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Rodrigo Cuevas: un auténtico revitalizador de las tradiciones

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Rodrigo Cuevas

El polifacético asturiano presentó en Las Rozas de Madrid su retador, vanguardista y seductor show Trópico de Covadonga 

Rodrigo Cuevas
Trópico de Covadonga
Concierto en Auditorio Joaquín Rodrigo, Las Rozas de Madrid

(Abril 11, 2021)

Que las tradiciones podrían desparecer si no se transmiten de una generación a otra es algo tácito que no necesita mayor análisis. En los tiempos que vivimos de globalización, en los que muchas veces se conoce mucho mejor algo que ocurre a decenas de miles de kilómetros que lo que tenemos al lado, es esencial que existan personajes como Rodrigo Cuevas, quien se autodefine como “agitador folclórico”.

Una forma de mantener viva una tradición es saber difundirla de tal manera que sea atractiva para todos, incluso los puristas y aquellos que jamás han tenido contacto con ella.

Redimensionar y revitalizar aquello que ha mantenido vivo a un pueblo o una región a través de los siglos es imperativo para que los procesos identitarios no desaparezcan.

Cuando Manual de Cortejo irrumpió a finales de 2019, quedaba claro que Rodrigo Cuevas abría un campo de infinitas posibilidades. El disco forma parte de nuestra resumen Los 25 mejores discos españoles de 2019

A pesar del obligado parón de 2020, el asturiano ha llevado adelante el espectáculo Trópico de Covadonga, que él mismo produce, dirige y protagoniza, con la complicidad de Raül Refree en la producción musical, coescritura y arreglos.

Más allá del contenido musical del disco -que es particularmente brillante- lo primero que hay que advertir es que para entender y disfrutar en su justa dimensión el trabajo de Cuevas, es necesario verlo en directo. El disco es una estupenda experiencia, pero no es suficiente.




Cuevas es extrovertido, simpático, comunicativo. Su verbo está lleno de ironía y de verdades. Sabe como mover al público de su zona de confort e incluso se las arregla para dejar en entredicho la relación de muchos con su propia cultura.

A lo largo del show combinó su talento como cantante, showman, bailarín, entrepeneur e incluso comediante, haciendo pausas entre varias canciones para contar anécdotas, historias y contextualizar así varias de ellas a modo de muy divertido historiador-sociólogo-antropológo-tabernero-cabaretero-cotilla…

Su vestuario está íntimamente ligado a la tradición folclórica asturiana y ello refuerza de manera notable el contenido musical y su discurso. El diseño, responsabilidad de Constantino Menéndez, hizo relucir la figura de Rodrigo, quien, hay que decirlo, posee un aire a Freddy Mercury.

El diseño incluyó una camiseta bordada blanca muy ceñida, con pantalón negro (calzón por encima de tobillos) con botoneras laterales, fajín (faxa) florido, una espléndida levita o capote, una montera picona negra, pendientes, collar y unas llamativas madreñas de goma color plateado que le hacían casi levitar mientras bailaba. Es un elemento esencial de la puesta en escena.

Desde el fondo del auditorio apareció Cuevas en medio de la penumbra y desde el mismísimo comienzo demostró su soltura ya que repitió la entrada, no sin pedir de una vez al público que se involucrara.

En el escenario se ubicaron los cuatro magníficos músicos que lo acompañan compartiendo la instrumentación electrónica con la percusión tradicional (pandero cuadrado, pandereta, tambor), acordeón, guitarra eléctrica y coros. Son ellos Mapi Quintana (voz, palmas, pandero cuadrado, vocoder), Juanjo Díaz (tambor, pad electrónico, pandero cuadrado, coros), Tino Cuesta (teclado, acordeón, pandero cuadrado, coros) y Rubén Bada (guitarra, percusión, teclado, coros).

Enseguida el quinteto acometió la hipnótica “Muerte en Mortilleja”, cuya letra posee lineas muy emotivas: “Morirse siendo querido / Qué hermoso sería morirse / Morirse siendo querido / Pero qué amarga es la muerte / Cuando la muerte es olvido”.

A lo largo de ella, Cuevas bailaba una especie de jota del siglo 21 sobre las percusiones electrónicas de inspiración ancestral y los vaivenes de teclados.

Rodrigo Cuevas

Un gran comienzo, ideal para sintonizar al público con el particular universo de Trópico de Covadonga, ese “paralelo que pasa por Covadonga, un trópico inventado que atraviesa Asturias pero que da la vuelta al mundo”.




Siguieron con “Arboleda bien plantada”, un tema con un ritmo a medio camino entre lo urbano y lo tradicional, tras el cual Rodrigo se dirigió a los presentes: “Muchas gracias por acudir al llamado más importante de vuestras vidas”, tras lo cual se oyeron muchas risas.

Entonces, con su tono jocoso y al mismo tiempo retador, por primera vez hizo la pregunta que repitió a lo largo del show: “Rodrigo CuevasRodrigo Cuevas…¿que es eso del Trópico de Covadonga? ¿Acaso estamos aquí para ver un espectáculo de vírgenes, de santas o beatas? ¿Es un espectáculo tropicalista, caribeño?”.

A ello agregó el comentario sobre “los pobres” al cerciorarse que el Auditorio contaba con un balcón y de ello tiró varias veces en su discurso lleno de ironías.

La siguiente pieza fue la famosa copla popularizada por Imperio Argentina en los años 30, “El día que nací yo”, recientemente versionada también por María Rodés.

Fue una interpretación muy sensible, con protagonismo de la percusión, especialmente comandada por Juanjo Díaz, cuyo trabajo en todo el concierto fue sensacional combinando lo acústico y electrónico.

Introdujo “Ronda de Robledo de Sanabria” como “un temazo” que representa la decadencia humana, advirtiéndonos que si habíamos asistido al concierto buscando un subidón no sería así. El tema se adentra en el folclor asturiano, pincelándolo con sonoridades cósmicas.

Rodrigo Cuevas

Luego siguió con sus bromas diciendo que haríamos ejercicios pélvicos ya que no se puede bailar en los conciertos. Arrancó entonces “Xiringüelu” una festiva danza asturiana con elementos urbanos, sobre la que dijo debería haber llegado al Billboard #3 pero “no llegó porque fui poco listo al poner el estribillo solo una vez”.

Una vez más, Cuevas logró la participación del público gracias a su natural simpatía.

Sin duda, es una de las más atractivas demostraciones del redimensionamiento en el que trabaja Cuevas.




Antes de tocar “Vaqueiras”, habló por largos minutos para referirse a las heroínas que se atrevieron a cambiar situaciones que parecían eternas en las que los privilegios de unos era a costa de muchos otros. Habló del caso de Rosa Parks -la afroamericana que se negó a ceder su puesto a un blanco (“caucásico americano”) en un autobús-, sentando para siempre un precedente, pero en realidad su intención era contar el caso de la asturiana que se negó a seguir dándole a “los señoritos” una parte de su trabajo.

“Esto lo explica muy bien Camilo Sesto con un temazo en el que está con su hijo Camilín en un plató de televisión con un catálogo de niños pobres y cantando va explicando lo de los colores”.

En esta parte Cuevas fue especialmente genial al exacerbar la ironía para explicar el racismo, cantando varios extractos de la canción de Sesto. Sin duda, es de los detalles que lo convierten en un showman e incluso en un buen comediante.

Rodrigo Cuevas

Finalmente tocaron “Vaqueira”, antes de llegar al segmento final en el que interpretaron dos temas muy emotivos y tristes. “Rambalín” es un tema inspirado y dedicado a la figura de Rambal (Alberto Alonso Blanco), asturiano del pueblo pesquero Cimavilla quien sorteó todos los estigmas de su tiempo a mediados del siglo 20, asumiendo su travestismo, apoyado por su madre y la mayoría de los vecinos ante quienes hacia shows. Rambal fue vilmente asesinado y quemado en 1976.

Cuevas hizo un paralelismo sobre lo que significó para el mismo la incomprensión hasta su adolescencia, cuando con frecuencia le decían “maricón”.

La primera despedida fue con “Cesteiros”, pero pronto regresaron para regalarnos “Muiñeira para a filla da bruxa” y “Rumba de A Estierna”, dejándonos ganas de fiesta.

Rodrigo Cuevas es un tipo que ilumina estos tiempos de oscuridad. Es talentoso, provocador y honesto, sin imposturas. Hurga en la tradición y lo ancestral desde una perspectiva actual, sin complejos. Siempre hay que agradecer la existencia de personas como él.

Juan Carlos Ballesta (texto y fotos)


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