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Gerry Weil: “Yo vivo en el cielo”

Gerry Weil
Gerry Weil en Madrid, 2018 Foto: Óscar Ribas

A los 85 años, tras una intensa y prolongada actividad musical desarrollada al completo en Venezuela, el gran pianista, compositor y docente austríaco Gerry Weil (1939-2024) ha fallecido


Los países muchas veces tienen inmensa dicha cuando algunas personas que no nacieron en su territorio llegan a él para hacer invalorables aportes e incluso mimetizarse en el gentilicio que decidieron adoptar.

El caso del austríaco Gerhard Weilheim, mejor conocido como Gerry Weil, es emblemático. Con más de 65 años en Venezuela se convirtió en la figura más influyente dentro del jazz venezolano, no solo por su rol de pianista, compositor y arreglista, sino por su incansable labor docente que benefició e influyó en centenas de músicos de todas las tendencias y edades.

Honesto, espontáneo, divertido, incansable, disciplinado y verdaderamente genuino, su actividad no cesó jamás, siempre pensando en nuevos discos y conciertos. Su lucidez y espíritu guerrero estuvieron con él hasta el final. Fue su corazón, ese inmenso corazón, el que no pudo más.

Ladosis lo celebró siempre, con entrevistas, reseñas de discos, crónicas de conciertos, como participante de nuestros Ciclos de Conciertos, además de apoyarlo en sus momentos críticos de salud. Eso nos enorgullece-

En julio de 2015 le dedicamos un amplio reportaje/entrevista con fotos tomadas por Luis Cantillo en su entrañable Sabana Grande, Caracas, donde vivió por décadas, el cual recuperamos aquí.

En 2018, en ocasión de su regreso a Austria, aprovechamos a recorrer el centro de Madrid caminando y conversando, mientras Óscar Ribas dejaba el registro fotográfico.

Gerry deja un inmenso legado, como muy pocos en Venezuela. No son casuales las infinitas muestras de amor, admiración, agradecimiento y respeto vertidas en las redes.

Gracias totales.

Juan Carlos Ballesta

 

En medio del hostil clima bélico europeo nació Gerhard Weilheim Chalupa en Viena, capital de Austria, el 11 de agosto de 1939. La Segunda Guerra Mundial apenas comenzaba y los miedos, las penurias y las dudas sobre el futuro se cernían sobre millones de personas.

El niño Gerry conoció pronto los refugios anti aéreos, el hambre y las nefastas consecuencias de la guerra. Pero también a Glenn Miller y otros jazzistas cuya música era llevada por los soldados norteamericanos.

A su padre apenas lo conoció de manera furtiva. Su crianza estuvo a cargo principalmente de su abuela materna, ya que su madre debía ganarse la vida. Anna Chalupa, austríaca con sangre checa, se fue a Caracas adonde llegó en plena dictadura de Pérez Jiménez y se casó con un italiano.

Era la época en que llegaban desde Europa profesionales y perfiles especializados en grandes lotes para construir buena parte de lo que aún tiene el país como infraestructura, pero también las puertas se abrieron para muchos otros que huían de sus países por falta de oportunidades dignas.

Los años de posguerra fueron difíciles para Europa, pero paradójicamente beneficiosos para muchos países de América que recibieron a miles que hicieron grandes aportes en cultura, arquitectura, ingeniería, medicina, educación, construcción y otros ámbitos.

Instalada en Venezuela, Anna reclamó a su hijo Gerry, quien luego de una larga travesía en barco partiendo de Génova, Italia, llegó a La Guaira en 1957.

El click entre Gerry, el Mar Caribe, el Ávila, el clima, la vegetación, las mujeres venezolanas y el cielo abierto, fue amor a primera vista. Nunca le pasó por la cabeza volverse a su país, al que solo había visitado una vez en 58 años, en 1966 y al cual regresó en 2018. Toda su familia ha estado en Venezuela, su mujer Omaira Elena González (gran soporte a lo largo de varias décadas), hijos y nietos. Su madre murió en 2014.

Gerry hizo de todo, siempre con disciplina, dedicación y también altruismo. Al llegar trabajó en el Club Puerto Azul, también como empleado de una cantera. Luego se enamoró del surf, más adelante siguió el karate y por supuesto la música, su actividad principal por la que siempre ha sido conocido en el país desde los años 60 años cuando empezó modestamente tocando en bares de Altamira.

Gerry tomó clases de armonía con Tito Fuentes, que luego complementó con clases privadas con Eduardo Cabrera y Rubén Castro. Luego tomaría clases  por correspondencia a través de los cursos de extensión de la prestigiosa Berklee School of Music de Boston, totalmente decidido a convertirse en un pianista de primera, con una capacidad innata para improvisar, componer y arreglar.

Vivió los primeros años en La Guaira, luego en El Hatillo y en Los Palos Grandes. Los años de la contracultura y el movimiento hippie contagiaron a Gerry, quien caminó por Caracas más de un año descalzo.

En 1974 se fue siete años con su familia a Jají, Mérida, a experimentar una vida macrobiótica, sin electricidad, alejado del ajetreo de la ciudad.

Gerry Weil
Gerry Weil en Mérida, circa 1975

Regresó a Caracas en 1980 y se involucra entonces con santería, tambores, salsa, guaguancó…Desde entonces vivió en Sabana Grande, su hábitat diario.

Nunca dejó de bajar a la playa, sin miedo a nada, en autobús hasta Marina Grande casi todas las semanas para estar cerca del Mar Caribe.

El polifacético Gerry Weil

A lo largo de toda su vida musical experimentó con diversas formaciones (solista, dúo, trío, cuarteto, quinteto, sexteto, septeto, formato big band, dos pianos, con tecnología electrónica, orquesta sinfónica…) incursionando en el jazz desde varios ángulos, así como también en el funk y en la música afrolatina.

Desde sus proyectos legendarios en los años 70, The Message y La Banda Municipal, hasta el trío y el sexteto con que se presentó en la pasada década y el experimento sinfónico reciente, hay un abanico musical de amplias proporciones. Gerry no solo tocó con grandes músicos sino que ha sido el maestro de muchísimos, algunos de los cuales pasaron a ser parte de sus bandas a lo largo de los años.

Gerry Weil con The Message, 1971.
Foto cortesía Gerhard Weil
Gerry Weil
Gerry Weil con The Message, 1971.
Foto cortesía Gerhard Weil

Junto a Gerry han tocado músicos como Felipe “Mandingo” Rengifo, Orlando Poleo, Frank Rosales, Félix Colino, Rodolfo Reyes, Ezequiel Serrano, Edgar Saume, Alberto Naranjo, Iván Velázquez, Alejandro Blanco-Uribe, Lorenzo Barriendos, Carlos “Nené” Quintero, Simón Hernández, Gonzalo Teppa, Roberto Koch, Freddy Adrián, Carlos Rodríguez, Andrés Briceño, Noel Mijares, Rafael Greco, Joel Martínez, Benjamín Brea, Vinicio Ludovic, Michael Berti, Víctor Cuica, Pablo Gil, Adolfo Herrera, Juan Ángel Esquivel y muchos más.

La lista de alumnos es inmensa, algunos han alcanzado fama internacional como Luis Perdomo. También participó en discos, entre otros, de María Rivas, Maruja Muci, Ofelia del Rosal, Virginia Ramírez, Pancho Montañez, Huáscar Barradas, Pablo Gil, Gonzalo Teppa, Héctor Di Donna, Gaélica, Andrés Briceño, Sur Carabela, Tulio Chuecos, Patafunk y Desorden Público, banda a la que produjo su segundo disco En Descomposición en 1990.

Aunque no puede afirmarse que la discografía de Gerry Weil sea exigua, no es menos cierto que debería haber tenido una discografía más nutrida, en especial en los años 80. No es un secreto que por mucho tiempo no fue fácil grabar y editar discos en Venezuela, más aún de jazz.

Sus discos, El Quinteto de Gerry Weil (1969), The Message (1971), Música del Subdesarrollo de La Banda Municipal (grabación en vivo de 1974 publicada en 2008), Jazz en Caracas (1984), Autana/Magic Mountain (1989), Volao (1993) -dos álbumes que documentan su etapa como pionero de la tecnología Midi en Venezuela-, Profundo (1999), Free Play & Love Songs (Live Vol.1) (2005), Empatía (2006, con Pablo Gil y Nené Quintero), Navijazz (2006), Tepuy (2009), Live in Viena (2019), Kosmic Flow (80 Years Young) (2020),  Gerry Weil Sinfónico (2021), son representativos de cada período, pero no suficientes.

Nada de su etapa afrolatina quedó registrado, así como tampoco en varios de los formatos en que ha tocado. Hay grabaciones que permanecen inéditas.

Afortunadamente, Gerry fue reconocido y homenajeado en vida en diversas oportunidades por parte de otros músicos o en el Festival Caracas en Contratiempo. En 2001 recibió el  “Premio Municipal”; en 2005 la “Orden Santa Cecilia” otorgada en el Día del Músico; y el 14 de agosto de 2008 recibe el Premio Nacional de Música otorgado por el Consejo Nacional de la Cultura (CONAC).

Sus más amplios y sentidos reconocimientos provienen de sus muchísimos alumnos, de los músicos con los que ha compartido y del público que lo admira, tal como pasó el 4 de julio de 2012 en nuestro Concierto 22 realizado en una Sala BOD-Corp Banca totalmente repleta que se desbordó en ovaciones ante un performance inolvidable.

Gerry Weil
Gerry Weil Septeto en Concierto Ladosis 22. Julio 4, 2012.
Foto: Emilio Méndez
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En 2015, con motivo de su 50 aniversario de actividad musical, celebramos con un reportaje lleno de sinceridad, espontaneidad e interés histórico, con fotos de Luis Cantillo en zona, Sabana Grande. Charlar con Gerry siempre fue más que un placer.

Gerry Weil en Sabana Grande
Foto: Luis Cantillo. Diseño: Aaron Lares

En 2018, en otras circunstancias para todos, volvimos a conversar, esta vez en Madrid. Durante una fantástica caminata por el centro de la ciudad, Gerry hablaba de su reciente reencuentro con Viena, su ciudad natal, de su recuperación tras un período de salud incierto, de los discos que tenía en mente, de la suerte de poder estar tocando en Europa de nuevo desde su participación en el Festival de Jazz de Berlín en 1982. Una caminata que contó con el fantástico fotorreportaje de Óscar Ribas.

Gerry Weil
Gerry Weil en Madrid, 2018
Foto: Óscar Ribas

Su buen humor y deseos de seguir inventando lo convirtieron en un ejemplo a seguir, en un caso admirable lleno de bondad. Nunca se aferró al pasado, sino que pensaba en el presente y futuro.

A pesar de su característico acento austríaco, su forma de hablar era más criolla que la de cualquiera. Es el blanco de ojos azules más negro que se haya conocido.

Él no ocultaba nada.

***Entrevista realizada en su apartamento en Sabana Grande el 5 de julio de 2015***

Vayamos al pasado. ¿Qué tanto piano tocabas cuando llegaste de Austria?

Yo me enamoré de la música a los 6 años. No había comida, todo estaba destruido. Escuché jazz por las radios de los aliados. Me enamoré también de la música clásica. Pero no tenía talento para la música, así nací.

Mi abuela me llevó al conservatorio, me hicieron una prueba y le dijeron ‘nunca hemos visto un niño con más pasión por la música, pero el pobrecito no tiene nada de talento, ni rítmico ni melódico ni armónico. Aquí no lo podemos aceptar. Es un anti-talento”.

Mi tía me había regalado un viejo piano, pero realmente yo lo golpeaba. Finalmente, a los 9 años, me consiguieron un profesor de piano con el que estuve un año, pero con tan mala suerte que descubrieron que era pedófilo y le dieron 10 años de cárcel. Por suerte para él, se curó en la cárcel y pudo seguir dando clases a mayores de 21 años.

Cuando regresé a Austria en 1966 lo fui a visitar y toqué para él. Ya yo era Gerry Weil. Lo hice llorar de la emoción. Fue mi único profesor allá y no tuve otro hasta llegar a Venezuela.

Es decir, tu formación musical verdadera la tuviste en Venezuela

Así fue. Me di cuenta que me costaba muchísimo, pero yo quería ser un buen músico porque amaba la música. Entonces, durante 15 años estudié entre 8 y 10 horas diarias. Aunque no se tenga talento, si ensayas así, terminas tocando arrechamente, se te abre el oído y empiezas a componer.

Una de tus características es la facilidad con que improvisas. Probablemente tenga que ver con esa forma de haberte educado, lejos de los conservatorios y convenciones

Totalmente. Mi especialidad es componer e improvisar frente al público. Eso no se enseña en un conservatorio.

¿Cómo te sientes cantando?

Eso sí es nuevo en mí. Lo que hacía con The Message era como un rapeo. Ahora canto medio hablado, en el estilo de un crooner. Ha gustado mucho esto.

¿En qué momento sientes que comienzas a ser apreciado por el público?

En los años 60 yo tocaba en un Club en Altamira Sur llamado Mon Petit todos los sábados en plan jam sessions. Gustó tanto que me contrataron para tocar jazz todos los días. Ahí me formé, además de oyendo discos.

Desde tu llegada en 1957 pasaron 10 años hasta que pudiste grabar tu primer disco

Yo venía en una buena progresión, pero cuando tenía 26 años me enfermé gravemente. Me dio una enfermedad llamada “Guillain-Barré”, una polineuritis que deja destruidos todos los nervios que llegan a las extremidades, manos y pies. Llegó un momento en que no podía mover manos ni pies y terminé en silla de ruedas.

Estuve así dos años y al recuperarme tuve de nuevo que empezar a tocar piano 8 horas diarias para volver a la forma. De todos modos eso deja algunas secuelas, por ejemplo, no puedo sentarme en los talones.

Aun habiendo sufrido esa enfermedad, pudiste dedicarte al karate. ¿Cuándo lo decidiste?

Llegué al tercer dan. Siempre me gustó. A los 33 años decidí comenzar a practicarlo. Luego se me derramó líquido en una rodilla y lo dejé. Pero lo retomé a los 52 y no he parado hasta el día de hoy, aunque estoy recuperándome de una operación de cadera. Ese es uno de mis mundos. Hay gente que me pregunta que tiene que ver el karate con la música y siempre les digo que tienen mucho en común: ‘ritmo, concentración, serenidad, control mental, disciplina’. 

Cuéntanos de tu primera experiencia discográfica en Venezuela en los años 60

Fue con un sello que tenían Arnoldo Naly y Raúl Regnault que se llamaba Discos América. Aquel álbum se presentó como El Quinteto de Jazz de Gerry Weil, con una pintura para la portada hecha a mano por Heinz Dollacker. En él incluí tres temas míos. Fue la consecuencia de varios años tocando en bares.

¿Cómo percibes los cambios en la música desde entonces?

En aquel entonces se grababa con un micrófono en el estudio, pero luego las cosas fueron cambiando y los estudios en Caracas fueron incorporando nuevos equipos y tecnología. Ya para The Message en 1971 la grabación mejoró y mucho más para cuando en 1999 grabé Profundo con Carlos Rodríguez (bajo) y Andrés Briceño (batería) para el sello de Barquisimeto CrioJazz.

Aquel disco The Message tenía un sonido funk alineado con el momento y quizá por eso pudo llegar a los primeros puestos del Hit Parade

¡Estuvimos en el primer lugar del Hit Parade con la canción “The Message”! Yo rappeaba, más que cantar. Era el sonido de Chicago, Blood Sweat and Tears, Chase. Y aquello era una súper banda. Teníamos 10 metales y dos bateristas (Alberto Naranjo y Omar Jeanton). Luego cuando la formación se redujo nos transformamos en La Banda Municipal.

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¿Tenías idea que existía una grabación en vivo de 1974? Que se haya editado en 2008, 34 años después, una grabación de La Banda Municipal en CD con un empaque de gran calidad es una adición a la memoria musical venezolana invaluable

Yo sabía que existía esa grabación, pero no que tenía esa calidad tan buena. Antonio Huizi hizo un empaque buenísimo. Gregorio Montiel Cupello se fajó con la producción. El tiraje se agotó y yo no me quedé con ningún ejemplar.

Uno de tus discos recientes, Tepuy (2009), fue editado por Cacao Música, un sello que parecía se iba a convertir en una referencia por las grandes presentaciones de sus discos y las cuidadas grabaciones. ¿Qué pasó con el siguiente disco?

Grabé otro disco que nunca ha sido editado. Pero no he demandado como hizo, por ejemplo, Alfredo Naranjo. No estoy de malas con Omar Jeanton, pero espero que en algún momento suelte esas grabaciones. El sello pagó toda la producción, pero el contrato contemplaba la edición de tres discos. Es la última grabación en la que aparece Eliazar Yánez tocando los tambores batá.

¿De tantísimos conciertos que has ofrecido, cuales recuerdas con más agrado y emoción?

La apertura del Festival de El Hatillo 2014 en el Anfiteatro con Simón Hernández, Noel Mijares, Freddy Adríán y Nené Quintero… fue increíble. Recuerdo la participación en Berlín  Jazz Festival en 1982. Algunos recitales de piano solo han sido muy emotivos. La sala BOD (antes Corp Banca) es donde más he tocado, me gusta esa sala en L y el piano. El concierto que hice ahí para Ladosis en 2012 fue muy especial. En realidad estoy contento con todos mis conciertos, siempre hay algo qué rescatar de cada uno.

Gerry Weil
Festival de Jazz de El Hatillo, 2014. Foto: Luis Cantillo

¿Cuáles son los jazzistas sin cuya música no podrías vivir?

Pianistas: Keith Jarrett, Herbie Hancock, Bill Evans, Glenn Gould tocando Bach, Thelonious Monk. No me gusta Chick Corea, a pesar que es tremendo músico. Ahora menos que es sacerdote de la Iglesia de la Cienciología. Compositores clásicos: me gusta mucho Mozart. Cada vez que escucho el “Réquiem” y entra el coro al menos se me humedece una esquina de un ojo.

¿Qué piensas del estado actual del jazz en Venezuela?

Hay más jazz que nunca y muy buen nivel. El Sistema de Orquestas ha producido muchos músicos y aunque la mayoría se queda en el mundo clásico, algunos se van hacía el jazz.  Por ejemplo, le estoy dando clase al vibrafonista Juan Diego Villalobos, le di a Freddy Adrián, a Badem Goyo que está ahora en Nueva York.

El problema es que no hay sitios para tocar. Ahora está Suka Bar los martes, que pagan 2.500 bolívares por músico.  Pero la última vez tuve yo que pagar 6.500 bolívares porque tuve que alquilar un piano.

¿Cuáles de tus alumnos son los más conocidos internacionalmente?

Sin duda, Luis Perdomo. Es considerado entre los cuatro pianistas de jazz más prometedores del mundo. Lo tuve de alumno de los 9 a los 19 años, cuando lo enviamos a Manhattan y no regresó más. Siempre me menciona en todos sus discos. Silvano Monasterios, que vive en Miami. Otmaro Ruiz, que está en California. Pedro Eustache, que no es pianista, estudió conmigo armonía. Es un virtuoso. Hay más, por supuesto.

Gerry Weil
Gerry Weil en su casa. Foto: Luis Cantillo

¿Qué factor hizo que vinieras a Venezuela?

Mi abuela le pidió a mi mamá, que ya estaba en el país, que me trajera porque estaba malandreando mucho en Viena. Iba por el mal camino, usaba copete, cadenas…era la época de Bill Halley, el rock and roll, toda esa vaina. Pero a los seis meses de llegar mi mamá me botó de la casa y comencé a hacer solo mi vida en Venezuela.

¿Cómo hiciste con el idioma en esos primeros meses?

Aprendí rápido a decir “carajo”, “no joda”, “coño” y después “buenos días” (carcajadas colectivas).

Aprendiste lo esencial muy rápido (risas). ¿Qué otros idiomas sabes?

El único idioma que yo he estudiado formalmente en mi vida es el japonés. Llevo ocho años estudiándolo. El inglés lo aprendí por mi cuenta, lo leo y escribo bien. Del portugués aprendí lo básico en dos viajes a Brasil y sigo mejorando. Hablo francés e italiano, y por supuesto alemán.

¿Cuándo viste el mar por primera vez?

La primera vez que vi el mar fue en Génova, Italia, adonde llegué en tren desde Viena. Allí estuve una semana esperando que saliera el barco de emigrantes italianos que pasaba primero por las Islas Canarias. Allí paró varios días y cargó con varios emigrantes isleños.  De ahí nos dirigimos a República Dominicana.

Por supuesto que vi el mar, pero no lo vi muy bien porque vomité el alma y algo más. Era un barco pequeño y por mala suerte nos tocó oleaje muy fuerte. Desde entonces no quise viajar más nunca en barco. Fue horrible.

Pero pasaste a ser un amante del mar…

Cuando llego finalmente a Venezuela, me bajo en La Guaira y comienzo a vivir en Los Corales. En aquella época eso era otra cosa. Yo tenía 17 años y tenía pelo (risas). Me encantaron las negras…pensé que había llegado al paraíso (más risas).

¿Cómo percibiste la Venezuela de entonces, en 1957?

Llegué cuando mandaba Pérez Jiménez. Al año siguiente lo tumbaron. El tipo estaba convirtiendo esto en una especie de Suiza del trópico. Hay mucho de lo que construyó que sigue intacto. Una de las cosas que más me impactó al llegar es que se podía vivir todo el año en shorts y descalzo.

¿Qué hiciste los primeros años mientras te adaptabas?

El primer año me la pasaba haciendo submarinismo. Luego empecé con el surf. Fui muchos años directivo de la federación, jefe de jueces y team manager de la Selección Venezolana de Surf, con la que estuve 8 años viajando por muchos países. Casi viajé más con el surfing que con la música.

¿Pensaste en algún momento en regresarte a Austria?

¡Jamás! Solo he ido una sola vez, hace ya 40 años. (Nota: regresó en 2018)

Es decir que nunca más viste a tu familia austríaca

No tengo familia allá. Nadie me queda. El único Weilheim que queda de mi familia nacida allá soy yo.

¿Cuándo y porqué decides recortarte el nombre y apellido?

Mi abuela me llamaba Gerry en lugar de Gerhard. Y del apellido quité el “Heim” para que quedara más relacionado con la música, ya que Kurt Weil era un compositor famoso. Hoy en día yo me creo que soy Gerry Weil y no Gerhard Weilheim, de lo que solo me acuerdo de vez en cuando al mostrar la cédula. Mi hijo mayor Gerhard adoptó el apellido Weil por razones comerciales. Yo viajé una vez a Japón con un pasaje suyo (risas) porque él no pudo ir.

¿Qué te queda de tu gentilicio?

La disciplina, la puntualidad, las melodías bonitas y el idioma.

Yo soy austríaco residente, no soy nacionalizado. A mí me dieron el Premio Nacional de Música siendo legalmente un extranjero.

Nunca me nacionalicé porque Austria no permite la doble nacionalidad como otros países europeos y con el pasaporte de la Comunidad Europea puedo entrar a muchísimos países sin visa.

¿Cómo te afectaron los años de la guerra y la posguerra?

Yo nací en 1939, justo el año en que comenzó la segunda guerra. Al principio todavía no había llegado a Austria. Los primeros años los alemanes se concentraron en ocupar Polonia, Francia y Rusia. En 1944 y 45 viví los bombardeos ya que Hitler no se rendía y entonces los aliados fueron a una guerra total para derrotarlo. El cielo se ponía oscuro lleno de aviones que soltaban alfombras de bombas. Ya no importaba nada.

Pero yo como chamo no era consciente y casi lo veía como un juego. En las noches no había música y solo se oían los crujidos de los edificios y las alarmas. Cada vez que sonaba había que correr al sótano del edificio o cuando daba tiempo a un refugio que quedaba a tres cuadras.

Una de esas noches fuimos a ese refugio y al salir nuestro edificio ya no existía. Mi abuela me agarró, tomamos un tren y nos fuimos a Salzburgo, la tierra de Mozart, a un pueblo de aguas termales llamado Bad Ganstein que era como un lugar de hospitalidad con todos los techos con una cruz roja para que no bombardearan. Ahí sobrevivimos en el campo hasta que la guerra terminó.

Por lo visto fuiste criado por tu abuela materna

Así fue. Mi mamá trabajaba con los soldados alemanes y apenas terminó la guerra empezó a trabajar con los soldados americanos. Ella era cantante y no cantaba muy bien. Aquí en Caracas cantaba en un club. Mi mamá se casó cuatro veces.

¿Tuviste figura paterna alguna vez?

Nunca. Mi mamá solo duró un año con mi papá. Yo solo vi a mi papá una sola vez en mi vida durante 15 días seguidos. Fue a los 17 años porque para salir de Austria él tenía que firmar una autorización. Nos caímos a palos esos 15 días y luego más nunca lo vi. No tuve papá, ni hermanos.

Es decir, toda tu familia es venezolana

Mi esposa Omaira me ha dado a mí toda la familia que tengo: hijos, nietos, cuñados…

Has vivido principalmente en tres lugares. El Hatillo, Mérida y Sabana Grande. ¿Dónde te has sentido mejor?

Yo estoy feliz en Sabana Grande, donde vivo desde que regresé de Mérida en 1980. El apartamento se lo traspasó una familia judía a mi mamá hace 47 años y hace un año pude comprarlo. Viví en El Hatillo hasta que me fui a Mérida en 1974, por eso es que mi banda de entonces se llamaba La Banda Municipal de El Hatillo, que fue una versión reducida de The Message.

Tu identificación con el país ha sido total

Yo hasta estuve en santería…esa vaina Yoruba, Shangó. Dos años en eso. Iba al barrio Marín de San Agustín con Mandingo (Felipe Rengifo, percusionista de Vytas Brenner, hace años en Alemania). Estaba obsesionado con el ritmo afrovenezolano, tanto que hasta me puse a tocar salsa con los tambores del Grupo Madera cuando regresé de Mérida.

Una vez el gran bajista checo Miroslav Vitous vino a tocar a Caracas y se quedó varado, así que Jacques Braunstein nos organizó dos conciertos en el Teatro París (luego La Campiña). Recuerdo que me preguntó dónde había dejado las melodías bonitas de mi tierra. Me acordé de eso años después y gracias a un alumno que era babalao fui un día a su altar y me quité los collares y me liberé.

Gerry Weil
Gerry y su banda en 1981

¿Hay algo que te hayas quedado con ganas de hacer en la vida o que hubieras hecho diferente? ¿Te arrepientes de algo?

(Silencio prolongado)…Nunca le he dado valor al dinero (saca un billete lo soba y dice ‘estos son papelitos con caras cómicas’). Jamás he logrado ser organizado a nivel económico.

En los años 70 uno podía comprarse un terreno con cierta facilidad. Hubo muchos que tuvieron la visión de hacerlo y hoy en día tienen buenas cuentas bancarias en dólares, un buen carro y apartamento. Tengo que decir que este apartamento lo tengo gracias al gobierno que puso una ley que da prioridad a la gente que tiene más de 40 años viviendo alquilado en el mismo apartamento.

En él vivió mi mamá desde los años 60. Mediante misión vivienda me ayudaron a pagarlo y el año pasado el apartamento pasó a mi propiedad. Si no, no tendría ni vivienda propia. Sería bonito tener una cuenta bancaria decente para poder cubrir una emergencia médica, ayudar a mis hijos. En eso fallé.  También me hubiera gustado empezar con el karate desde niño.

Ese aspecto económico es álgido en la Venezuela actual. Tú pareces compensarlo con otras alegrías y ocupaciones. Tampoco pareces tener miedos

Yo me voy a la playa cada vez que puedo. Me voy en Metro hasta la estación Gato Negro, ahí agarro un autobús y por 30 bolívares llego a Marina Grande. La gente habla de la delincuencia desatada y yo sé que hay mucha. Me dicen que guarde bien la cartera, que la llevo muy visible. Pero como que a mí los delincuentes no me paran ni me toca verlos (risas). No oigo o no quiero oír ni los disparos nocturnos. No le tengo miedo a nada, soy feliz. Pero si es cierto que no he podido crear una condición de estabilidad económica. Siempre estoy pelando. Dinero que entra se va, no puedo ahorrar.

¿Musicalmente te consideras conservador o liberal?

Depende. A veces soy de un modo, otras veces de otro. (Se sienta en el piano y toca un tema de Keith Jarrett y dice que ese es el lado conservador. Luego explica que ha decidido comenzar a cantar a su edad y que eso no es nada conservador. A continuación confiesa que le divierte muchísimo la entrevista, ya convertida en conversación franca y sin parámetros).

Haciendo un ejercicio de abstracción e imaginación, ¿Cómo armarías tu banda ideal, sin importar si los músicos viven o no?

(Silencio). Me gustaría tener de baterista a Jack De Johnette, a Scott Henderson y John McLaughlin de guitarristas, Wayne Shorter en el saxo, el cantante Richard Bona que también toca el bajo, cantantes femeninas me traigo a Lady Gaga, Pink y a una de mis favoritas, Joni Mitchell.

Y por Venezuela me traigo a Pablo Gil (saxo) y Freddy Adrián (contrabajo). La llamaría The Dream Band.

¿Qué significa para ti el piano?

Mi definición del cielo es: un piano de cola bien afinado, un piso sencillo de madera, unos cuantos libros, una colchoneta, un jarrón en una esquina, unos escalones anchos también de madera, arena blanca y la orilla de una playa caribeña. Todo lo demás que se lo den a tanta gente que lo necesita. Yo vivo en el cielo. De lunes a viernes aquí, dando clases y tocando mi piano, y los fines de semana voy a la playa. Piano y playa, eso es lo que me hace feliz.

Gerry se despide hablando en japonés la siguiente frase: “La música es un gesto de amor de la divinidad hacia nosotros y a la vez nuestra respuesta con pasión y agradecimiento”.