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Wall of Eyes: la gran consolidación de The Smile

The Smile Wall of Eyes
Arte de Stanley Donwood

La agrupación de Thom Yorke, Jonny Greenwood y Tom Skinner le ha dado forma a un maravilloso segundo disco, depurando y consolidando su sonido

The Smile
Wall of Eyes

XL Recordings. Reino Unido. 2024

Desde que fue anunciado su álbum debut, A Light for Attracting Attention, a comienzos de 2022, siempre sentí a The Smile como un premio de consolación que yo no había pedido.

Para mí, la existencia de este “proyecto paralelo” sólo significaba una cosa: habría que seguir esperando por nueva música de Radiohead, lo cual, a seis años (en ese momento) del último trabajo de la banda, A Moon Shaped Pool, ya rayaba en desilusión resignada.

Por ello, y quizás un par de agravantes adicionales, como la cantidad de nueva música que llamaba mi atención en ese momento y una especie de mala predisposición de mi parte hacia todos los proyectos alternativos, parecido al que siento hacia las superbandas (siento que son un ejemplo de algo que podría llamarse la regla del “más es menos”, o mejor dicho: “muchos es menos”), mi reacción hacia ese primer grupo de temas del ensamble cuasijazzoso, experimental y semiimprovisatorio de Thom Yorke, Jonny Greenwood y Tom Skinner me dejó, no frío, sino simplemente indiferente.

También por razones de ánimo y de circunstancias le aposté menos prejuiciosamente a Wall of Eyes. Disponible sin que siquiera lleváramos un mes en el nuevo año, en un enero bastante desolado en cuanto a lanzamientos si lo comparamos con años recientes, y con mi paciencia incapaz de manejar mis ansias de que el año arranque en lo musical de una vez por todas, la segunda entrega de este intrigante proyecto apareció en el momento más justo y preciso, revelándose como el primer “gran lanzamiento” de 2024, pero sobre todo dándome la oportunidad de abrirle mis oídos y enmendar mi actitud.

The Smile Wall of Eyes vinilo azul

No fue difícil; en menos de una semana, tengo al menos a tres de los tracks revoloteando en mi cabeza en todo momento. Sabes que un tema es realmente GRANDE así en modo de apología, cuando se convierte en una especie de banda sonora de tu cotidianidad, cuando está ahí al levantarte o cuando almuerzas o estás en tu oficina y haces un poco de daydreaming, entrelazándose sin que te des cuenta, con lo que sientes en uno u otro momento y convirtiéndose finalmente en un referente emocional que te va a traer “de vuelta al pasado” cada vez que lo escuches en los años venideros.




Mi proceso de congraciamiento con The Smile no concluyó ahí. Me seguía reprochando un poco el haberlos ignorado un poco antes, así que con mis nuevos oídos desprejuiciados y recién reabiertos, regresé al primer álbum a ver de qué me había perdido y fue entonces cuando tuve mi segunda revelación con respecto a la banda: no me equivoqué mucho en mis impresiones iniciales, pero además, ahora tengo una mejor idea por qué este segundo trabajo es el más importante en la aún corta carrera del proyecto, un álbum que logra lo increíble, que no sintamos añoranza por escuchar a la banda matriz de Thom y Jonny.

Lejos de ser mediocre, A Light for Attracting Attention, es un álbum bien asumido que sin embargo anda a tientas, tan a tientas que hay momentos en los que Yorke, en sus intentos de “no sonar como Radiohead”, se sale demasiado de su elemento, protagonizando instantes como “Free in the Knowledge”, un tema que me asombró por el modo tan decidido como se acerca al sonido de una balada convencional compuesta por cualquier otra banda de pop- rock promedio, un tema que te puedes imaginar a estadio lleno, con gente coreando y moviendo sus brazos, teléfonos encendidos en mano, al ritmo de su cadencia.

En “We Don’t Know What Tomorrow Brings”, la banda entra en modo inequívocamente post-punk sin más, y no es que lo hagan nada mal, pero toda la ejecución es demasiado directa, sin que los músicos hagan uso de su más que probada capacidad para deconstruir y reformular lo que otros harían siguiendo al pie de la letra las fórmulas más básicas.

You Will Never Work in Television Again”, intenta hacer algo parecido, tratando de invocar la eficacia de lo básico, pero su sincopado ritmo rockero parece un poco una reelaboración del “Head Down” de Soundgarden en Superunknow (1994), y si un tema firmado por Yorke y Greenwood nos recuerda demasiado a otra cosa, se puede intuir que adolece de algo.

Vocalmente, Yorke, parece querer sacar a flote algúna especie de cualidad rabiosa y juvenil, que se siente un poco como un salto atrás en su evolución vocal. El tema engancha de inmediato, y es tan frenético como llamativo, pero a la larga resulta insatisfactorio y no reclama posteriores revisitas.

A rasgos mayores, el álbum resulta un tanto autocomplaciente, dejándose arrastrar demasiado, cuando Yorke no está intentando forzar su lado “rockero”, hacia la idea del jamming.

Nigel Godrich, productor infaltable en todo -o casi todo- lo imaginado por Yorke, Greenwood y sus demás compañeros, declaró en alguna ocasión que este primer material surgió en buena media de varios “riffs” compuestos por Greenwood, y del esperar “a que algo pasara”, dejando claro que el asunto estaba ideado en buena medida como un proyecto de improvisación, y ciértamente escuchar a los miembros más populares de la banda más prestigiosa de los últimos 25 años dando rienda suelta a su espontaneidad musical en el estudio despierta la curiosidad fascinada del más indolente.

Y es que las semillas de las ideas musicales están ahí, en la sinergia de los músicos, de sus imaginaciones emitiendo señales, retroalimentándose, pero es posible que parte de lo que ha permitido a este flujo musical específico cuajar en el sonido embriagante y transfigurador que hemos conocido, por ejemplo, en la obra de Radiohead, requiera de una disciplina con un poco más de propósito.




Y no digo que Yorke y Greenwood no sean músicos instintivos, porque dicífilmente podríamos calificar la experiencia de escuchar todo lo que han hecho en las últimas dos décadas de cerebral o calculado; no estamos hablando de Dream Theater o algo por el estilo, sino de gente con un expediente sonoro que nos llega hasta la fibra de los huesos, incluso en sus momentos más abstractos y labterínticos, pero quizás por diversas razones, por sentirse un tanto desorientados al verse en el estudio sin el resto de la pandilla, por el deseo de no parecer una especie de Radiohead “de bolsillo” o por desviarse sin proponérselo hacia una concepción un tanto funk de la irmprovisación, al tratar de explorarla como medio creativo, algunas ideas cuajaron de modo algo irregular.

El resultado final fue un trabajo interesante pero un tanto desguarnecido, pero que al menos, fiel a su título, fue como un paso funcional para ponernos al tanto de este proyecto, una pequeña luz que nos hizo mirar en esa dirección, y voy a atreverme a decir, a modo de idea complementaria y quizás sin ninguna base, que el título de este segundo pudiera hablar de cómo a los no convencidos, los escépticos y negacionistas no nos ha quedado más remedio que tomarnos a The Smile con la seriedad más comprometida, los muchos ojos que ahora miramos expectantes en la dirección que nos está señalando el proyecto.

Comparado a su predecesor, Wall of Eyes, es un trabajo que privilegia menos el golpe sónico repentino y más la acumulacíón exponencial. Se siente más acá el trabajo meticuloso, de minimalismo intrincado que tan bien han cultivado sus miembros, lo que no quiere decir que se reprima toda la idea de soltura que descansa detrás del sonido de la banda, porque, hay que reconocerlo, en contraste con Radiohead, The Smile opera de un modo más deshinibido, más enfocado en el fluir que en el construir, en principio, pero mientras que en su primer álbum, ese fluir no encontraba su forma definitiva, sino que se refugiaba en distintos formatos de ensayo, acá está redireccionado a lo largo de todo un entramado que no se opone al flujo, sino que lo canaliza, a ratos reforzándolo y concrentrándolo, en otros diluyendo su potencia, su momento, pero sin nunca enfrentarlo o intentar bloquearlo.

Pero el crédito y las glorias a quien se las merece; no es este sólo el trabajo del vocalista y el guitarrista estelar de Radiohead; para entender por qué Wall of Eyes suena como suena tenemos que hablar de Tom Skinner, tercer integrante y responsable de la batería en un proyecto cuyo sonido en sí requiere en buena medida de la percusión como medio para discurrir.

Miembro fundador de la fantástica agrupación multipercusiva y experimental de afro-jazz británica, Sons of Kemet (tristemente disuelta hace un par de años), y exponente esencial de la efervescente movida de jazz londinense de las últimas décadas, Skinner ha interpretado su papel acá como el de un creador de atmósferas percusivas.

Más que marcar el ritmo, lo que hace realmente acá su batería es sonar como una criatura viva, con pulso, que respira y se mueve, sinuosamente, con el resto de la música, haciendo que en cada repetida escucha de los temas, le descubramos nuevos retumbes y acrobacias.

The Smile
Foto: Frank Lebon

Y, por extraño que suene, quizás deberíamos agradecer también una ausencia: la de Nigel Godrich. Ligado como ha estado a Radiohead como su productor por default desde los inicios de su increíble trayectoria como banda “inclasificable”, allá en 1997 con Ok Computer, y a lo largo de lo que va del siglo 21, Godrich tiene todas las credenciales para ser tomado en consideración seria como uno de los verdaderos artífices de este capítulo único en la historia del pop, y siendo que de hecho hizo sus labores de oficio en el primer álbum de The Smile, el que no se le haya visto esta vez por acá podría haber sido interpretado como una falta de certificación, una carencia preocupante.




En su lugar tenemos a Sam Petts-Davies, un nombre que quizás a muchos no les diga nada y con ciertamente menos talante mitológico que Godrich, pero que, a juzgar por los resultados es posible haya entendido mejor como independizar el sonido del proyecto del inconmensurable legado sonoro que traen sus integrantes.

No se trata de un novato, valga la aclaratoria; Petts-Davies tiene ya su buen número de años en el ruedo, con discos de gente como Warpaint en su expediente de producción y como parte del equipo de producción de muchos trabajos reconocidos, como el The Getaway, de los Red Hot Chilli Peppers o el ultra celebrado Blonde, de Frank Ocean, ambos de 2016, desempeñándose en diversos ámbitos, desde la mezcla, la grabación o la ingeniería del sonido, e incluso en la asistencia de producción.

Pero existen mayores razones aún para su selección, pues Petts-Davies, es de hecho, una cara familiar para los miembros de Radiohead, habiendo participado en varios de sus proyectos, como ingeniero de sonido de A Moon Shaped Pool y de la sección de cuerdas de “Man of War”, el sencillo inédito anexado a OK Computer OKNOTOK 1997 2017, la reedición del celebérrimo álbum de la banda con motivo de su vigésimo aniversario.

Fue además el productor titular del soundtrack del film Suspiria (2018), de Luca Guadagnino, junto a Yorke, quién además compuso la música, de modo que su elección parece más una decisión basada en la confianza y respeto mutuos que una jugada de riesgo.

Sea como sea, es posible que el verse liberados de la presencia monumental de alguien como Godrich le haya permitido a la banda y a Petts-Davies encontrar una situación más distendida, con más aire para moverse o más campo sobre el cual jugar, de modo que el sonido se siente menos compactado y apretujado, menos masivo, más no por esto menos impetuoso o atrevido, si bien la estética de Wall of Eyes parece en cierto modo una destilación del aprendizaje de In Rainbows, cuando los integrantes de Radiohead se purgaron de una vez por todas de los apegos residuales de rock que aún había en su música, sintetizando de modo definitivo un lenguaje musical absolutamente idiosincrático, una especie de pop alternativo vanguardista, eficazmente elegante, milimétricamente afilado y penetrante.

Lo que marca la gran diferencia acá, es la calidad presencial e inmediata, de organismo vivo, que irradia la banda cuando la escuchamos, como si casi estuviéramos en el medio de ellos viéndolos intercambiar señas, elaborando una conversación musical en tiempo real, pero sin dejarse llevar demasiado, “pensando” un poco antes de hablar, musicalmente hablando, y dejando espacio para que cada uno plantee una narrativa propia.

El álbum desecha de manera decisiva las veleidades más alt-rockeras y post-punkeras que se permitieron en su debut, explorando con más seguridad ese vanguardismo intimista y emotivo, circunspecto, que adivinaron en aquel entonces en “Skrting on the Surface”, tema de cierre de aquel disco, y probablemente el mejor.

Muchas de las piezas acá, de hecho, tienen puntos identitarios con aquel track, discurriendo como por episodios, elaborando sus posibilidades a partir de una idea inicial y, en algún momento, dando giros hacia finales un tanto inesperados, trabajados sobre un magnifico entrelazamiento instrumental, siempre sumando desde la mesura, escapando al exceso o al desbordamiento.

No es algo raro para Yorke y Greenwood, el catálogo musical de Radiohead está repleto de piezas que finalizan en extendidas codas en las que, sin excederse nunca, los instrumentos parecen activar un principio de masa crítica a punto de estallar. “Where I End and You Begin”, “Weird Fishes/Arpeggi” e “Identikit” son buenos ejemplos, pero también incluso la injustamente subestimada “Blow Out”, ese track hipersideral y vertiginoso con que cerraban su Pablo Honey, allá en sus comienzos como banda.




De modo similar, la banda también ha sido adepta a cerrar sus temas mediante una especie de ejercicio de deconstrucción. Generalmente tenemos un inicio que parece respetar las convenciones de la accesibilidad pop más elemental, con estructuras que se decantan por el típico estrofa-estribillo-estrofa-estribillo, para luego dar paso a un proceso de reconfiguración, donde bloques enteros se extraen y superponen con otros, deformando pasajes que se repiten o permitiendo irrupciones de elementos inesperados, tal y como lo hacen en la vasta y onírica “How to Disappear Completely” de Kid A

Son recursos que les sirven para mantener las cosas interesantes, sin duda, y lo que sucede en Wall of Eyes, es que tanto Yorke como Greenwood parecen haber entendido y aceptado, mucho más que en el disco anterior, que esas son algunas sus verdaderas fortalezas creativas.

Read the Room” es el ejemplo más dedicado y hasta entretenido de esto en este nuevo trabajo. Compitiendo en intensidad y penumbrosa inventiva dramática con cualquiera de los tracks más memorables de Radiohead, el tema arranca con una sucesión de arpegios que son ansiedad absoluta, con la voz de Yorke en estado de angustia inescapable, para hacer un alto y reprogramar el curso de la música, adentrándose en un pasaje instrumental que juega con las texturas y el ritmo, y donde, sin demasiados apresuramientos, el ánimo se hace más asertivo y casi, casi, sentimos ganas de que nuestro cuerpo se mueva.

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Under Our Pillows” procede de modo similar pero de un modo más cerebral y a la vez alucinado, comenzando con una de esas ideas a lo math-rock habituales (¿de Greenwood?) que podría haber formado parte de las sesiones de ensayo del Discipline de King Crimson (hay tanto de Robert Fripp en la música de Yorke y su pandilla, y no lo digo como un demérito, sino a modo de útil referencia) para luego desacelerarse casi al máximo e inducirnos hacia una especie de autopista sonora lisérgica que parece diluirse hacia un vacío inexorable, repleto de estática irregular e inasible.

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Casi como la contraparte menos obsesivo-compulsiva de éste tema, el metronómico “I Quit” funciona como un sedante forjado sobre la base de un pellizco de guitarra que se reitera como un eco a lo largo de toda la pieza y que funciona como estructura etérea, a ratos inestable, pero mínimamente necesaria para mantener el tema a flote, sobre todo en la segunda mitad, en donde la intervención de cuerdas diversas llevan el asunto a una dimensión más desdibujada, y con Yorke, tan ambiguo como siempre, hablándonos de un futuro personal incierto: “This is the end of the trip / A new path / Out of the madness / To wherever it goes” (este es el final del viaje, un nuevo camino, afuera de la locura, hacia donde sea que vaya).

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Bending Hectic”, presentado en directo y ya lanzado como sencillo medio año atrás y que es, dada su ambiciosa y catártica dimensión, el tema más pivotal y monumental del álbum, sería el otro ejemplo de este modo de elaboración, presentándonos a Yorke en un estado inusualmente cálido -sin falsete-, acompañado por una guitarra disonante que parece perderse en la lejanía, como si fuera la misma voz de nuestra atención distrayéndose sin remedio a cada compás.

El efecto total es de letargo, pero un letargo que resulta irresistiblemente reconfortante y que casi nos hace perdernos en el tiempo sin saber si han pasado 30 segundos o tres minutos de tema, hasta que algo se libera, la intensidad sube y tenemos un instante de estallido, inusual incluso para los parámetros de los discos tardíos de Radiohead.

Un breve pero decidido instante en el que los arreglos de cuerda y la guitarra de Greenwood se muestran excepcionalmente confrontacionales y nos confirman el modo como él y Yorke aún cultivan su capacidad para la sorpresa sónica.

La letra parece conjurar una especie de declaración de perseverancia, apelando a imágenes de riesgo y adversidad e invocando su determinación por tomar las riendas de lo que parece inevitable. Críptico y personal como es, intuimos tópicos de alienación, escape, incomunicación e incertidumbre a lo largo de todo el  trabajo, si bien la interpretación de quien escuche es tan personal como los “códigos poéticos” de Yorke.

Es fácil imaginar un tema como “Bending Hectic” como acto de cierre de los toques de The Smile; tiene esa presencia inescapable de TEMAZO, con mayúsculas y en el más contundente sentido del término.

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Sin embargo, es posible que sean los temas “menores”, de Wall of Eyes, los que se conviertan a la larga en sus joyas más exquisitamente brillantes. Como el tema homónimo y de apertura del álbum, que se describe mejor como Yorke haciendo una aproximación ensoñada y vaporosa al bossa nova, con una buena carga de melancolía pero a fin de cuentas descansada y relajada, rematada por unos punteos refinadamente desentonados, que parecen deslizarse por los resquicios del tema y que convierten el final en una suerte de viaje caribeño psicodélico y desorientado.

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La meditativa “Teleharmonic”, la más atípica de este grupo de canciones, es una inmersión profunda en aguas del afrobeat contemporáneo, adornada por esporádicos sonidos de flauta, atmósferas tan evocativas como envolventes y el que quizás sea el tapiz percusivo más rico de todo el trabajo, si bien el que procede con el más bajo de los perfiles.

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You Know Me!”, que cierra el disco, es una de las composiciones más sentidas y reafirmativas de la banda –y quizás de Yorke–  hasta la fecha, recurriendo a su habilidad para invitar lo entrañable mediante el piano y su prístino sentido de la melodía para despedirnos con un final que se siente abierto, que nos ofrece una sensación de agradable saciedad y a la vez que nos deja expectantes.

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Son estos momentos de Wall of Eyes, los que terminan hablándonos de modo más personal, susurrándonos, seduciendo nuestra imaginación y emociones. Desentrañar estos temas es un acto que requiere varias escuchas, y que este sea justo ese tipo de disco es una especie de bendición artística, pues refleja una atención al detalle que sólo puede ser producto de la devoción más inspirada hacia la música.

Hay que detenerse acá para hablar de “Friend of a Friend”, el otro GRAN TEMA del álbum, y quizás uno cuya fama se ha acrecentado gracias al inspirado video que le dirigió Paul Thomas Anderson. Este es uno de esos temas en donde podemos ver lo profunda que ha sido la huella de The Beatles en el pop de todas las décadas y quizás a los integrantes de la banda, que ya han salido a negar toda intención referencial hacia los de Liverpool (Wall of Eyes fue grabado en los míticos estudios de Abbey Road), no les gustaría leer este tipo de cosas.

Pero la comparación no busca desacreditarlos, sino sólo ilustrar el modo cómo Yorke y Greenwood (tanto acá como en su “banda madre”) han logrado dominar, como lo hicieron The Beatles en su momento, un tipo específico de sensibilidad pop, logrando melodías que pueden ser honestamente hermosas sin ser nunca dulzonas o trivialmente felices, que son cálidas y amigables y al mismo tiempo se alejan de repente para asomarnos a cierto sustrato agridulce pero capaz de resonarnos en el alma.

El tema en cuestión es pura inventiva, sin poses ni falsas complicaciones, desde su repentina apertura con la voz desnuda de Yorke sobre una bajo juguetón, hasta sus dos tempestuosos y arremolinantes crescendos, pasando por una línea melódica que es puro regocijo, y quizás uno de los instantes más genuinamente luminosos de Yorke (según sus términos habituales, claro está).

El tema se mece (no hay mejor modo de describirlo), en buena parte gracias a los oficios de Skinner que se encarga de impulsarlo sobre un swing reposado y afable, pero también debido al modo habitual como Yorke y Greenwood juegan con la armonía, y esta es la otra gran fortaleza de su música en general, siempre rompiendo las secuencias de acordes tradicionales, alterándolos inesperadamente, repitiéndolos como si el compás diera un salto atrás o evitando la resolución definitiva, siempre acumulando, siempre sacándonos de balance, nunca dejándonos reposar ni adivinar qué viene.

Más que en cualquier otra pieza del álbum, el brillante encanto de este muy teatral e inquieto tema, radica en su resistencia a cerrarse del todo, con melodías que saltan sorpresivamente a otras cuando creemos que van a completarse, encontrando sólo al final la calma definitiva con un último acorde en reposo.

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Todos estos atributos musicales se reflejan también en el apartado rítmico. Acá más que en ningún material que hayan grabado antes, la batería juega con nuestras expectativas, cambiando compás de un momento a otro en un mismo tema, haciéndose eco de las fragmentaciones en cada track.

Como ensamble y quizás porque se trata de sólo tres integrantes, The Smile ofrece más espacio de ensayo en sus temas que Radiohead, y esos espacios son momentos en los que la batería encuentra campo de juego idóneo para inventarse toda suerte de redobles y peripecias.

Y acá es dónde hay que repetir lo que se dijo al comienzo, porque se debe enfatizar una y otra vez. Como tercer valor musical de la banda, el rol de Skinner es fundamental y clave. Así como Lennon, McCartney y Harrison sintieron que con Ringo habían encontrado al elemento cohesivo que tanto habían buscado para tomarse lo de la música en serio, son Skinner y su instrumento la fuerza que consolida todo el trabajo y lo hace vivir, palpitar, moverse.

Sin él, Yorke y Greenwood estarían absolutamente desamparados.

He leído a algunos decir que en comparación, el Skinner del primer álbum destacaba más que éste. No comparto ese sentir; puede que las piezas más frenéticas de aquel trabajo lleven a pensar eso, pero es en Wall of Eyes en donde el baterista parece no sólo entender la naturaleza de la música que hace la banda, sino incluso tomar la iniciativa y conducirla, nutrirla y consolidarla, más que meramente acompañarla.

Skinner es un virtuoso “de calle”, forjado lejos de los constreñimientos de la academia pero a la vez entregado al instrumento con una pasión artesanal y meticulosa, su modo de tocar tan espontáneo como reservado, desestimando el énfasis notorio y privilegiando el diálogo personal con el instrumento, y en este sentido recuerda un tanto al Bill Bruford de los primeros álbumes de Yes, otro grande de la percusión que se disfruta y descubre con apreciación introspectiva.

Si en A Light for Attracting Attention, Skinner podía haber sido visto como “el baterista del nuevo proyecto de Yorke y Greenwood” en Wall of Eyes, reclama a The Smile como su proyecto en toda regla, en la misma medida que lo es para los dos integrantes de Radiohead que también lo conforman.

Y sin duda algo parecido puede decirse de Petts-Davies, que logra que todos se desentiendan de modo absoluto del sello de “vanguardismo importante” de Godrich, y permitiendo a la banda encontrar su propia vertiente de experimentación, más sutil, en apariencia discreta, pero no menos entregada, y eso es lo hermoso de este trabajo: que más allá de sus buenos temas y de sus delicias musicales e instrumentales, el hecho de cómo atestigua la conformación de un equipo creativo con un propósito más definido

The Smile nació de la pandemia. Greenwood ha citado a “la frustración de no poder tocar en una banda por un par de años”, como germen motivacional para buscar una salida a todas las cosas que se le ocurrieron durante la cuarentena.




En principio buscaron a sus amigos de Radiohead, pero Ed O’Brien estaba muy ocupado con su debut en solitario, mientras que fue el mismísimo baterista de la banda, Philip Selway, quien les animó a explorar “otros proyectos” y ver qué salía de eso.

En otras palabras, es posible que detrás de todo este asunto no hubiese mucho más allá de la idea de no aburrirse o anquilosarse, jugar un poco en el estudio intercambiando unas cuantas ideas, pero sucede que en algunos casos, estas ideas que parecen marginales terminan cobrando vida propia y convirtiéndose en todo un mundo de posibilidades inesperadas, incluso para los que las imaginaron.

Es un testamento para el legado de una banda como Radiohead, y más precisamente de sus integrantes, el que aún por vía de un proyecto “derivado”, como este, sigan abriéndose caminos de relevancia para la expresión musical.

La realidad, no obstante, si nos detenemos a pensarlo, es aún más prodigiosa, y es que la espera por el regreso de Radiohead puede ser difícil para quienes valoran su obra, hasta el punto en que que muchos ya casi han aceptado como un hecho el que los días más pletóricos de la banda quedaron a más de una década de distancia, en el pasado.

Pero The Smile ha logrado, con Wall of Eyes, algo que hubiese sonado un tanto inimaginable no hace mucho tiempo atrás, y es que quizás, sólo quizás, ya no necesitemos tanto a Radiohead como pensábamos.

Gustavo Reyes


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