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50 años de Bitches Brew, el inmortal shock eléctrico de Miles Davis

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Bitches Brew

El legendario trompetista estadounidense elevó a cotas insospechadas su novedoso jazz eléctrico, acompañado de un grupo de músicos excepcionales

Miles Davis
Bitches Brew
Columbia. 1970. EE UU

El 28 de septiembre de 1991, fallecía a los 65 años de edad, en Santa Mónica, California, uno de los más prominentes músicos del siglo 20, el trompetista, compositor y líder de diversas agrupaciones, Miles Dewey Davis III, universalmente conocido como Miles Davis.

Enigmático y de pocas palabras, Miles se paseo por una infinidad de estilos musicales a lo largo de una carrera musical que abarcó cinco décadas, definiendo nuevos estilos de jazz y redefiniendo otros.

Su dilatada discografía de casi 60 álbumes, incluye varias obras consideradas paradigmáticas en la historia del jazz, como Birth of the Cool (1949), Kind of Blue (1959), Miles Ahead (1957) y Sketches of Spain (1960), por mencionar a algunas.

Nuestra máquina del tiempo nos lleva hoy al 30 de marzo de 1970, día en el cual el mundo discográfico recibía a Bitches Brew, LP doble del gran trompetista, en el cual el músico nacido en Alton, Illinois, seguía experimentando con instrumentos eléctricos, algo que él ya había comenzado un año antes en su aclamado álbum In A Silent Way, dando así inicio a una etapa de su carrera conocida como el “período eléctrico”.

Su concepto musical poco a poco se iba deslindando de los ritmos tradicionales del jazz, enfatizando arreglos inspirados en el rock y basados esencialmente en la improvisación. Su banda para ese momento la conformaban el saxofonista Wayne Shorter, Chick Corea en el piano eléctrico, el bajista Dave Holland y Jack DeJohnette en la batería. Todos y cada uno de ellos, músicos que redimensionaron el jazz a niveles jamás pensados.

In A Silent Way, excepto a Jack DeJohnette, incluyó a Joe Zawinul (†), John McLaughlin, Tony Williams (†) y Herbie Hancock. En otras palabras, el “top notch” del jazz mundial para la época.

Influido por el funk y el rock, Davis extrapoló la idea de In A Silent Way dando como resultado este hito discográfico al que, con un superlativo entusiasmo le cantamos “Happy Birthday…”

Bitches Brew: un hito entre el jazz, el rock y la improvisación

Nuestro contacto inicial con el vinilo Bitches Brew es la policromática y estupenda pintura de Mati Klarwein quien, ese mismo año, también pintaba la controversial portada de Abraxas, la segunda huella musical de Santana, prohibida en unos cuantos países.

La obra de Mati es un estimulo a la imaginación que por un rato nos invita a contemplarla y detenernos en finos detalles que honran en parte a la herencia afroamericana en Estados Unidos.

Producido por Teo Macero con Stan Tonkel y Frank Laico tras la consola de Columbia Studio B en Nueva York.

El primero de los cuatro lados del doble álbum es “Pharaoh’s Dance” (Danza del Faraón). Compuesta por Joe Zawinul (Weather Report), esta extensa pieza es un extraordinario despliegue de tonalidades que inicia con la sección rítmica de Dave Holland, Harvey Brooks y Lenny White y un fantasmal Wayne Shorter en torno al piano eléctrico de Zawinul y Larry Young.

Davis irrumpe hacia el 2’32” mientras Holland y Brooks van llevando el ritmo. Davis retorna en el 8’30”. En esta extensa obra está un discreto John McLaughlin.

Miles, totalmente a sus anchas, se mantiene abriendo espacios para la improvisación. La pieza es orgánica lo suficiente como para encontrar rasgos de la llamada psicodelia. Luego hay otro interesante giro en el 15’18” con el bajo y el teclado. La pieza se desarrolla de modo similar a una erupción volcánica, si me permiten esa burda comparación.

El lado B lo ocupa el tema  título. Otro “tour d’force” de 27 minutos, un auténtico reto en tiempos del formato vinilo. Como en toda esta obra, ritmo e improvisación se entraman maravillosa y, a veces, subrepticiamente porque no es fácil escuchar una pieza cuando tienes tres bateristas, dos bajistas, tres pianistas eléctricos y otros dos músicos en la percusión.

A veces con dos alternando en una misma pieza y otras veces hasta tres. Los oídos, en esta obra, están abrumados pero con gusto, sobre todo para aquel melómano distanciado de los gustos calculados y estructurados.

Davis es fascinante y su grandeza esta en reconocer quien va en cual espacio y por cuanto tiempo. Es un arquitecto musical que deja fluir a los instrumentistas con él sosteniéndolo todo, en este caso, junto a Shorter.

El bajo inicia “Bitches Brew” y en el primer minuto percusión, piano eléctrico y trompeta son como unas moléculas a punto de crear una virulenta reacción en cadena. Miles Davis hace de hilo conductor y el incorpóreo sonido se va ensamblando hacia el 3’30”.

Otro interesante aspecto que sentimos acá es cómo los elementos armónicos y rítmicos se van desarrollando al punto que uno se encuentra con frases que nacen más de la improvisación y por ello no acarician nuestros oídos como sí sucede con el llamado “mainstream jazz”. Altamente atractivos.

En 1970 yo tenía tan solo nueve años y el jazz era un término que aún no llegaba a mis oídos. Mi atención estaba más en Deep Purple, The Beatles y The Rolling Stones. Ese año, Davis alternó con la pléyade rockera en Isle of Wight Festival-

Sin embargo, para 1974, ya escuchaba a Ron Carter y Bob James pero, siendo justos, siempre escuché hablar de éste maravilloso álbum. En los 80, Davis ya era de mi interés con el álbum Under Arrest de 1985. Davis era entonces más accesible.

Retornando al segundo tema, hay que prestar atención a lo que ocurre a partir del minuto 17’20”. Davis nos abre todo un mundo. Otro interesante cambio se aprecia en el 22’00” donde el sonido se transforma en algo más calmo o menos agitado.

Antes del abrupto final. Tanto en esta como la primera, el estudio es otro instrumento más, rasgo del cual Bitches Brew es pionero.

El lado C o lado A del segundo LP lo ocupan “Spanish Key” y el tema “John McLaughlin”.

En la primera pieza, Davis y Shorter lideran el camino con un oblicuo aire moruno. “Spanish Key” se desarrolla en 17’29” con un notorio aporte de McLaughlin en la guitarra y en el cual el músico inglés acentúa el elemento rítmico como si fuese un funk. La pieza es más compacta que las anteriores.

Luego, “John McLaughlin”, la otra composición, es menos arriesgada pero igualmente motivadora y es la más breve del disco con 4’26”. Es interesante como se aprecia la separación de sonido para hacer la experiencia más viva, Davis no participa de esta pieza.

El último lado lo llenan “Miles Runs the Voodoo Down” y “Sanctuary”, la última compuesta por Wayne Shorter.

En la primera Miles Davis se regocija tanto como el joven virtuoso McLaughlin. Shorter se incorpora y todo descansa sobre la ondulada rítmica con cada uno demostrando que la música es tan ancha como la mente. Zawinul y Corea acompañan.

Finalmente los últimos 10’59” los ocupa “Sanctuary”, el instante más reflexivo del disco con un Miles Davis menos explosivo que el resto del LP. No es el Miles de la sordina pero tiene sus cálidos momentos. Se aprecia también a Don Alias en las congas dando así un tinte latino.

Bitches Brew ciertamente representa un punto de inflexión desde este lado de la trinchera, el jazz. Músicos como Santana y Jeff Beck lo harían desde el rock pero el álbum que celebramos hoy, tiene una energía de esas que nunca repetirá.

Y es que tener a Chick Corea, Joe Zawinul, Bennie Maupin, Lenny White, Jack DeJohnette, Airto Moreira y otros de igual calibre, no es cosa de todos los días.

Bitches Brew, indudablemente, definió y popularizó ese mote incómodo llamado jazz fusión.

Leonardo Bigott