado bastante volcado al ámbito social de la música, con énfasis en la infancia.

¿Qué ha sido lo más difícil para ti en el proceso de adaptación y lo más gratificante?

Lo más difícil ha sido la reconducción en el propósito vital por medio de la reinserción inmigratoria porque, en mi caso, no coincidieron los sueños, las ganas, las intenciones, los proyectos, con la forma como funciona el sitio.

Creo que eso es parte de la reinserción migratoria y que, a veces, toma más o menos tiempo, recalibrarlo. Sin duda, eso toma tiempo, me ha tomado mucho esfuerzo, energías, reflexiones. Y lo más gratificante ha sido la gente, los seres humanos, valiosísimos, y ver a mi hija crecer feliz, y el acceso a las bibliotecas públicas es estupendo, como también el acceso a la salud.

Un cantautor no para de hacer composiciones, ¿te llevaste canciones de Caracas?

No, uno no para de hacer canciones. En mi caso, no he parado porque yo no escribo solamente con el lápiz en la mano, bueno, nadie. Ya cuando se tiene el lápiz es cuando se consuma el acto creativo.

Pero mientras esté con signos vitales, todo lo que pasa a tu alrededor, incluso cuando duermes, forma parte de eso que después se convierte en algo. Yo me llevé de Caracas algo más que canciones: la forma de mirar al mundo. La forma de hablar el español, sí, me la formó, me la forjó, me la fraguó Caracas.

Yo soy un pedazo de Caracas que anda por España, y eso te desmitifica un poco el elemento de la página en blanco y todo eso, porque yo seguiré haciendo el resto de mi vida todo lo que pueda; incluso, hablando de localismos más íntimos de esta ciudad -Madrid-, yo lo haré desde el enfoque de alguien que ha crecido allá y que ha aprendido a hablar el español y a comprender los números y las vocales, y que la forma de un ratón se llama ratón, y la forma de una nube se llama nube.

Sigo utilizando las conjugaciones verbales que aprendí allá cuando niño y hablo “venezolañol”. Al principio, me auto traducía con mis amigos, pero ya no.

Ha sido muy lindo eso porque aprendo todos los días el español de Madrid, de España, incluso, las fascinantes lenguas de este país, pero no hablo el español que se habla aquí, y eso genera un intercambio y un dinamismo en la comunicación que me parece fascinante, independientemente de la clase social en la que te toque desenvolverte en un momento dado o el ámbito social, cultural, ciudadano, en fin, en el que estés.

Entonces, sí, yo soy caraqueño, pero muy por encima de eso soy latinoamericano y estar consciente de eso me libra de cualquier ansiedad nacionalista o errores crasos de ese tipo.

Jonacho Benítez
Foto: Rocío Nogales Muriel

¿Tu primer proyecto en compañía, en la capital española, fue El Jardín Musical de las Delicias, junto a tu coterráneo Recordatorio?

Formalmente sí, es el primero, y antes coproduje el disco de Armando -Áñez- y su proyecto Recordatorio en Barcelona, ciudad en la que me siento como en mi casa, donde tengo experiencias muy hermosas, en esa región de España que tanto quiero que es Cataluña.

También le hiciste la producción al álbum debut de Daniella Barbarito.

Su obra ya me parece una joya, ella, su instrumento portentoso: la voz. Bueno, su creatividad, y me siento muy identificado con Daniella, la verdad.

Grabar ese disco fue hermosísimo, porque los tracks básicos los hizo ella en vivo y la preparación fue esa. Después, fue vestido con unos arreglos que son prácticamente de ella. Sobre todo los arreglos de las voces son de ella, la parte más bella y extraña a la vez.

Yo, como productor, me sentí como un mediador entre ella, sus ideas y las canciones. Y también me encargué de la grabación y la mezcla. De ese disco, como todo, también aprendí muchísimo. 

El aluvión caraqueño en Madrid

Mientras Benítez habla, se escuchan de fondo voces, risas, sonidos de autos y de la calle en general. Se puede imaginar al personaje caminando por Madrid mientras recuerda sus vivencias, y compara el antes y el después de migrar.

El artista es el mismo que se conoció en Caracas: amable, muy sencillo, elocuente, leído, y provoca hacerle cualquier cantidad de preguntas sólo para escuchar sus respuestas lúcidas, llenas de referentes literarios, cinematográficos, de distintas artes y de la prosa del caraqueño.

Es un discurso que mezcla todos estos elementos que cautivan al oyente. Es el mismo poeta, el mismo declamador que encantó en su ciudad natal. Domingo en Llamas es netamente caraqueño, mientras que Febrerada tiene de este gentilicio y del madrileño.

¿Cómo llegas a Febrerada? ¿Qué es este proyecto?

Febrerada fue por una necesidad de agrupar ideas a la hora de crear, que ya me hacía falta. Nace de esta necesidad y de compartir en el camino, y aprender y disfrutar. El nombre es por unas entradas de agua, unas lluvias copiosas que ocurren en Cataluña durante el mes de febrero, y la palabra me fascinó.

El año pasado hubo una jornada de economía social y solidaria en Barcelona -de nombre Febrerada– y recordé esa palabra tan hermosa e inmediatamente la asumí como nombre del proyecto.

¿Febrerada eres tú solo?

Sí, por ahora, Febrerada soy yo solo. La música tiene eso de que te pone en comunicación con otras personas y, sin duda, irá creciendo la cosa como ocurrió con Domingo en Llamas, naturalmente, ¿no?

Dentro del flujo natural de las cosas, esa parte viene con la música, colectivizar, cuando lo compartes. Por ahora, soy yo solo. El año pasado, en una presentación, conté con Tomasito García, un excelente músico, compositor, instrumentista. Me acompañó en Febrerada en ese recital.

Jonacho Benítez
Foto: Rocío Nogales Muriel

¿Cómo nace este disco, Las últimas composiciones de Jonacho Benítez?

Fui llegando poco a poco al disco. Cuando le puse nombre en el camino, tomé un poco más de perspectiva. Me ha venido pasando algo desde hace unos veinte años, calculo, y es que me resulta más fácil hacer las letras primero, al punto de que en este disco nacieron primero las letras musicalizadas, digamos así.

A partir de ahí, pude ver que era más fácil para mí otorgarle carácter a la música tomando en cuenta estados de ánimos del texto y eso, sin duda, marca una diferencia con lo que he hecho antes.

Si bien es imposible que suene distinto porque lo hace la misma persona, pero sí hay unos enfoques, unas miradas, unos acercamientos, incluso, unos métodos distintos. Por supuesto, lo grabé con unas herramientas mínimas y con la tremenda ayuda de amigos que me han prestado sus casas a la hora de grabar, porque no siempre tenía un espacio silencioso para eso.

(Benítez hace una larga pausa).

Me quedé pensando porque este tema es muy bonito: ¿Qué implica la música? Ya sabemos por definición que no son solamente sonidos, la música también tiene un elemento de colectivización de los hechos, de los estados de ánimo y las emociones, por lo que Febrerada es también Rocío, mi pareja, y Alicia, mi hija.

Porque junto con esos amigos que te prestan la casa, la silla, un atril, también están dentro de las obras de arte estas personas que son indispensables en la ignición o en el desarrollo del fuego, en el sentido que tenga ese fuego, cómo se usa, cuánto tiempo tienen que estar las cosas en ese fuego y, sin duda, ellas dos forman parte de eso, independientemente de que no toquen el arpa o el violoncello.

Es muy interesante esa reflexión sobre hasta dónde llegan las implicaciones de la música, más allá de una experiencia estética.

En este disco sigues el arte de la recitación, ya es como tu sello indistintamente de tus alter egos.

Sí, la verdad es que así me siento cómodo, envolviendo a la palabra, envolverla en intención, carácter y de sentimiento, así sea que no tenga sentimiento, pero cómo poder orientar eso a través del canto hablado o recitado, sea seco o un poquito más melodioso. Pero así es como me siento más cómodo, dándole intención, carácter a la palabra; me siento mejor así que cantando, que también lo puedo hacer, pero eso es mejor para los cantantes (risas).

¿No te consideras un cantante?

¡No! (risas). Esa pregunta es muy bonita porque no me considero un cantante y no tengo problemas con eso, al mismo tiempo considero que puedo cantar; pero cantantes creo que son Daniella Barbarito, Augusto Bracho, incluso, Heberto Áñez. Ellos como cantantes, desde el punto de vista musical, serían flautistas, clarinetistas, violinistas.

Yo, con respecto al uso de la voz, sería percusionista, ¡claro!, zapatero a su zapato. La voz humana es mi instrumento favorito, enamorado de ese instrumento, el más misterioso, el más potente, el más expresivo y no me considero un cantante, pero puedo cantar.

Y sí me gusta declamar.

¿Y poeta?

¿Un poeta?, ¡para nada!, en tal caso, letrista, instrumentista y compositor. Mis amigos me regañan con eso, pero mientras más me regañan, más lo dudo (risas). Siempre vuelvo al mismo sitio donde me siento más cómodo.

En este álbum las inspiraciones van en varias direcciones, en  especial, los recuerdos, la migración y las nuevas vivencias. ¿Es así?

Sí, tal cual, los recuerdos, sin duda, la migración, ya que conjuga una cantidad abrumadora de sentimientos, de sensaciones y de esas nuevas vivencias migratorias. Sin embargo, realmente la inspiración la consigo dentro de la misma música, dentro de las palabras, las imágenes, pero sólo si lo miro a través del juego, de lo lúdico, a través de ese desorden saltarín de las cosas.

La frontera entre eso y el humor es prácticamente nula, y eso para mí es como el alimento.

La manera como se mueven las cosas y la manera como funcionan, por qué funcionan, incluso, cuando te podría parecer inexplicable siempre se establece una dinámica, un desorden, un juego chispeante que una vez que lo ves o se dejar ver, te lo apropias, lo haces tuyo, como cuando unes tierra y agua y ves que se formó una pasta, la tomas y dices: ahora quiero que sea una taza, un portalápices, un posavasos, qué sé yo.

Por eso, muchas veces me estimulan más las cosas completamente lejanas a lo artístico, precisamente por eso, porque son las que generan la chispa.

Hay guitarra acústica, percusión, teclados e instrumentos no convencionales.

Sí, hay un montón de instrumentos curiosos, empezando por percusiones de toda índole, bombos, redoblante; en “Madracas” hay dos baterías.

Hay bajo eléctrico, que es mi instrumento favorito, guitarra eléctrica, acústica española. Hay un par de arpegios en ukelele, un par de arpegios en guitarra de cuerdas de metal, órgano Lowrey; un órgano Farfisa, que tiene una Solina que uso para sonidos más de violines. ¡Eh! Hay melotrón, marimba, metalófono, acordeón, hay un sintetizador que usé en “Trampantojo”, puse unos tambores, y mucha experimentación, distancias.

También utilicé micrófonos de altísima gama, micrófonos de plástico RadioShack; micrófonos antiguos de computadora, de esos multimedia, que tienen una basecita, micrófonos de más envergadura que me prestaron amigos, cables cortos, cables largos. Utilicé grabaciones de la calle para dar ambientes, efectos y hacer más cinematográfico el asunto. Me divertí mucho con eso.

El juego narrativo de Jonacho

A Jonacho Benítez le fascina hacer prestidigitación con las palabras y las frases. Desbaratarlas, desaparecerlas, rearmarlas. Las trata como si fuesen un dominó, cadáver exquisito y diferentes entretenimientos afines. Y otras veces, sólo hace magia con ellas a través de pócimas inventadas.

Hay liras, coplas, quintetos nonecasílabos (“Peña de la atalaya”); versos sueltos (“El puente de buganvillas” y “El tigre triste”), cuartetos endecasílabos (“Trampantojos”), sextetos endecasílabos (“Canción del Colegio Militar de la Nación”) y quintetos octosílabos (“Autoblues”).

Algunos me los inventé como en ‘Casquería’, que son cuartetos, donde los primeros tres versos son de catorce sílabas y el cuarto verso es de seis. ‘Afanes’ me la inventé también. La llamada duodécima porque son doce versos octosílabos con rimas aabccbdeffe. Es de esas fórmulas que siempre se me ocurren después de escuchar al Cazador Novato o que me sugiere el sonido de la poesía en otras lenguas”, aclaró.

¿Cada poema te nace con una rima o métrica específica, en el camino lo vas adaptando? ¿Cómo es ese proceso?

Mira, a la hora de componer, tal como ha pasado en los últimos tiempos, hago primero las letras y después les pongo música. Este disco de Febrerada es completamente así, son letras musicalizadas, eso.

Escojo la forma métrica estricta ya existente o sea que me las invente por varias razones, primero porque la limitación del conteo silábico me libera, suena paradójico pero es fundamental.

Y ese corsé, esa limitación, el hecho de que tiene un número contado de sílabas, incluso, alguna acentuación específica en alguna de las sílabas del verso, entonces, todo eso me deja la puerta abierta para la imaginación, la fantasía, para inventar, incluso, para crear chistes, juegos, para enfatizar intenciones, emociones.

Y me gusta también esa rigurosidad en la métrica porque me facilita las cosas a la hora de musicalizar.

Es verdad que raras veces tiene estribillo, siempre es una cosa como muy estrófica, pero la música en forma de estructura, bueno, echa su cuento también, apoya esa historia que se cuenta con las palabras. Sin embargo, como te dije, hay dos que no son así.

Las últimas cosas de Domingo en Llamas son estrictas con la métrica. Ahora, en este disco hay dos que son libres: “El puente de buganvillas” y “El tigre triste”.

¿Pero qué pasa? Me voy casando con la idea. Cuando yo empecé a escribir cosas, muy niño, la rima me llamaba la atención, y cuando la descubrí, me gustó bastante. Después, me liberé y comencé a no contar con la métrica y raras veces con la rima, en tal caso, me bastaba con que la rima fuese asonante. Luego, de veintipico, treinta, volví otra vez a eso, pero ya me estoy soltando otra vez.

¿Cuál es la búsqueda? No me parece que ninguna de las dos sea mejor. Yo no me caso con ninguna, lo que siempre persigo, rimando o no, es una musicalidad. Por eso corrijo y esculpo mucho, escribo, lo reposo, lo reviso, lo releo, lo reescribo, reescribo mucho, hasta que ella misma de repente ¡pin!, ya no la veo, echó a volar. ¡Ya está!, listo.

Y es un proceso muy bonito, yo lo disfruto mucho, es de las mejores cosas de la existencia y cuento con el flujo natural de ese proceso. Y lo nutro con mil cosas, aunque ya está nutrido, está nutrido per sé, ¡ojo!, nada más que con la vida y ya lo que queda es una especie de conducción, cuidado, de dirección.

La primera canción es “Autoblues del cantor”. La palabra autoblues la han usado bandas, artistas, pero esta pieza es tu carta de presentación.

Sí, es como una declaración de intenciones en la que expreso, de una manera muy sarcástica, esa especie de canción ancestral que se van pasando los cantautores de generación en generación. Una especie de canción ancestral tremendamente sosa, aburrida, en la que solamente hablo de mis sentimientos y la forma como vivo las cosas, generalmente con un tufillo en el que soy más sensible que los demás, que a mí me irrita mucho.

Si vas a romper el silencio, tiene que estar muy justificado. La canción de autor está llena de eso, una cosa que a mí me fastidia mucho, y tengo que ser muy cuidadoso porque yo no hago música clásica.

Me moleste más o me moleste menos, yo hago eso, canción de autor, porque esa forma de manifestar esa incomodidad a su audiencia, cautiva o presencial, no tiene nada que ver con el ungimiento que él mismo se profesa, porque lo que hace es tremendamente indulgente y egocéntrico y, sobre todo, lo más grave para mí: aburrido.

Por eso le puse “Autoblues”, porque es un blues que me canto a mí mismo, ahora que soy un cantor y, bueno, hago las cosas con un poquito de humor, como llaman aquí en España: el cansautor. Es una canción de protesta ante el cansautor.

Creo que he dado más vueltas que un perro pa’echase (risas).

¿Cuestionas la figura del cantor de protesta tradicional?

No, cuestiono lo reiterativo y unidimensional del cantautor tradicional, los de protesta son para mí una inspiración. Con el “Autoblues” intento manifestar mi descontento contra ciertas manidas y predecibles formas unidimensionales y reiterativas del cantautor respecto a cómo se le da un énfasis demasiado solemne a sus propios sentimientos, algo que a mí me aburre.

Entonces, yo juego a ponerme en ese papel con esa grandilocuencia de quien convoca para que vean cuánto siente, cómo y por qué siente lo que siente, y es algo con lo que no me siento identificado y, bueno, ante el descontento poner un poquito de humor y acción, que es simplemente escribir una copla y musicalizarla, en este caso como un blues que me he escrito a mí mismo.

Hay un ambiente que evoca el juego infantil, al juglar en medio del circo.

Ahí lo dices todo, porque de nuevo es el juego, el juego es un gran motivador de la vida más cotidiana hasta lo que uno podría considerar como las cosas más trascendentales. Me gustan las aristas que cubre, los enfoques que provee, la forma como desacraliza, que acerca, que conserva y en que une otras cosas, entre mil vainas más.

Pero sí, claro, si tú tienes ese acercamiento lúdico, puedes jugar con lo más peripuesto o lo más solemne, pero si encima abordas eso desde lo no convencional, pues, evidentemente, las chispas están aseguradas.

Si en vez de tocar los tiempos fuertes, tocas todo lo que está a tu alrededor, esa magia ocurre, puede ocurrir, incluso, tocando los tiempos fuertes, pero simplemente de otras maneras, con los codos, con la barbilla o con la frente, o con un tenedor.

Sin duda, todo lo que he hecho es así.

¿En “Canción del Colegio Militar de la Nación” el contexto es Venezuela?

Es un vals y, bueno, es una canción en la que me desahogo un poco desde mi profundo espíritu antimilitarista. Creo firmemente, estoy convencido de que la milicia y los cuarteles son de los apéndices más espantosos del ser humano y creo, honestamente, que no suman para nada.

Sin embargo, fantaseando, pensando, ¡deben servir para algo! Y, bueno, hice esa canción de amor. Son dos soldados que se enamoran, cosa que pasa mucho, pero jamás se podría saber, ya sabemos por qué; pero dentro de esa historia está el tono, el sarcasmo, el narrador, y eso le da un toque picarón al cuento.

“Trampantojo de un sentimiento”. El trampantojo es ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es.

Claro, no lo hice tan literal, pero sí lo uní a través de la ilusión, es decir, uno en Madrid ve dibujos en los edificios y piensa que la calle sigue o que hay otros balcones, cuando realmente hay una pared.

Es una de las canciones más serias, es una canción de amor, al fin y al cabo cuando uno va a hablar de un sentimiento en concreto, al final estás hablando de todo lo que lo rodea o de muchas otras cosas, pero lo que uno intenta expresar es esa especie de idea o de ilusión con respecto a lo que quieres decir.

Y “Trampantojo de un sentimiento” es como decir un título genérico: canción de amor. Entonces, viene dado por eso, una canción con esa temática que refiere lo que uno siente y lo que uno interpreta con la arbitrariedad que puede tener la memoria o la fantasía.

“María de la Luz de Madracas”. ¿De dónde viene ese nombre? Es la canción que mejor resume tus dos etapas.

María de la Luz de Madracas” es una lira de veinticuatro estrofas, y sí, me inventé mi propio pueblo, como tantas referencias que hay en la literatura y me anoté en la lista de los que se inventan su propio pueblo (risas).

Es una mezcla entre Madrid y Caracas. Sabes que todas las ciudades, al menos en Latinoamérica, suelen tener nombres de personas, generalmente de hombres, incluyendo Caracas, Santiago de León.

Pero le puse ese nombre que es una especie de transposición de imágenes y sentimientos de donde vengo y donde estoy. Sinceramente fue la que más disfruté, grabarla, me tardé mucho y al mismo tiempo siento que es la más corta porque la he disfrutado bastante, y me da mucho sentimiento.

A la vez, ha sido una cosa muy divertida de canalizar el sentimiento, la alegría y el dolor que tenemos millones de personas alrededor del mundo como migrantes.

¿Algún músico invitado?

No, no hay músicos invitados, por ahora, pero los habrá, claro que sí. Este primer disco lo hice yo solo, pero en el futuro sí habrá.

La portada del disco es también llamativa, artesanal, pareciera de esos trabajos, collages, que mandaban con cartulina en la primaria.

La hice para un afiche, para el primer toque, primer bolo, como dicen acá, y lo hice con mi hija y, claro, me gustaron los colores, vibrantes, la flor que también es una imagen que me acompaña constantemente.

Bueno, y sí tiene esa cosa artesanal, nada más que unos papeles de colores, una tijera y una pega, y la tremenda alegría, la libertad que se siente recortar mientras silbas, escuchas música, con mi hija en este caso.

El crédito de esa tapa dice Alabín y Alabán

Alabín y Alabán es porque son dos personajes que nos inventamos y son tomados de esas canciones para animar algo que dicen: ¡Alabín, Alabán! Ella es Alabín y yo, Alabán (risas).

Esta producción es la vía para dar paso definitivo a Febrerada.

Sí, el título solamente se refiere a las últimas composiciones que he grabado, así como con un tono de una revista de variedades o algo así: ¡las últimas fotos de fulanito en la playa!, ¡las últimas noticias! Esa es un poco la idea. Y también, inevitablemente, un guiño a mi gran inspiración en los últimos tiempos, años, que es Violeta Parra.

¿En qué sentido te inspira Violeta Parra?

Bueno, mira, es una obra tan vasta y estimulante, por ejemplo, hay humor, basta asomarse en las décimas en “Parabienes al revés”; hay humor con denuncia social en “Casamiento de negros”. La ternura y la empatía como en “La jardinera”; humor y juego en “Mazúrquica modérnica”.

La poética de esa pureza y esa autenticidad en su expresión, donde enseguida uno piensa que no importa si todo está hecho o si está por hacerse, a mí eso me resulta inspirador y conmovedor. Sí, esa manera de transmitir y comunicar puntos de vista, emociones, memorias, traslados, no sé, denuncias.

Hay una estrofa en Defensa de Violeta Parra, de Nicanor Parra, que dice: “Has recorrido toda la comarca / desenterrando cántaros de greda / y liberando pájaros cautivos entre las ramas”. Yo creo que ese poema define, en gran medida, lo que me sucede a mí con la obra de Violeta Parra.

En Domingo en Llamas había rock, free jazz y otros ritmos. En Febrerada hay más poesía, declamación y canción de autor. ¿El sonido de este proyecto siempre será así o puede cambiar?

Febrerada una vez que nace ya tiene vida y, como todo lo vivo, cambiará. Eso también pasó con Domingo en Llamas. A mí me llena de ilusión lo que estoy haciendo. Me estoy divirtiendo. Y seguro que va a cambiar y me emociona mucho no saber cómo. Yo nunca decido nada. Yo escucho los requerimientos de la música, ella pide cosas muy simples, muy sensatas, y me sujeto a ella.

Nunca o rarísima vez yo le incorporo algo que acabo de aprender o que me gustaría ¡no! Esas cosas, que me gustaría hacer o que acabo de aprender, las guardo para que estén al acecho de las peticiones de la música y de la letra.

¿Vendrán más canciones y/o discos?

¡Por supuesto!, ahora con más ganas que nunca. Siento que ha despertado una cosa que tenía guardada, algún tiempo dormida, pero ahora completamente recuperada, llena de ganas. Sí vienen más canciones y discos.

¿Tienes pensado retomar el dúo junto a Gustavo Guerrero, Augusto Bracho y Moisés de Martín, o más bien tienen en mente otra propuesta?

Seguro que lo vamos a retomar, ¡claro que sí! Siempre hemos estado unidos, tenemos un intercambio constante, incluso, en persona. Gustavo ha venido unas cuantas veces a España y es como fijo vernos, compartir e intercambiar pareceres, música, poemas, canciones.

Tenemos una especie de taller interminable de creatividad, siempre con humor, yo aprendo mucho, la pasamos bien como hermanos. Y él tiene un montón de música, de letras, esperando para cuando tengamos chance de volvernos a reunir, y yo también tengo un montón de letras que son una especie de carpetica para ese proyecto.

Así que seguro eso viene, tenemos mucha ilusión de volver a tocar y, bueno, la vida da muchas vueltas y, a la vez, las vueltas dan muchas vidas, cosa que agradezco a la vida y a la música por ponerme en el camino a gente tan hermosa como Gustavo.

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