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Kid A: la maravillosa aventura rupturista de Radiohead

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Kid A Radiohead

En octubre del año 2000 el quinteto inglés hizo su entrada al nuevo siglo con un sorprendente cuarto disco en el que rompía con su pasado

Radiohead
Kid A

Parlophone / Capitol. 2000. Inglaterra

 
A fines del pasado milenio Thom Yorke estaba completamente harto del rock. Más que eso, aseguraba incluso que su relación con la melodía estaba terminada, o algo por el estilo. Psicológica y emocionalmente agobiado por las giras y desilusionado de manera definitiva por los manejos y el proceder de la industria musical, el frontman de Radiohead experimentaba adicionalmente un bajón anímico absoluto, la tristeza tras el orgasmo que sigue a todo pico de consumación más allá de las expectativas.

El camino hacia Kid A 

Ok Computer (1997) -un trabajo que no necesita presentación- había sido grande, muy grande; todo un acontecimiento musical: arte, rock y psicodelia de los buenos, espesos y profundos, “a lo Pink Floyd”, con ese dejo de oscuridad insondable, ese sonido a océano de partículas sobrecargadas que te deja la sensación de haber sido bañado en espesa radiactividad; el último gran disco conceptual del siglo 20, o al menos eso nos hizo sentir a muchos.

Un trabajo con sabor a “antes y después”, al estilo de Nevermind (1991) de Nirvana, o quizás el Raw Power (1973) de The Stooges.

La banda había conquistado una libertad ganada a buen pulso con el portentoso The Bends (1995), una colección de pequeñas gemas musicales rebosantes de inspiradas melodías y guitarrazos siderales como nadie había concebido en mucho tiempo, con una riqueza sorprendente de arreglos y empapado en una obsequiosa melancolía musical.

Un trabajo más que redondo de rock alternativo noventero que sin embargo escondía mucho más y cuyo éxito había motivado a Yorke a pensar en términos más ambiciosos: su siguiente trabajo sería algo absolutamente masivo, con capas y capas de sonido, emulando estructuras acumulativas que luego se desmoronaran y precipitasen al estilo del inarrenable Bitches Brew (1970), del siempre agitado e inesperado Miles Davis, uno de esos trabajos irrepetibles que desdibujan géneros y derriban mundos para crear otros nuevos.

Ampliando su paleta instrumental con la incorporación del violonchelo, el piano eléctrico y el Mellotron, entre muchos otros utensilios sonoros, y adoptando un enfoque abismal y grandioso, la banda creó un álbum de álbumes, una obra musical gigante, alucinante y absolutamente delirante, contundente como un maremoto sónico, rabioso y angustiado, y que llevó al rock a lugares a los que no había llegado en toda la década de los 90; tan abrumadoramente guitarrero como experimental y salpicado de destellos electrónicos en cada compás.

Un álbum en el que, de paso, encontramos a la banda en una disposición inesperadamente filosófica y “política” -de un raro modo introspectivo y ambiguo- al exponer la desazón existencial que se respiraba ya a nivel global para fines del milenio pasado, convirtiéndose casi automáticamente en un álbum con sabor a obra “esencial”, un favorito de crítica y adeptos.

Ok Computer, resultó ser, además, increíblemente exitoso. Fue el disco más comprado ese año en el Reino Unido, vendiendo no pocos millones de copias a nivel global, algo casi inimaginable para un trabajo con esa clase de densa ambición conceptual, y de repente, casi de la noche a la mañana, Radiohead se encontró sujeta al más intenso escrutinio mediático y crítico, en la incómoda y peligrosa posición de ser la nueva “banda más grande del planeta”.

Semejante asunto tiene que quitarte el sueño por las noches ¿cómo puedes sentirte tranquilo con los ojos del mundo encima, esperando a que des tu siguiente paso luego de tu “obra maestra definitiva”? Para el vocalista de la banda de Abingdon, Oxfordshire, este era un asunto en el que estaba en juego la supervivencia básica de su cordura, una supervivencia que sólo podía ser garantizada de un modo: escapando.

RadioheadConcibiendo el nuevo sonido de Radiohead

Y así sucedió; el siguiente grupo de canciones de Radiohead configuró el plano maestro de este asombroso y casi imposible plan de fuga, cartografiando un paisaje poco menos que alienígena para ellos o cualquier otro artista en su posición y pulverizando con decisión fulminante su estatus de “rock band”, no exactamente dejando el rock atrás sino más bien redefiniéndolo según nuevas reglas, replanteándolo y dándole un nuevo y expandido significado, y mostrándonos lo absolutamente equivocados que estábamos acerca de los presupuestos de la música hecha “con guitarras”.

Dejando claro a fans e industria que era inútil y hasta inapropiado que volviesen a esperar algo concreto de ellos. Toda una proclamación de liberación radical.

Haciendo uso y casi abuso de una admirable convicción, Yorke logró arrastrar al resto de sus compañeros, contra todas sus reservas -que no eran pocas-, hacia una especie de nuevo océano imaginado no de forma muy clara ni para él mismo, sumergiéndose al final en este con una entrega tan definitiva que cuesta creer que tuvieron que aprender a navegar, en buena medida, con nuevas herramientas musicales.

Pero la banda siempre hizo gala de una obsesión vehemente por el control y la explotación máxima de sus recursos y para este momento particular esa determinación pareció alcanzar un estado de efervescencia inusitado, como si más que poner a prueba sus limitaciones quisieran dar rienda suelta a su capacidad para extralimitarse.

Recuerdo que tras Ok Computer, me encontraba, como muchos, cargado de un abrumador regocijo a causa de aquel definitivo y colosal trabajo, y mis expectativas hacia el futuro de la banda estaban en un estado de agitación totalmente intoxicado: “…a dónde puede ir Radiohead a partir de este punto es imposible decirlo”, pensaba yo -creo que así lo escribí incluso en alguna reseña- y realmente me creí estas palabras, pero toda esta retórica resultó demasiado simple y barata para prepararme para Kid A, un evento discográfico inesperado como pocos en la memoria reciente de la música.

La banda que se hizo mundialmente famosa con una de las canciones más populares de las últimas tres décadas, “Creep”, y que en poco tiempo había logrado casi borrarla de su expediente y convertirla en una insignificancia para ellos y para su legado musical -algo que al parecer anhelaban con fervor- re-emergió el 2 de octubre de 2000 con un trabajo imposible de haber sido imaginado por nadie, con el ADN de todo el pop venidero en el nuevo milenio incrustado en su estructura fundacional.

RadioheadLlega la revolución de Kid A

Contagiados de un ánimo absoluto de “hagamos esto a ver qué sucede” y reacios a congraciarse con ningún género definido -y mucho menos con cualquier cosa que sonase a rock- Thom Yorke, Ed O’Brien, Philip Selway y los hermanos Greenwood (Jonny y Colin) hicieron colisionar acá los enfoques más insospechados: retazos guitarreros remanentes de la apoteosis alternativa de los 90, una infusión generosa de vanguardismo introspectivo y minimalista, la electrónica de atmósferas diluidas y pulsos intrincados de Autechre y una interpretación neutórica y claustrofóbica del free jazz similar a la cultivada por King Crimson en sus primeros años, aquellos transcurridos entre In The Court of the Crimson King (1969) y Red (1974).

Nada de extrañar cuando se entera uno de la admiración de Yorke por la obra de gente como Charles Mingus y el avant-garde jazz, el jamming intrincado y conceptual de Can y las fantásticas imaginaciones sónicas de Bjork, así como de la inconsolable desilusión que ya entonces le inspiraba la música guitarrera -su obstinado y pensante instinto entendía y sentía el agotamiento que, hasta cierto punto, acusaban ya las actitudes rock, la aridez de sus reservas de energía y el hecho de que ya no era capaz de precipitar algo verdaderamente nuevo e insurreccional.

Kid A RadioheadPero aún conciendo las preferencias del paladar musical de Yorke y sus considerandos sobre el estado del rock, Kid A pulverizó todas las predicciones y pre-concepciones relacionadas con Radiohead -y en cierto modo el pop en general- reseteando la banda hacia una especie de nuevo año cero y estableciendo un precedente inusitado para varios de los nuevos caminos musicales del siglo que comenzaba.

A veces es fácil imaginar a qué puede sonar un álbum cuando se tiene la descortesía de desmenuzar todo el asunto de sus “influencias”, pero cuando la banda culminó su trabajo en estudio había logrado destilar una sustancia sonora que se sintió absolutamente primigenia y originaria y que parecía hilada con las mismas hebras del tapiz de neurosis y ansiedades que han definido el mundo de los últimos 25 años.

Si OK Computer fue un expediente premonitorio sobre la realidad que ya estaba por venirse en 1997, el inminente “brave new world” que se nos perfilaba a finales del milenio, con la omnipresencia frívola y melancólica de la tecnología digital y el bienestar aséptico promovido por la industria de la “calidad de vida” actual -comida orgánica, la cultura del mindfulness y los “tips para ser mejor persona y encontrar la felicidad”- Kid A es ya el reporte definitivo y actualizado, emitido en tiempo real, sobre esta distopía del bienestar en pleno desarrollo, el soundtrack de un destino que nos alcanzó, cuyos sonidos tienen sabor a dígitos, hiper-saturamiento informativo, mecanicidad sistémica y anomia existencial, pero también a emociones que parecen pugnar contra la nada en un afán por no desvanecerse en insignificancia.

Kid A es, de hecho, más que un mero álbum musical -el disco electrónico de Radiohead, dijeron entonces algunos. El cuarto trabajo de la banda es una especie de antena recodificadora del ánimo post-milenario, un medium para conectarnos con el subconciente colectivo del mundo de las últimas dos décadas, logrando ser tan pertinente hoy como lo fue cuando vio luz por vez primera.

Tan “conceptual” como su predecesor, el álbum refleja en sonidos el semblante del alma humana en el siglo 21, tratando de encontrar algo que decirse a si misma en medio de la abrumadora sofisticación de un mundo compulsivamente fascinado con los “goals” y agobiado por la eterna búsqueda del propósito como “tip” de vida; enredado en social media y sumergido en un abrumador torrente de discursos sobre-saturados que se muerden la cola.

Un “device” interpretativo, que opera gracias a un contrapunto vertiginoso, a la vez delicado y elegante: el choque fascinante y la vez brutal entre la estética cibernética de la música y la expresividad urgente, deconstruída y desnuda de los temas.

No fue fácil. La verdad sea dicha, ninguno de los integrantes tenía mucha idea de lo que iba a hacer y se dice que había mucho “miedo” y recelo ante algunas ideas de Yorke, sobre todo la aventurera y peligrosa sugerencia de hacer música ¡con pocas guitarras!, y todo este asunto suena como aquellas anécdotas igual de fascinantes y divertidamente irónicas sobre The Beatles y las sesiones de su Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967), con toda esa incertidumbre y frustración con respecto a la nueva dirección hacia la que el entrañable e imaginativo Paul McCartney estaba llevando a la banda: un álbum conceptual en el que -¡Oh, Dios!- los integrantes “casi no tocaban los instrumentos”, o eso dijo alguna vez alguno de los restantes Fab Four.

Kid A BookletPero acá Yorke no la tenía tan claro como el mítico Macca. Al comienzo de las sesiones el vocalista apenas contaba con retazos de música que estaban lejos, muy lejos de ser canciones. Temáticamente el asunto no era distinto, había poco más que la sensación de estar en una encrucijada existencial aguda y de tener la necesidad imperante de hacer catarsis, pero las palabras exactas para expresarlo lo eludían. La “inspiración” vino por vía del Remain in Light (1980), de Talking Heads, y su procedimiento de composición de letras escogiendo acá y allá de entre frases y palabras escritas sin necesaria vinculación previa, todo en modo collage, lo que no hizo sino contribuir a esa irresistible cualidad ambigua y críptica de todo el álbum.

Nigel Godrich, productor estelar de la banda desde Ok Computer –y con toda justicia el virtual sexto miembro de la agrupaciónse encontraba en igual extravío, mientras Yorke sólo sabía que quería que su voz sonara “como otro instrumento más”, una transfiguración que terminó yendo mucho más allá de lo esperado: cuando tras los primeros compases de “Everything In Its Right Place”, se escuchan las primeras palabras del vocalista, lo que encontramos es tan desconcertante como deslumbrante, no un canto como tal, sino una especie de declamación entrecortada y procesada, que podría bien ser el susurro misterioso de una Inteligencia Artificial en pleno despertar de su conciencia.

El tema de apertura de Kid A significó una de las jugadas más arriesgadas que haya dado banda alguna en memoria reciente, algo sin precedentes, un Thom Yorke verbalizando como si fuese una entidad informática emitiendo blips y atrapada en un loop retórico interminable, reverberando casi imperceptiblemente sobre unos teclados que parecen querer desvanecerse en cada acorde y repitiendo frases como si se trataran de mantras para provocar la disolución de la personalidad; absolutamente hipnótico.

Y sí, en efecto, las guitarras aparecen desterradas casi del todo, pero de algún modo mágico la banda logra establecer un paisaje sonoro tan enigmático y a la vez acabado que resulta imposible resistirse a él, la apertura a un mundo de posibilidades que estamos absolutamene dispuestos a explorar, y justo cuando comenzamos a aceptar y asimilar los parámetros de esta nueva y rara belleza nuestra confianza vuelve a experimentar el extraño encantamiento de la desorientación con “Kid A”.

El segundo y homónimo tema del álbum, y quizás el más impresionista y abstracto de todo el disco, es una diminuta suite con sabor a improvisación matemática en la que la percusión y lo que pareciera ser un xilófono sintetizado, se funden con la voz extremadamente comprimida de un Yorke lánguido y desapasionado, dando lugar a lo que pareciera una canción de cuna para alguna entidad cibernética hecha de pequeños destellos digitales.

Hermosa y conmovedora en sus propios y particulares términos estéticos.

Siguiendo esta pauta, el álbum procede como un persistente ejercicio de confrontación y adaptación inexorable, un poner a prueba todo lo que podemos esperar de un grupo de canciones, tema tras tema, compás tras compás.

Ningún momento nos prepara para el siguiente, las estructuras convencionales del pop o el rock no tienen función ni relevancia en este disco y la dimensión emocional se haya intensificada de un modo desmesurado y abrupto.

Más asombroso aún es el modo como la música, a pesar del impacto de toda su extrañeza intrínseca, se acaba sintiendo como inevitable y “lógica”, como si estas canciones nos fuesen conocidas de toda la vida y formasen parte de nuestras experiencias más personales.

Terminamos indeleblemente impregnados de estos temas, energizados y bañados en su particular tipo de fulgor sonoro, casi como si nuestra conciencia se encontrase exaltada luego de haber sido sometida a una alteración intensificada.

Todo esto sucede en buena medida gracias la intuición exquisitamente refinada de la banda para tomarnos con nuestras defensas bajas, tanto en lo emocional como lo estético, y llenarnos con sus sonidos de un modo torrencial, y es que a pesar del alto grado de experimentación presente acá, Kid A es cualquier cosa menos un álbum críptico y cerebral.

Esta es música que logra hablarnos a través de todos sus laberintos electrónicos y acertijos sonoros de un modo brutalmente honesto. No pocos han intentando ver en el sonido de Radiohead destellos del legado de gente como Pink Floyd, pero Yorke, un vehemente opositor del rock progresivo y géneros afines, siempre ha apuntado a nuestra yugular emocional y a nuestros ámbitos más introvertidos. Escuchar cada tema de este trabajo es enfrentarse a una experiencia personal contundente, casi confesional y absolutamente contagiosa.

No importa qué tantas reglas y fórmulas se hayan demolido o deconstruído, no importa la sorpresiva cantidad de nuevos elementos ensayados en cada uno de los temas, no existe acá ni una pizca de auto-indulgencia, ningún acorde o recurso gratuito.

El álbum es un verdadero prodigio, una idea imposible hecha realidad: música radical como pocas veces se encuentra pero inauditamente accesible y familiar, capaz de conmocionar hasta la más gélida de nuestras fibras nerviosas.

Acá coexisten parajes frenéticos y condensados, casi neuróticos, con instantes aparentemente descansados y etéreos. Podemos estar cobijados por la calma ambigua e incierta de “Motion Picture Soundtrack” -una desconsolada “balada” invernal que habla sobre soledad y pérdida mientras discurre entre el sonido de un órgano tembloroso que suena como hielo fino resquebrajándose bajo nuestras pisadas y las notas de un arpa que se sienten como diminutas cuchillas que laceran nuestro ánimo- y en otro momento ser arrollados por la obsesiva y claustrofóbica agitación de “The National Athem” y su choque feroz entre jazz y ritmo, gracias a una sección de metales (cortesía de la St. John’s Orchestra) y un bajo implacable que subyuga férreamente al tema de comienzo a fin.

El crescendo incontenible de este caos absoluto termina espesando una atmósfera represiva inescapable; una obra maestra demencial.

No será el único momento en el que la destreza particular la banda para envolvernos en atmósferas que son al mismo tiempo angustiantes y cautivantes nos asalte de un modo despiadado.

Con una batería insistente e incansable que se repite casi interminablemente como protagonista -y que parece en estado de suspenso perpetuo sin nunca resolverse -“Morning Bell” transmite una sensación similar de ansiedad y duda que, sin embargo, encuentra resquicios modestos de luz acá y allá, llenando al tema de una inesperada y rica coloración.

Pero es en el paroxismo convulsivo de “Idioteque” en donde este ánimo de urgencia alcanza picos de verdadera ansiedad desesperada. El tema está concebido como un taquicárdico encuentro entre un beat secuenciado, impersonal, absolutamente áspero y seco, y un Thom Yorke en estado de aceleración desbordada y casi jadeante, pero en vez de sobre elaborar instrumentalmente sobre esta idea, la banda opta por jugar hábilmente con los espacios vacíos -y unos pocos detalles sonoros en forma de samples, cortesía de los compositores minimalistas Paul Lansky y Arthur Kreiger– enfatizando la exasperación vocal y creando una pieza altamente expresionista sobre soledad y desconsuelo post-apocalípticos.

Este no es, no obstante, un álbum incapaz de albergar momentos sublimes. Incluso si las letras nos hablan de abatimiento espiritual y aprensión, la música es capaz acá de contener parajes de verdadera belleza y de provocar un sobrecogimiento emocional arrebatador, exorcizando de algún modo sus mismos demonios y pesadillas, y exaltando nuestro ánimo de un modo insospechado y casi esperanzador.

Al igual que Ok Computer en su momento, Kid A registra y describe la deshumanización de nuestro mundo hiper-tecnificado en terminos definitivos, pero lo hace con un lenguaje absolutamente humano y expresivo, vivo y palpitante.

Es imposible, por ejemplo, no sentirnos extrañamente alentados con temas como “Optimistic”, el más orgánico de todo el álbum y en el que se adivina una intención más claramente “rockera”, una mera ilusión provocada por un portentoso y casi tribal fondo de percusión que sentimos como una llanura sónica masiva, infinita y oscura sobre la que ásperas guitarras parecen casi rasgar el aire que nos rodea, mientras un Yorke reconfortante nos asegura que “puedes intentar lo mejor que puedas/lo mejor que puedas es suficiente” (You can try the best you can/The best you can is good enough), palabras reales de su pareja con las que nos tiende un pequeño puente de empatía.

Radiohead no puede ser más motivacional de lo que es acá y, francamente, no queremos que lo sea.

En “How to Disappear Completely” la música nos enseña a volar, invitándonos a desplazarnos sobre vastos espacios de cuerdas alargadas -inspiradas en las densidades atmosféricas del compositor contemporáneo Krzysztof Penderecki, fallecido el pasado marzo y a quien Jonny Greenwood admira-, insinuando una realidad que se escurre de entre nuestros sentidos.

El tema más sobrecogedor de Kid A y uno de los momentos más musicalmente conmovedores imaginados por la banda en toda su carrera, nos transporta en un viaje casi silencioso, fantasmal y nocturnal por encima de ciudades y parajes imaginarios, más allá de los ruidos del mundo, cobijándonos en una especie de soledad estratosférica que parece hecha del material de los sueños, mientras un bajo recurrente nos habla de la letanía de la vida y nos asoma, por un instante, a la eternidad.

Se trata de un momento de tierna y resignada introspección, en el que Yorke usa las palabras de su amigo Michael Stipe, de R.E.M. para expresar sus profundas ansias de disolución: “I’m not there, this isn’t happening” (no estoy acá, esto no está sucediendo).

Un pasaje inconmensurablemente alucinante, que nos habla de nuestro deseo de escapar de todo, incluso de nosotros mismos.

In Limbo” transita por un terreno más relativo, pero sin dejar de expresar la sensación de desarraigo existencial que empapa a todo álbum.

A medio camino entre el momento de máxima ensoñación impresionista de “How to Disappear…” y los glaciales y abismales recovecos de las piezas más precipitadas del álbum, la banda recrea acá en una experiencia ambiental hecha de guitarras y ritmos extraviados que parecen movidos por corrientes submarinas, arrastrados caprichosamente, al igual que la voz de Yorke, sin dirección particular aparente.

El tema posee una cualidad onírica acuosa capaz de sumergirnos en un trance que nos habla de desorientación y extravío, y dentro del cual nos sacudimos con torpeza para podernos despertar.

Hay un poco de todo en cada uno de estos instantes, sin que la identidad y consistencia básica del álbum sufran merma alguna.

Pero elaborar un listado de temas y sus referencias y detalles es una pobre y muy trivial forma de asimilar el impacto particular que Kid A termina teniendo sobre el que lo escucha, el modo como penetra nuestra imaginación y nos revitaliza con ese efecto transformador que sólo lo extraordinario logra ejercer.

El álbum tiene el poder de irrumpir en el ánimo interno de manera inmediata y a la primera escucha; esta es música asombrosamente accesible, construía y concebida en base a códigos en teoría inaccesibles.

Puede que nuestro ánimo se sienta apesadumbrado y al mismo tiempo maravillado en momentos como “How to Disappear…”, o puede que nos sintamos violentamente invadidos por la urgencia neurótica del pulso obsesivo de “Idioteque”, y que incluso hasta nuestro cuerpo se entregue sin poder evitarlo al movimiento, emulando el espasmo sincopático -y quizás liberador- de la danza de Yorke en las interpretaciones en vivo del tema, pero en ningún caso es posible intelectualizar este grupo de canciones que veinte años después resuenan con el mismo poder de conmoción.

Kid A BookletRadiohead es una banda peligrosa para algunos, hay personas para las que su melancolía implícita resulta un tanto abrumadora o al menos inexplicablemente incómoda, y esto habla bien sobre el vigor emocional del cual es capaz su música, un vigor que parece no erosionarse con el tiempo, no importa cuantas veces revisitemos un trabajo como este.

Mucho se habla sobre cómo este disco preestableció de algún modo el modo como la electrónica permearía a toda la música pop en los años siguientes o cómo desdibujó dramáticamente las fronteras de lo que considerábamos rock, o más aún cómo hizo del término “rock” una palabra sin eficacia descriptiva y militante en un mundo en el que todos los géneros conviven y se funden con una promiscuidad impetuosa.

No es tampoco extraño leer sobre cómo el álbum se adelantó a su tiempo en su uso extenso de internet como medio promocional, haciéndose disponible en streaming en una época en la que pocas de las grandes agrupaciones del planeta si quiera lo consideraban.

También está más que documentado el hecho de que la banda se negó del todo a lanzar sencillos promocionales y ofreció muy pocas entrevistas, y los números sobre el desempeño comercial de Kid A son casi material mitológico si se toma en cuenta que, para la banda, su lanzamiento significó su primer debut en el primer puesto de las herméticas carteleras estadounidenses.

No es cosa de todos los días que un proyecto musical indiferente a los gustos y expectativas del mercado, displicente con las reglas musicales del pop y todos los géneros que comprende e imposible de categorizar salga a la luz dominando las ventas en varios países del planeta, constatando con esto lo increíblemente portentosa que ha sido Radiohead como fuerza creativa casi desde sus mismos comienzos.

Todas estas cosas, dan fe del estatus histórico y pivotal de un trabajo que, sin cinismo alguno, puede ser catalogado de verdaderamente extraordinario. Sin embargo, quizás lo que ha determinado y explica mejor la capacidad para la vigencia permamente de este irrepetible álbum, es cómo su fragmentada belleza, tanto temática como musical, resuena cabalmente con nuestra disociación interior actual, producto de una realidad sobre-saturada de información, sensaciones e inmediatez.

El asunto es que más allá de todos los comentarios sociológicos, toda la exposición de nuestros dilemas existenciales y toda la deconstrucción desnuda y penetrante de la tecno-realidad actual en la que vivimos, Kid A es, en el fondo, un disco nacido de un anhelo personal y muy introspectivo, de la necesidad -la de Yorke- de purgar todo lo que en su interior hubiese de opresivo, toda la supuesta disección de la omnipresencia tecnológica en nuestro ciberconectado mundo una mera carambola filosófica, un afortunado accidente del momento particular en que fue concebido el disco.

Y es que las angustias básicas de la condición humana no tienen fecha particular de formulación ni responden a tendencias o artefactos del momento, sino que están siempre ahí, ocultas quizás, acaso adormecidas, latentes, pero siempre acechantes, y es nuestra intuición permanente de estos fantasmas, la certeza de que están siempre ahí -impregnando la misma tela de la vida- y de que son ineludibles, lo que nos conecta de inmediato con la inquietud espiritual absoluta de este grupo de temas.

Pero también es esa capacidad para conectarse a nosotros, ese sentido de identidad inexorable, ese reconocimiento automático, ese encontrarnos con nosotros mismos en estos sonidos, lo que le permite a esta música actuar como una experiencia purificadora y hasta por momentos curativa, aún a 20 años de su momento estelar.

Kid A no ha envejecido ni un nano-segundo desde aquel día de octubre de comienzos del milenio, y sigue siendo, más allá de su sitial como “obra maestra” para la banda, por pretencioso y frívolo que suene el término, una referencia en cuanto a las posibilidades infinitas e inexploradas de la música y en relación con las dimensiones emocionales y hasta filosóficas a las que un álbum es capaz de aspirar, pero por sobre todo, un disco en el que nuestra imaginación siempre podrá saciar su sed de novedad y maravilla, reconciliándonos así con las penumbras de nuestra existencia.

Gustavo Reyes



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