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25 años de The Bends, modelando la identidad de Radiohead

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Radiohead

El 13 de marzo de 1995 fue publicado el segundo álbum del quinteto inglés, un gran paso adelante en la búsqueda de su sonido distintivo

Radiohead
The Bends
Parlophone / Capitol. 1995. Inglaterra

Hace justo 25 años, el 13 de marzo de 1995, veía la luz The Bends, el segundo disco del quinteto de Oxford, Radiohead, el primer gran punto de inflexión en la fructífera carrera de la banda y uno de los mejores discos de todos los tiempos según una amplia diversidad de encuestas de opinión realizadas durante este siglo.

El año 1995 estuvo plagado de grandes discos, piedras angulares en la trayectoria de sus autores. Una lista breve, solo en Gran Bretaña, debe necesariamente incluir a Pulp, Blur, Tricky, Supergrass, Tindersticks, David Bowie, Seefeel, Oasis, Julian Cope, The Chemical Brothers, Leftfield, PJ Harvey, Porcupine Tree, Aphex Twin, The Verve y Radiohead.

Apenas dos años antes Radiohead había tenido un éxito planetario con el tema “Creep” (incluido en el debut Pablo Honey, 1993), así como varias extensas giras que dejaron exhaustos a los cinco integrantes: Jonny Greenwood (guitarra, teclados, arreglos de cuerda), Colin Greenwood (bajo), Ed O’Brien (guitarras, coros), Phil Selway (batería) y Thom Yorke (voz, guitarra, piano, ilustraciones y diseño).

La efervescencia del sonido grunge hizo que muchos asociaran su sonido inicial con el proveniente de Seattle, cosa que estaba muy lejos de lo que realmente pretendían. Más cerca en Oxfordshire tenían a Ride y Slowdive, bandas abanderadas del sonido shoegaze. Quedaba claro que aún la propuesta de Radiohead necesitaba pulirse.

Modelando el sonido “Radiohead”

Todo comenzó a cambiar cuando en 1994 graban el EP, My Iron Lung, con el que criticaban lo que habían vivido durante las giras de Pablo Honey. La disquera (EMI/Parlophone) quería, sin embargo, seguir explotando la estética grunge.

En apenas dos años el grupo cambió. Greenwood pasó semanas probando guitarras, efectos y amplificadores buscando un sonido distintivo. Yorke comenzó a escribir letras más crípticas, mientras el resto de la banda ensayaba las nuevas canciones una y otra vez.

El legendario productor John Leckie logró que The Bends saliera redondo, con la ayuda del ingeniero Nigel Godrich, quien a partir del siguiente disco (Ok Computer, 1997) se convertiría en el productor y pieza clave hasta el presente.

The Bends: una docena de joyas

The Bends arrojó cinco singles, el primero de ellos lanzado previamente (“My Iron Lung”), tema que, sin duda, funge como visagra entre el cercano pasado y el futuro.

Siguieron “High and Dry”, “Fake Plastic Trees”, “Just” y “Street Spirit (Fade Out)”, temas de alto impacto que convirtieron al grupo en favorito de muchos, aunque todavía no en un éxito comercial masivo.

El primero de ellos, un maravilloso tema de aroma acústico e inolvidable falseto de Yorke en el coro; el segundo, probablemente uno de los mejores temas del quinteto, también con presencia central de guitarras acústicas, anunciaba la insuperable melancolía de Ok Computer; la tercera, un tema guitarrero con ciertas inflexiones psicodélicas; el cuarto, un envolvente tema con magníficos arreglos de guitarras y una de esas interpretaciones vocales que desde entonces han sido marca indiscutible de Yorke

Esas cinco canciones le dieron una solidez increíble al disco, distanciándolo de Pablo Honey. Pero había mucho más.

La psicodélica y densa “Planet Telex” abre el disco de forma brillante. Fue parte también del single “High and Dry”, pero recibió menos difusión.

La pieza que da nombre al disco es, paradójicamente, de las menos populares. Escuchada 25 años después suena cercana a la avalancha de grupos guitarreros del britpop de los 90. En “Bones” destaca la poderosa línea de bajo de Colin, destacando entre las guitarras de Jonny y Ed. Quizá sea el tema más convencional del disco.

(Nice Dream)” es uno de esos temas “outsiders” que se cuela raudo por oídos y se instala en uno. Tema subestimado casi siempre que cuenta con guitarrazos de primera.

La nostálgica y casi fantasmal “Bullet Proof..I Wish I Was” se revela como una de las mejores. Es seguida por “Black Star”, un midtempo épico que empieza con un extraño fade in, la cual da paso a “Sulk”, construída sobre una sutil y casi jazzeda base rítmica, rota por las incendiarias guitarras en el tramo final.

El álbum estuvo 160 semanas en las listas británicas y apenas llegó al puesto 88 en Norteamérica. Con los años se ha convertido en un clásico, siendo apreciado cada vez más, desplazando en algunos casos a Ok Computer, que siempre ha sido el consentido de la gran mayoría entre los varios discos imprescindibles que ha aportado Radiohead al rock.

Aquel año 1995 giraron por Estados Unidos con R.E.M. y eso sirvió para ayudar a cambiar la percepción sobre su música y para convertirse en el grupo favorito de otros grupos y músicos.

Sin The Bends y la forma de cantar de Yorke en semi-falsetto, probablemente no existirían Travis, Coldplay, Keane, Starsailor o James Blunt.

Luego de establecer este trademark, la banda se movería hacia terrenos más experimentales, creando nuevos paradigmas y generando otra camada de bandas influenciadas por Kid A (2000), Amnesiac (2001), Hail to the Thief (2003), In Rainbows (2007), The King of Limbs (2011) y A Moon Shaped Pool (2016)

En 2006 el semanario NME organizó una encuesta entre 40 mil personas alrededor del mundo para que votaran por los 100 mejores discos y The Bends ocupó el décimo puesto. Antes, en el 2000, apareció de segundo detrás de Revolver de The Beatles en la lista de los mejores 1000 discos según Virgin.

El reconocible arte de portada de Stanley Donwood (con quien han trabajado desde entonces) se basó en “la expresión” facial de un maniquí de pruebas de resucitación cardiorespiratorias, tal como “un androide descubriendo por primera vez las sensaciones de éxtasis y agonía en simultáneo”, en sus palabras.

A 25 años de su lanzamiento, su importancia sigue siendo capital y su relevancia aún mayor. Radiohead le debe mucho a The Bends. Y nosotros también.

Juan Carlos Ballesta