Inicio Archivo discografico Tago Mago de Can: el álbum que deconstruyó los tímpanos

Tago Mago de Can: el álbum que deconstruyó los tímpanos

Can Tago Mago

En agosto de 1971 se publicó el revolucionario tercer álbum de la agrupación alemana que cambió las reglas del rock para siempre

Can
Tago Mago

Mute. 1971. Alemania

Haré mi mejor intento. Es este un álbum difícil de comentar y analizar en el limitado espacio de una reseña. Todos los requisitos de la innovación se refundan en él: creatividad, audacia, actualidad, riesgo, no escatimaré los adjetivos ya que halagos le sobran.

Sin más, es EL álbum que le deconstruye los tímpanos a cualquiera que lo escucha por primera vez. Ya para la actualidad, será como haberlo escuchado antes: su influencia en prolija en la cornucopia de los artistas que le sucedieron. Pero sin menos, ninguno como Tago Mago encarna mejor el hito de la inflexión en la historia de la música no académica del último medio siglo.

Hoy, de hecho, esta Opus Magna cumple su medio cupón, y suena aún como recién sacada del horno.

Para describirlo, precisamos todo el vocabulario que podamos aguzar, todos los estilos musicales de los que podamos hacer taxonomía: aún así diríamos nimiedades. Este álbum cuenta con el filo con el que afilar nuestro propio lenguaje, en el amoldador de nuestra apreciación musical.




Uno se pregunta: ¿qué clase de fracturas se dan en la historia como para que este tipo de engendros vean la luz? La Alemania dividida de la posguerra podía ser el dato clave del contexto, pero aún así el análisis quedaría chato. Colonia –lugar de origen de Can– podría ser el punto de partida –una de las ciudades más abiertas a las artes, y moralmente liberales en el conjunto de regiones de Germania– pero aún así la geografía no englobaría.

Arriesgando hipérboles, Tago Mago cubre cotas comparables a las de un “Ulises” de James Joyce: no sólo reinventó la composición, sino la manera de escuchar. Es una experiencia inmersiva en la que los jams son hipnóticos, dejando de lado los métodos tradicionales de composición, para sumergirse en texturas musicales con el ritmo metronómico como latido conductor.

Sino cedemos a la experiencia analógica y si primero no nos dejamos obnubilar por su inmensidad, será muy poco lo que podemos avanzar.

A fin de cuentas, poco valen las “obras” si no se retroactivan en su actual lectura –de ahí el nefasto error de postular alguna creación al sitial de lo “clásico”. A mí en lo singular, me interesa asirla en su condición presente: ¿qué la hace actual para mí? Desembaracémosla entonces de su estatuto de “clásico”, hoy –febrero de 2021– que cumple sus 50 años.

Primer argumento: no se trata de un “clásico” porque hoy más que nunca se hacen variaciones sobre sus motivos y sus ideas, de hecho, le sirve de borrador a bandas que se adentran en los oficios del krautrock y el space rock.

Sus fórmulas y sus modos aún aplican y tiran línea para aquel que vea en el jam session algo más que un ejercicio masturbatorio: se trata más bien de aquello que deviene en encuentro, genial e inesperado.

Segundo argumento: no se trata de un “clásico” porque es –y lo fue– totalmente anacrónico, ajeno e imbuido al mismo tiempo en el espíritu de los adorados 70. Y finalmente, no es un clásico porque, al ser totalmente anacrónico, no le ha quedado otra que ser eternamente actual.




Ahora bien, yo puedo enumerar todas las razones por las cuales este disco no es un “clásico” –en sentido estricto–, puedo incluso extenderme más y empezar a decir aquello que no es.

Lo que se me hace más arduo es precisar es aquello que es, aún hoy. Es siempre teóricamente difícil calificar aquello que siempre aparece en la actualidad, ya que la comprensión necesita de tiempos lógicos que suceden al presente.

A lo sumo, me animaría a elaborar sobre el impacto que tiene en mí al escucharlo hoy, pasado medio siglo de su lanzamiento. Puedo testificar las incalculables incidencias que ha producido en la más vanguardista escena musical contemporánea. También, dar cuenta de las secuelas que ha tenido en la percepción de lo que se considera música –buena música– hoy.

Haré el esfuerzo. ¿Y si describiésemos la interfaz donde este disco se inserta? Podría decir entonces que Tago Mago está en la intersección entre la psicodelia de garaje de los 60 (piénsese en The Monks o el Pink Floyd de Syd Barrett), el proto-punk -entre callejero y mántrico- de Velvet Underground, y las exploraciones sonoras y texturales de la música académica de la época: llámese el avant-garde acústico-electrónico del compositor alemán Karlheinz Stockhausen o el minimalismo neoyorquino de Terry Riley, La Monte Young o Moondog.

La academia de punta y Jimi Hendrix se dan la mano finalmente –una cita muy anticipada por toda la escena musical de la época. En buena medida, Tago Mago es psicodelia sin parangón, radicalizada y sin cura, una psicodelia que se expande a sus anchas en un universo que desquiciará a los mismísimos militantes del space o prog -rock.

Piezas como “Aumgn” o “Peking O” –ambas acid-trips de más de 10 minutos– son el testimonio claro de esa época gloriosa en la que los músicos dejaron de componer música para empezar a descomponerla, esto es: músicos y música fueron un uno indisoluble.

La primera –“Aumgn”, que ocupa el tercer lado al completo– es un abisal discernimiento apenas melódico sobre mantras en que la voz de Damo Suzuki se hace cada vez más bentónica.




Suzuki no oculta su origen asiático, por lo contrario, lo pone de lleno en la mezcla: en sus vocalizaciones se reconocen los bajos registros de los cantos de monjes tibetanos, yendo de la umbra más oscura hacia la luz más resplandeciente, un eclipse solar que dura los 17 minutos totales de la pieza.

Por su lado, la que le sigue -“Peking O”, abriendo el cuarto lado- es un ejemplo de desquiciamiento experimental, comenzado con reverberaciones lisérgicas y cámaras de eco, para luego dar paso a melodías improvisadas y juguetonas, al compás de la caja de ritmos en un órgano frenético.

Ambas piezas nos adentran en las zonas más turbias del álbum (y de nuestra psique).

Pero no todo en este álbum es demencia, en las tres primeras piezas, Can despliega lo que mejor sabe hacer: composiciones llenas de cuerpo y volumen, de pulso impecable –cortesía del único y preciso Jaki Liebeziet– y texturas incomprensibles –magia de un tecladista de múltiples trucos, Irmi Schimdt–,  como para asentarnos en nuestra propia cenestesia.

Paperhouse” es blues proveniente de un planeta muy lejano, quizás la pieza más sólida y compositivamente estructurada de todo el álbum, aunque también anuncia el despegue en esa coda abrasiva al final de la pieza.

En “Mushroom” la batería da todo lo que tiene: suena suculenta en reverberación, y Liebeziet la adorna sin jamás abandonar la matemática.

Mi favorita del disco –“Oh Yeah”– tiene texturas peculiares: una vez que rompe como una tormenta que se aproxima, un teclado analógico acolcha la pieza mientras voces trémulas van en reversa, recurso harto utilizado por la psicodelia.

Uno tiene la sensación de una espiral descendente, pero el que se rinde al remolino de “Oh Yeah” encontrará iluminación.




Dos piezas quedan: una a mitad del álbum, otra lo cierra: “Halleluwah” y “Bring Me Coffee or Tea”.

La primera es un dilatado jam sobre una base rítmica estable, en el cual la banda se toma todo el tiempo para desplegar su know-how: tiene todos los elementos emblemáticos del krautrock.

Jaki Liebeziet y Holger Czukay –bajista teutón por excelencia y antonomasia– hacen de las suyas comandando la bien aceitada máquina Kraut, mientras Michael Karoli –aspirante a Hendrix, aunque anómalo por descarte– y Schimdt añaden las texturas y melodías improvisadas de turno.

Suzuki le apunta al funk –a lo James Brown– sin gran éxito, pero el resultado es tan raro como hermoso.

El álbum cierra con “Bring Me Coffee or Tea”: pieza con título propicio, como para dejar reposar y digerir lo colosal de este álbum.

En el colofón, mitad acústico y mitad analógico, se nos ofrece café o té para traernos de vuelta al suelo, aunque ya nada será igual, no habrá normalidad, y no escucharemos la música de la misma manera.

Nuestros tímpanos serán otros para nosotros mismos.

Tago Mago no es solamente influyente, es un “motivo de composición”, un método, un know-how que toma distintos nombres a lo largo de la historia de la música que le sucedió. “Tago Mago” es, fue y continuará siendo Brian Eno, Public Image Ltd., Talking Heads, The Fall, Talk Talk, Swans, Sonic Youth, Einstürzende Neubauten, The Jesus and Mary Chain, Radiohead, Primal Scream, Tortoise, Godspeed You! Black Emperor, Stereolab, The Flaming Lips, Pluramon, Kreidler, The Notwist, LCD Soundsystem, y la lista sigue sumando como varían los motivos.

Quizás Can haya creado con este álbum algo lo más parecido a un anti-clásico: la escucha de esta creación debe implicar otra re-creación, algo que la retro-activa más allá de su tiempo.

Tago Mago está hoy condenado a ser eternamente actual, esquivo al pedestal de lo clásico. Son pocos los álbumes que entran en esta órbita: 50 años después podemos emitir ese juicio.

José Armando García @garja76


¿Interesado en comprar éste u otro disco de Can, o merchandising? Como un Afiliado de Amazon, recibimos una comisión  por compras realizadas. Gracias

España

Productos de Can en España

Productos de Can en Estados Unidos