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The Argument de Fugazi: canción de cisne en clave post-hardcore

Fugazi The Argument

El 16 de octubre de 2001 la emblemática banda de post-hardcore de Washington D.C., publicó su brutal sexto y hasta ahora último disco

Fugazi
The Argument

Dischord. 2001. EE.UU.

Para el momento en que The Argument vio la luz Fugazi lo había sobrevivido todo. Leí algo sobre Ian MacKaye -guitarra, voz, mente fundacional de la banda y figura esencialísima del hardcore punk y post-hardcore de Washington D.C. (y de todo el panorama estadounidense)- confesando su sentimiento de sobrecogimiento, algo entre admiración y apabullamiento, cuando esa supernova alternativa llamada Nevermind impactó los cimientos de industria y mercado musicales, allá por 1991.

Lo que había logrado Nirvana le hacía sentir -a él y a su banda- como un jugador de las ligas estudiantiles, algo que ni en sus sueños más arrebatados podía ser posible. Cómo no sentirse tan emocionado como sepultado ante un éxito tan telúrico.

Pero pasaron muchas otras cosas en esa década, no sólo el grunge, su ascenso dramático y su caída fuera de la gracia del mainstream, sino además el renacer momentáneo de Inglaterra como faro del pop mundial, el advenimiento de la electrónica reclamando un justo lugar como género popular y la conquista del planeta por parte de las boys bands, cuya era dorada estaba a punto de ocaso -si bien en ese momento parecía que iba a durar para siempre, hablando con toda franqueza.

De todo esto había quedado una gran resaca cultural -al menos en lo musical- residuo de la gran borrachera musical de los 90, cuando se hizo “de todo” -al menos así lo recuerdan muchos. Se sentía como si se hubiera pasado por una tormenta de sensaciones, emociones y sonidos, de escenas musicales grandes y totales, con muchos episodios orgiásticos de todos con todos, y ahora el panorama lucía un tanto disipado.

Todo parecía tímido o incierto, dubitativo, nada con el carácter absoluto de los hitos de los diez años anteriores.




Estamos hablando ya de 2001, un año en el que, si revisas lo que fueron los “Best of the Year Albums”, no estaba nada claro hacia dónde pensaba ir la música del nuevo milenio. Tenías el This is It, de los Strokes por acá, mostrándonos de modo desvergonzado las posibilidades pop -y comercialmente exitosas- del sonido de The Velvet Underground; en otro lado el debut de ese vehículo de reencarnación y rejuvenecimiento perpetuo de Damon Albarn llamado Gorillaz, y más allá a Daft Punk reverenciando al sonido house en Discovery bajo una estética retro-disco-fantástica.

Por otro lado se asomaban un Stephen Malkmus post-Pavement y The Shins -el primero en su debut solista y los segundos con Oh, Inverted World– vaticinándonos el gran momento por venir del Indie y en otra esquina, Jay-Z con su The Blueprint estableciendo de modo incuestionable al soul, la cultura del sample y a Kanye West (productor de varios temas de aquel álbum) como elementos sine qua non (entiéndase, esencialísimos) de todo hip-hop futuro; pero eso no lo sabíamos de cierto en aquel entonces, y es que lo que compartían todos estos discazos es el hecho de que ninguno apareció al abrigo de algún movimiento o escena dominante particular, porque no los había.

The Argument pertenece a este grupo de discos huérfanos, álbumes a los que les tocó la tarea de señalar posibles caminos, de mantener nuestro ánimo en alto y recordarnos que las escenas van y vienen, y que los estilos y los géneros son sólo encarnaciones transitorias de algo más grande: la música, como expresión, como placer, arte, diversión o lo que sea que quiera uno interpretar de ella…

Fugazi, con sus 14 años a cuestas, ya eran veteranos en toda regla, forjados en las ochentosos días finales de la Guerra Fría, pero con una determinación y furia que aún transpiraban aire caliente. Altamente radicalizados en lo político desde su nacimiento, sentían vehementemente que aún tenían mucho que escupir, y este álbum les dio razón.

No sólo se habían mantenido intensamente activos y frescos durante los 90, sino que con el correr de los años su espíritu innovador -uno de sus rasgos más persistentes- se había vuelto más vigoroso y atrevido.

Sí, experimentar siempre ha sido un arma de doble filo en la música popular; ser ecléctico porque sí o meter de todo en una especie de licuadora sonora sin medir ingredientes o saber qué te quieres tomar es algo que pasa mucho, y MacKaye, Guy Picciotto, Joe Lally y Brendan Canty, cargaban, desde el mismo momento que dieron luz a Repeater (1990), con la expectativa de ser los consolidadores de un género que mueve lealtades masivas y a ratos bastante puristas, pero al parecer la banda siempre tuvo claro lo que quería y cómo lo quería.




Fugazi fue y sigue siendo -nunca hubo una disolución oficial- un proyecto consagrado en cuerpo y alma al espíritu más puro y elevado del DIY (Do It Yourself), con una interpretación monolíticamente combativa de la ética y la integridad, enemigos sempiternos de esa medusa de infinitas cabezas llamada INDUSTRIA y quizás por todo esto siempre han obrado por afuera de sus egos, movidos por una lealtad absoluta a su credo de independencia y honestidad y nunca azuzados por la necesidad de probarle a nadie qué tan vigentes o creativos podrían ser -ni siquiera a ellos mismos.

Así las cosas, la banda se abocó al proyecto de un nuevo disco allá por 1999, y luego de dos años de preparación se encontraron en su rincón de preferencia para estos asuntos, el Inner Ear Studio, en Arlington, Virginia, templo de grabación de varios referentes duros de la escena de Washington D.C. como Bad Brains o Scream, y volviendo a contar en la producción con la bendición de Don Zientara, fundador del lugar.

Los miembros llegaron con muchísimo material e ideas y con músicos e instrumentos invitados de todo tipo (Jerry Busher como baterista adicional, Kathi Wilcox de las Bikini Kills, profetas sagradas de la movida riot grrl, y Bridget Cross, de los alternativos Unrest, haciendo voces de fondo, así como Amy Domingues, música versada en la viola de gamba y el violonchelo, proveyendo la atmósfera penumbrosa e inminente de varios de los temas).

La cosa pintaba como una especie de gran mini-celebración post-hardcore a puertas abiertas para el que quisiera anotarse, si se permite una expresión tan frívola para los estándares de compromiso, tanto musical como político, de la banda, y el resultado, que no se hizo esperar mucho, resultó ser tan mitológico y atrevido como sugieren estos detalles.

Así, llegaba a su final ese año turbulentísimo que fue el 2001, marcado por la caída de las torres gemelas en Nueva York, y por ende, el colapso estrepitoso de todo lo que dábamos por seguro, cuando The Argument hizo su aparición oficial; uno de los primeros álbumes relevantes de ese nuevo mundo en el que el cinismo parecía haberle ganado a la esperanza y del que no habría vuelta atrás.

En este sentido, el disco fue para muchos una especie de bálsamo liberador, lo que hacía falta para ese instante descreído y desconcertante en el que Estados Unidos, apoyado por un planeta horrorizado ante lo ocurrido semanas atrás, se embarcaba en el primer gran episodio bélico del siglo 21: un álbum con conciencia.

Y si bien puede argumentarse que el significado político de aquella canción de cisne de la banda fue circunstancial y que las luchas de la actualidad hipersaturada de redes sociales y movimientos cancelatorios son de una naturaleza completamente distinta, The Argument no es sólo un disco que merece reconocimiento, sino que de hecho puede ser disfrutado en toda plenitud sin apelar a su contexto histórico e incluso prescindiéndose de las clásicas posiciones políticas de una banda tan de siempre contestataria y antisistema como Fugazi.




Dicho sea de paso, algunas de las consignas de la banda, como el obsceno individualismo de algunas facetas del capitalismo, la alienación en las súper-tecnificadas sociedades contemporáneas o la necesidad de reafirmarnos ante el mundo, entre otras, siguen y seguiran siendo causas que a muchos tocarán siempre en lo personal; como dijo alguien en alguna película que no mencionaré, hay “cosas que siempre hay que decir” -para evitar que el mundo se convierta en un lugar irredentamente impío-, pero no tienes que apelar a códigos ideológicos para dejarte conquistar por este trabajo que por encima de todo, es una aventura fascinante de descubrimiento musical.

La verdad, aunque se hable de Repeater como un debut lleno de crudeza y abrasividad en dosis más que generosas, siempre he sentido que desde sus mismos inicios Fugazi le ponía tanta o más dedicación y cariño al trabajo de construcción musical que a su agenda de principios.

Incluso en sus primeros sencillos como “And The Same”, de su EP Margin Walker (1989) y uno de mis temas favoritos de la banda desde siempre, puede saborearse una debilidad viva y palpitante por lo intrincado, por las posibilidades de las guitarras para crear nuevos espacios de distorsión, micromundos sónicos que relampaguean acá y allá al escucharlos, y no pasó mucho para que estos anhelos imaginativos cuajaran en cada uno de los siguientes trabajos de la banda.

Lo maravilloso es que aún conociendo esto, cuando le entramos al disco y escuchamos, luego de un intro perturbador que entrelaza una línea de violonchelo con grabaciones de radio saturadas de estática, la “nota” disonante y venenosa con que arranca “Cashout” y los primeros golpes de su beat serpenteante, quedamos atrapados al segundo, como si se tratara de la primera vez que escuchamos a estos tipos y nos diésemos cuenta de que no son “la típica banda de ‘rock’” -o hardcore.

El tema es como una mini-sinfonía punk, con voces que parecen contarnos un secreto inconfesable, pausas que casi desembocan en un silencio total, líneas descendentes de bajo, gritos repentinos en modo estallido y guitarras filosas que hacia el final parecen querer lacerarnos sin piedad cada músculo de nuestra integridad física.

El tema echa una mirada cruda a la práctica de los desalojos, quizás profetizando el futuro crash inmobiliario a pocos años de distancia en el futuro, pero si bien muchos pueden perderse esta narrativa, la sensación de amenaza que proyecta la música ya se nos ha metido por los poros propinándonos el primer gran sacudón del disco, y digo sacudón en términos casi literales, pues el ritmo es tan meticulosamente pulsante que casi tienes que hacer un esfuerzo consciente para no mover tu cuerpo como en un estado de sobrecarga compulsiva al escucharlo.

Los temas que componen el álbum tienen todos esta naturaleza directa, vivencial, increíblemente inmediata. Hay instantes como en “The Kill”, en que la experiencia se vuelca hacia adentro de nosotros, como tratando de abrirse paso en nuestro mundo interior y preparándonos para alguna batalla del alma, llevados por guitarras que se deslizan como neblina en la noche, con silbidos de ecos fantasmagóricos y sonidos de respiración, sirviendo de vehículo para plantearnos un cuestionamiento sobre nuestro papel ante las instituciones de patria y nación, los constructos de raza y familia, y que nos hace preguntarnos dónde demonios está nuestra identidad.

Una verdadera travesía introspectiva.




Strangelight” pertenece al mismo universo, alternando entre lo etéreo y lo impactante, llevándonos sobre punteos de guitarra que arrancan desde lo ambiguo hasta momentos de contundencia rítmica, haciéndonos sentir en un instante que nos diluimos en un sueño y al siguiente que somos aplastados por un muro de sonido (no confundir con el Wall of Sound de Phil Spector, por favor).

Todo esto “suena” en papel, como si hablara de uno de esos trabajos “abarcalotodo”, maximalistas, al estilo del Mellon Collie and The Infinite Sadness (1995), de Los Smashing Punkins o el Boarding House Reach (2018), de Jack White, álbumes que aspiran a hacerlo confluir todo de manera colosal y visible, como si los géneros o las fórmulas musicales fueran asteroides en un campo denso, precipitándose unos sobre otros, colisionando y produciendo todo tipo de estallidos y acumulamientos, pero en The Argument todo acontece como llevado por un flujo cuya dimensión se expande y expande, sutil y hasta afablemente, permitiendo a los instrumentos respirar con amplitud y jugar, ejecutar todo tipo de ocurrencias, sin que el espacio se vuelva sofocante, sin que la excentricidad logre robarle el control a la banda, y más asombroso aún, sin que el pulso decidido del torrente deje de sentirse.

Puedes deleitarte en uno u otro segundo ante algún detalle ingenioso en la música de The Argument sin que esto te descoloque del modo apremiante y decidido de todo el disco como concepto, como alegato, como música nutrida por la pasión.

Permitámonos ser arbitrarios y escojamos apenas un tema que atestigue lo dicho: “Life and Limb”, una canción de vocación activista como sólo Fugazi podía haber compuesto, que parece aludir a la violencia en manifestaciones múltiples: en la sociedad, dentro de uno mismo, como forma de represión, resentimiento u opresión.

Un tema urgente que se te mete en las entrañas de modo intoxicante, clavándonos sus garras sonoras desde su primer acorde -un arpegio en clave de surf-rock- y arrastrándonos hacia todo tipo de cosas: punteos de guitarras entrelazados que parecen estar en estado de persecución mutua, una percusión tan fluída como desafiante, juegos vocales sinuosos, pausas inesperadas, un pequeño puente musical interpelante… y esos detalles en las transiciones de batería entre compás y compás, el tipo de pequeños guiños que vas descubriendo en repetidas escuchas.

Todo esto aparece, tanto acá como en el resto del disco, ensamblado de un modo absolutamente orgánico, refrendado por las voces de un MacKaye y un Picciotto en estado melódico inusual, y discurriendo con la desenvoltura vital de un viento veraniego, cálido, potente y refrescante, sin trabas, sin momentos dubitativos.

La banda parece encontrar en este disco un raro sentido de elegancia en bruto que asimilamos a un nivel casi inconsciente, casi sin darnos cuenta, que hace que la música baile de un modo estilizado pero sin opacar su contundente ferocidad, y que a ratos ebulle con la misma rabia diligente de los primeros días de la agrupación en temas como “Full Disclosure”, con sus frenéticas y ásperas guitarras vibrando a punto de desbordamiento masivo o en la gloriosa -no hay mejor palabra para describirla- “Epic Problem”, otras de mis piezas favoritas de toda la discografía de Fugazi.




Si me preguntan, el tema es un comentario urgente que expone una especie de gran lucha interior; la lucha por mantenernos cuerdos, por no dejarnos succionar por nuestros abismos internos, frente a una realidad indiferente, estructurada en torno a relaciones interpersonales artificiales y prefrabricadas…. o eso creo.

Musicalmente la cosa es más inobjetable: batería imperativa, sonidos en estado de acumulación creciente que estallan en un desenlace de acordes y melodía absolutamente epopéyicos. Un tema de presencia titánica, que nos impele a la catarsis.

Sí, suena apologético y quizás hasta contrario a lo que querría inspirar la banda con su música, pensaría uno. La verdad es que todo es posible, pero este es uno de estos casos en que el ánimo exaltado es un efecto inescapable de la música.

La combatividad del álbum no reposa sólo en este gran pico, sino que la reencontramos en temas como “Ex-Spectator”, que logra hacerse de un universo propio igual de contundente, en este caso a punta de guitarras filosas y de distorsiones expansivas como ondas de choque, que se entrecruzan con una sección rítmica que se precipita sobre sí misma, mientras se nos incita a dejar nuestra pasividad cotidiana y a tomar acción frente a las crisis eternas que aquejan nuestra contemporaneidad.

Puedes sentir el mismo espíritu convocatorio, casi demandante, en “Nightstop”, que recurre a otros métodos de persuasión, en este caso, una sorpresiva línea melódica que, lo juro, a ratos recuerda a alguno de los temas más pop de The Beatles o, quizás, The Kinks, pero afianzada en la firmeza de unos riffs guitarreros que parecen robados de los momentos más legendarios del rock de los 70, y repentinamente sonando como enjambres de abejas kamikazes que se nos abalanzan con determinación inescapable.

A estas alturas se nos hace ya difícil describir el álbum en términos más familiares, y es entonces cuando llega “Argument”, el homónimo tema de cierre, retomando las transmisiones ahogadas en estática de la intro del disco, y avanzando lenta pero firmemente sobre líneas de guitarra puntillosas, texturas rítmicas y pasajes casi psicodélicos que confluyen en una coda explosiva, para finalmente rematarlo todo -el álbum y la carrera de la banda- con un gran final de apoteosis casi orquestal.

El título expresa una resolución, la toma de consciencia definitiva, irreconciliable con las justificaciones tradicionales de las iniciativas bélicas. Un NO rotundo al ejercicio de la violencia como medio político o personal.

Un manifiesto que, en este caso, no admite ambigüedades, y que redondea toda esta fascinante y contagiosa colección de sonidos y ritmos que acabamos de escuchar presentándonosla como una unidad, ejecutando un malabarismo prodigioso que recapitula los temas bajo una lupa nueva, otorgándoles una especie de consistencia temática común, un talante conceptual. Un cierre tan revelador como sorpresivo.

Te encontrarás volviendo a The Argument una y otra vez una vez que lo escuches; individualmente, otras veces como álbum, pero siempre encontrándote con un conjunto de temas que se resisten al desgaste, que funcionan como sistemas anti-entrópicos, nunca agotándose, siempre envueltos en una atmósfera renovada, ofreciendo nuevas lecturas o relecturas pertinentes.

Es ese tipo de trabajo, un espacio donde confluyen la energía más contundente, una agilidad y velocidad indomables y una imaginación de brazos abiertos, con un amor incondicional por los pequeños detalles, en una danza musical casi perfecta, donde ningún elemento se superpone a los otros, donde los ámbitos de cada uno de estos dominios se mantienen soberanos.




Así pues, con este trabajo, y tras poco más de década y media de vida activa, la agrupación cerró una historia casi perfecta, escapando al fantasma de la “discografía en decadencia”. “Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida”, o algo así escribió James Joyce en alguno de sus relatos, y si bien Fugazi nunca  “murió”, como se comentó al comienzo, y de hecho subsiste activa de algún modo en proyectos como The Messthetics, la banda de jazz “punkero” instrumental formada hace pocos años por Joe Lally y Brendan Canty, junto al guitarrista Anthony Pirog, logró de todos modos despedirse de su recorrido como emblema del post-hardcore en un relámpago de gloria, un placer que pocos actos musicales logran procurarse.

La historia del género, ni es necesario aclararlo, no muere con esta “despedida” de Fugazi. The Argument finalizó un capítulo en el sentido de que fue el cierre con broche de titanio de uno de los actos que hizo historia dentro de esta corriente en particular y de la música alternativa en general.

De ese momento en adelante mucho se ha hecho, pero no sería exagerado decir que su carrera es un argumento más que convincente sobre las infinitas posibilidades que pueden desvelarse en lo musical cuando te atreves a retar tus propios límites y las expectativas del público, así como también un manual para la supervivencia digna de todo artista que aspire a mantenerse íntegro frente a las tentaciones más comunes de la industria y el mercado musical.

Y lo mejor de todo es que al lado de este legado aspiracional nos han dejado un grande y fabuloso catálogo de temas; canciones a las que siempre podremos acudir en búsqueda de inspiración, reafirmación o simplemente por el placer de disfrutarlas y así confirmar el carácter eterno y universal de la música.

Gustavo Reyes


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