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Laughing Stock: la excepcional obra maestra final de Talk Talk

Talk Talk Laughing Stock

El 16 de septiembre de 1991 la agrupación inglesa liderada por Mark Hollis editó su magistral e influyente último disco

Talk Talk
Laughing Stock

Verve/Polydor. 1991. Inglaterra

Pocos discos en la historia de la música popular revisten tanta importancia y han sido tan influyentes y a la vez desconcertantes como Laughing Stock, el quinto y último disco de la agrupación británica Talk Talk, al mando del taciturno y genial compositor, cantante y multiinstrumentista Mark Hollis.

El grupo había avisado de su espíritu aventurero y libre en 1988 con el fenomenal Spirit of Eden, un disco a años luz de lo que había sido Talk Talk en su primera época enmarcada dentro del synth pop con los discos The Party’s Over (1982) y It’s My Life (1984).

A decir verdad, Talk Talk siempre fue una rara avis, un grupo distinto, aún a pesar de ser parte de aquella ola synth pop. Su sonido y sobre todo su actitud estaba lejos del resto, aunque Lee Harris usara la misma batería electrónica que deslumbró a otros grupos.

El bajo de Paul Webb, la forma de cantar de Hollis -con alto grado de melancolía- y los teclados del productor Tim Friese-Greene, siempre apuntaron a otra liga.

Solo era cuestión de tiempo para que Hollis y compañía se deslindaran de todo lo que les rodeaba en una década en la que la imagen -gracias al nuevo recurso de mercadeo: el videoclip- se apoderó de los grupos y las discográficas.

Tras el abandono del bajista Paul Webb, el núcleo creativo quedó reducido a Hollis y Harris, ganando protagonismo Freese-Greene. El grupo había roto en malos términos con EMI y firmado un contrato con el famoso sello de jazz Verve.

Con el ingeniero Phil Brown al mando, las sesiones de grabación se realizaron en Wessex Studios en Londres, entre los meses de septiembre de 1990 y abril de 1991.

El perfeccionismo de Hollis, como en el disco anterior, fue la directriz de unas sesiones que involucraron a varios músicos que hicieron aportes extraordinarios, muy en especial Mark Felthman en la armónica, Henry Lowther en la trompeta y fliscorno, David White en el clarinete bajo, Martin Ditcham en la percusión, y los contrabajistas Simon Edwards y Ernest Mothle.

Grabado casi en total oscuridad, los seis temas reflejan ese ambiente en el que los músicos, sin presión, fueron improvisando sobre las directrices de Hollis.

Gran parte del mérito del resultado final es de Phil Brown, quien junto al meticuloso Hollis, escogió el mejor micrófono (luego de probar varios), que resultó ser el Telefunken U47, un micrófono de condensador de válvula con diafragma largo, fabricado por Georg Neumann GmbH entre los años 1949 y 1965.

Utilizando equipos digitales y análogos para grabar los tracks básicos, Brown y Hollis luego agregaron más pistas de instrumentos, loops, samples, ecos y otros efectos, desechando al final el 80% de lo grabado, buena parte de lo cual fueron improvisaciones.

Surge la gran pregunta: ¿Fue conservado ese material que nunca ha visto la luz o el Hollis lo destruyó?

La ilustración de la portada realizada por el habitual James Marsh muestra un árbol repleto de aves con las ramas redondeadas, con elegante diseño de arte de Russell Uttley. Hollis quiso que el arte estuviera relacionado con el de Spirit of Eden, dado que musicalmente hay un hilo conductor notable.

La fantasmal guitarra, acompañada por la minimalista batería y la nocturna trompeta, van acompañando la voz de Hollis en un comienzo que sin duda desarma. Es la declaración de principios de Talk Talk en “Myrrhman”, que anuncia sin ambages que estamos ante un disco alejado de lo convencional, cercano a la música paisajista de David Sylvian y ciertos discos del sello ECM.

Ese comienzo sosegado tiene en la hipnótica “Ascension Day” la perfecta continuación. Es la jazzeada batería multitímbrica de Lee Harris -con un sonido metálico del redoblante que suena como si lo tuviéramos al lado- la que conduce la pieza.

Mientras, al fondo el órgano de Friese-Greene sirve de colchón y los dosificados latigazos de Hollis con la guitarra se alternan con delicados arpegios.

La pieza termina de manera abrupta y da paso a “After the Flood”, tema de espíritu lánguido construido sobre una base rítmica repetitiva e hipnótica y que a medida que se desarrolla incorpora capas de órgano, guitarra y ténues vientos, hasta que comienza un largo desvanecimiento que nos deja flotando

Aunque en 1991 ya el CD se había apoderado del protagonismo como nuevo formato de audio, el LP aún tenía espacio. Las anteriores tres piezas conforman el lado A.

En la versión en CD, sin embargo, quizá para establecer diferencias entre formatos, “After the Flood” se fusionaba con “Taphead”, la primera pieza del lado B.

Es “Taphead” otra de las maravillas de espíritu espectral con especial contribución de Lowther en el fliscorno, Ditchman en la minimalista percusión, la armónica procesada de Feltham y la sigilosa base rítmica en la segunda mitad.

Cuando hace su aparición “New Grass” ya el disco nos ha atrapado sin remedio. Con otro ritmo en el que los platillos -en especial el “ride” probablemente de 26 pulgadas- se erigen protagonistas, Hollis va desgranando una corta y poética letra de amor, que en buena parte del desarrollo cede protagonismo a los instrumentos.

Cierra el disco “Runeii”, una especie de blues llevado al mínimo de velocidad y que quizá haya podido tener alguna influencia de The Trinity Session de Cowboy Junkies.

Hollis arrastra su voz, deja salir cada palabra con sosiego, mientras guitarra y órgano establecen una especie de tímido coqueteo.

De una forma similar a como comenzó el disco, concluye. El efecto lisérgico y balsámico es inconmensurable

¿Hay algún disco como Laughing Stock? Seguramente no. Discos así son producto de muchos factores, pero sobre todo de un genio casi obsesionado por llevar a un disco sus ideas fuera de toda convención.

Buena parte del llamado post rock que seguiría en los años 90 le debe casi todo a esta obra en la que el sonido expansivo y el silencio son parte crucial. Así, en mayor o menor grado, grupos como Bark Psychosis, Insides, Spoonfed Hybrid, Tortoise, Seefeel, Slowdive, O.Rang (el proyecto de Harris y Webb) y ya en el siglo 21, Bon Iver, Elbow, Radiohead y muchos más, tienen una deuda impagable con Talk Talk, vale decir, con Mark Hollis.

Luego de su publicación se produjo un desesperante silencio que apartó a Hollis de los focos y luego del cual solo su único disco solista de 1998 nos permitió disfrutar de su increíble talento por una última vez.

Su muerte en 2019 nos privó de la ilusión de disfrutar de alguna nueva obra surgida de su desbordante imaginación.

Juan Carlos Ballesta


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