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Los Oyentes de Antonio López Ortega: una novela de amistades atadas por el rock progresivo

Los Oyentes de Antonio Lopez Ortega
Portada de Waleska Belisario

El escritor, editor y promotor cultural venezolano ha dado forma a una inusual y atractiva novela en que las historias de sus personajes giran alrededor de su afición por el rock progresivo en un otrora pujante país

Antonio López Ortega
Los Oyentes

Editorial Pre-textos, Octubre 2023

Antonio López Ortega (1957) es un personaje ligado a la cultura que resulta muy familiar para muchos, aunque no necesariamente conozcan bien su obra.

Yo confieso que antes de esta novela conocía sólo unos pocos cuentos suyos, aunque su actividad como entrevistador, editor y promotor cultural sí me resulta conocida.

López Ortega ha tenido una presencia frecuente en las letras venezolanas desde hace varias décadas. Recuerdo un programa de televisión con entrevistas a escritores que él conducía en los años 80-90, también que fue por varios años director de la Fundación Bigott, dedicada al apoyo a la cultura popular venezolana, y más recientemente he visto que varios de sus libros han sido publicados por editoriales españolas.

Una muy reciente y voluminosa antología de la poesía venezolana publicada por la editorial Pretextos lo tuvo a él como uno de los editores, y ha estado involucrado también en proyectos de publicación de la obra completa individual de varios poetas venezolanos fundamentales.

Siempre lo veo figurar en coloquios y charlas donde se promueve la literatura venezolana. Al lado de estas actividades en el campo literario, he llegado a saber que es un gran fanático del rock progresivo, y de hecho su avatar en twitter (X) es el logo de Yes (la banda), cosa que siempre me ha parecido muy curiosa.

Antonio López Ortega
Foto: Angela Bonadies

Pues bien, el hombre se acaba de mandar una novela de 800 páginas donde el protagonismo lo lleva precisamente el rock progresivo (rock sinfónico, art rock, o como quieran llamarle, aunque cada una de estas denominaciones tiene sus defensores y detractores).

Leyeron bien. Un escritor venezolano nacido a finales de los 50, cuyos años adolescentes transcurrieron por lo tanto entre 1969 y 1975, flechado para siempre (imagina uno) por la música rock que se hizo durante y alrededor de esos años, y específicamente por una de sus vertientes, que fue toda esa música hecha por bandas como King Crimson, Yes, Genesis, Pink Floyd, Jethro Tull, Renaissance, Camel, Gentle Giant, Van der Graaf Generator, Curved Air y pare de contar, ha decidido tomar el toro por los cuernos y escribir una novela para recrear todo lo que representó esa maravillosa época de la historia del rock para un pequeño grupo de oyentes sudamericanos, concretamente ubicados en Caracas.

(Nota: en Ladosis encuentran decenas de reseñas y reportajes dedicados a estas bandas)




López Ortega ha creado así unos personajes -ficticios o no- que le permiten hablar de las amistades surgidas en la secundaria al calor de esa música, y luego desde allí continuar el relato de esos personajes en su vida adulta, por lo menos la temprana vida adulta, porque la novela no se propuso hurgar en los años de la adultez tardía de esos personajes.

A propósito de esto último, la novela está dividida en tres partes: ANTES, ENTRE y DESPUÉS. En el libro se les llama lados: lado A, lado B y lado C, para hacerle un guiño a la estructura de los vinilos o LPs.

El lado A corresponde a la etapa del liceo (lo que en España sería la ESO), el B a la etapa después del liceo en la que los personajes están terminando su formación y su “educación sentimental” (¿termina ésta alguna vez?) bien sea en Venezuela o en el exterior, y el lado C corresponde a la etapa adulta, donde estos jóvenes ya van definiendo lo que quieren hacer con sus vidas.

Hay pocos discos de tres lados, tres lados es más que un disco sencillo y menos que uno doble, quién sabe si esta organización del libro quiere sugerir que a sus personajes, jóvenes aún en el momento en que se detiene la novela, todavía les falta el lado D, el correspondiente al último tramo de sus vidas, que es el que vendría a transcurrir en ese salto al vacío que ha sido el siglo 21 venezolano.

A nadie puede extrañar la elección del tema de esta novela: historias paralelas a las de estos personajes podrían haber sido escritas por un narrador holandés, o uno italiano, o uno argentino, o uno mexicano: el rock producido en esos años -y por supuesto en años anteriores- tuvo eco en los rincones más apartados del mundo, llegó a ser y sigue siendo un fenómeno verdaderamente planetario.

Los rituales de los que compramos nuestros primeros discos de rock a finales de los 60 o durante los 70, hayamos estado en Caracas o en Buenos Aires o en Madrid o en Ciudad de México o en Sao Paulo o en Roma o en Seattle, debieron de ser bastante parecidos: la escucha casual en la radio de una canción inusual, el seguimiento que empezamos a hacer a ciertas emisoras y en ellas a ciertos locutores iluminados que ponían canciones o álbumes enteros que estaban fuera de lo  convencional, el acto de visitar nuestras primeras tiendas de discos, de revolver cientos de vinilos (una gloria antes y ahora, que lo diga Elton John, eterno buceador de discos incluso hoy día), de contar las monedas para comprar nuestros primeros discos con dinero propio, el acto de llevarlos a casa como invalorables trofeos, ponerlos en el plato, devorar las carátulas y las letras, escucharlos sin parar, luego compartirlos en tardes de sábados con los amigos o un día tener el privilegio de visitar a un gurú de la ciudad donde vivíamos -el amigo de un amigo, o el hermano mayor de un compañero- que parecía tener todos los discos habidos y por haber, la lectura de revistas musicales…fueron esas unas costumbres que se nos volvieron entrañables y nos marcaron para siempre, fuéramos japoneses o latinoamericanos

A algunos esos “vicios” nos siguieron acompañando toda la vida y nunca pudimos sacudírnoslos, y allí han seguido subterráneamente, invisibles quizás para la mayoría de las personas que nos rodean, sólo adivinables para ciertos poseídos que padecen el mismo mal, con los cuales, si hemos tenido suerte, hemos formado clan y seguimos yendo a conciertos o compartiendo en redes sociales sobre discos y afines.




En la novela se le rinde un merecido tributo a uno de esos locutores, el venezolano Iván Loscher, quien gracias a los programas de radio que hizo por varias décadas contribuyó enormemente a nutrir la cultura musical de varias generaciones de escuchas en el repertorio de la música menos comercial y más experimental.

Antonio Lopez Ortega
Presentación de Los Oyentes en la Librería El Buscón en Caracas. Cortesía @elbuscon1

De manera que esta es una novela poco común donde el lector encontrará referencias, entre muchas otras, a canciones como (tomen nota): “The Moon is Down” (Gentle Giant), “Metamorphosis” (Curved Air), “Prince Rupert Awakes” y “Larks’ Tongues in Aspic” (King Crimson),  “Ice” (Camel), “Wond’ring Aloud” (Jethro Tull), “The Sleepwalkers” (Van der Graaf Generator), “Black Napkins” (Zappa, curiosamente como detonante de una escena erótica), y por supuesto toda una variedad de canciones de Yes y Genesis, bandas que están representadas generosamente.

La canción que pone a rodar la novela es precisamente una de Yes, el lector descubrirá eso muy tempranamente.

Lo dicho: esta es una novela que va sobre música, que va sobre melómanos, pero sobre todo va sobre amigos y amigas, de esos que se hacen a temprana edad y luego se quedan con uno para toda la vida, a veces de cerca, a veces de lejos, y sobre los que es imposible no sentir, como lector, cierta afinidad porque se parecen a uno mismo o a seres con los que uno se ha topado en la vida.

Son doce personajes centrales (“Los Doce del Patíbulo”), chicos y chicas y luego hombres y mujeres, cuya vida vemos desplegarse desde que son estudiantes de liceo hasta años después de graduarse en la universidad, bien sea en Venezuela o en diferentes lugares de Europa, representantes de una generación de venezolanos que tuvieron la fortuna de procurarse estudios en el exterior o en universidades públicas venezolanas en una época privilegiada para éstas en la que había una pujanza material pero también anímica, una voluntad de emprender iniciativas: culturales, comerciales, y de muchos otros tipos. Algo de esto se ve en la novela.

El libro tiene una escritura pulcra, esmerada, rozando en muchas ocasiones los territorios del poema en prosa, bien cuando se invocan las sugerencias que despierta una pieza musical o cuando se describen las emociones de los personajes en ciertos momentos cruciales.

Bernardo, uno de los personajes (alter ego de López Ortega), con aspiraciones juveniles de ser el émulo local de Peter Sinfield, es el narrador, pero la voz la toma en ocasiones un narrador omnisciente -sin duda, faltaba más!, en la recreación de las muchas escenas íntimas que pululan en la novela-, o en otros momentos los propios personajes se expresan con su propia voz, en monólogos que pueden recordar los que hemos encontrado en otras novelas (viene a la memoria la novela “Las Olas” de Virginia Woolf, por citar un ejemplo), o en otros más se expresan a través de cartas, y así.

Es una novela de variados recursos. Uno de ellos es intercalar notas que en principio aparecen con el nombre de Cuadernillo, luego con el nombre de Insights, y luego con el nombre de Embrionario.

Son pasajes en los que se hace un alto en el relato de las peripecias de los personajes para incluir comentarios sobre canciones, o sobre discos completos, o sobre bandas, en muchos casos iluminadores sobre el contenido de una letra o el sentido (posible) de un solo de guitarra en el contexto de una determinada pieza.




Las notas son variopintas, pueden ir desde una canción de Curved Air a una de Gentle Giant a una de Zappa a una de Genesis, y dan una pista sobre lo que debieron ser los primeros ladrillos sobre los que luego se construyó el edificio de la novela.

Hay unas que aprecié muchísimo, que son esas donde se ofrecen traducciones libres en prosa de varias canciones. Recuerdo las de “Get´em Out by Friday” y “The Fountain of Salmacis” (Genesis), “Inca Roads” (Zappa), “Invincible” (Tool), “Arriving Somewhere But Not Here” (Porcupine Tree), “The Letters” (King Crimson), entre otras.

Se han escrito novelas o cuentos que giran alrededor del bolero latinoamericano, del tango, del jazz (viene a la memoria el célebre cuento “El Perseguidor”, de Julio Cortázar, y me dicen también que va sobre jazz la novela “Invierno en Lisboa” de Antonio Muñoz Molina); historias que se revuelvan alrededor del rock seguramente se han escrito unas cuantas, pero se me escapa si he sabido de alguna que se adentre en las profundidades topográficas del progresivo, por decirlo de alguna manera. Esta es esa novela.

No va sobre música solamente, por fortuna, no hay que ser un fan del rock progresivo para apreciarla (aunque hay que admitir que si lo eres eso te ayudará a digerir el contenido, qué digo digerir, eso te abrirá las puertas para disfrutar muchísimas intuiciones que están sembradas a lo largo de todo el libro), lo esencial de la novela va sobre la amistad, sobre los primeros amores, los segundos y los terceros, sobre los desamores, sobre dichas y desdichas, encuentros y despedidas, en fin, sobre las vueltas que da la vida hasta que cada quien va descubriendo su verdadero rostro.

Una educación sentimental, para volver a usar la frase, donde el fervor por una música que floreció y tuvo su auge en unos breves años del siglo 20 (aunque es claro que esa música llegó para quedarse, no sólo en las mentes y corazones de sus fieles adeptos, sino en el vasto enjambre de bandas jóvenes, maduras y viejas que hoy en día siguen activas, desde Oslo hasta Buenos Aires, desde Caracas hasta Tokyo, cultivando este género musical) fue y continuó siendo parte fundamental, no sólo de la vida de los seres que habitan esta novela, sino probablemente de la vida de los lectores que se sentirán atraídos a escudriñar sus páginas.

Daniel Méndez

Vancouver, enero de 2024

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