Tras Bocanada (1999), Siempre es hoy (2002) y los episodios sinfónicos, con los que Cerati exploró territorios electrónicos, downtempo y experimentales, volvió a las guitarras y al rock más directo
Gustavo Cerati
Ahí Vamos
Sony BMG. 2006. Argentina
El 4 de abril de 2006 era uno de esos días especiales. No era una fecha cualquiera, aunque no hubiera un clima de retorno épico porque Gustavo Cerati se había mantenido muy activo desde la separación de Soda Stereo. Pero, toda nueva obra de Cerati envolvía una alta dosis de interés.
Cerati llevaba años activo, explorando, mutando. Sin embargo, con la perspectiva que da el tiempo, aquel día marcó algo mucho más definitivo: el momento en que su carrera solista encontró su forma más nítida, más directa y, paradójicamente, más perdurable.
Ahí vamos no fue un giro brusco, sino una decantación. Después de sumergirse en la sofisticación electrónica de Bocanada (1999) y en la dispersión experimental de Siempre es hoy (2002), Cerati pareció tomar distancia, ordenar el paisaje y quedarse con lo esencial.
El resultado fue un disco que suena como una afirmación: guitarras al frente, estructuras claras, canciones que respiran sin artificio. Tenía la necesidad de reconectar con la canción rock, recuperar sus influencias juveniles, luego de un cierto cansancio del enfoque digital y la sampledelia.
Desde el arranque, la intención es evidente. “Al fin sucede” y “La excepción” funcionan como declaración estética: riffs precisos, tensión contenida y una energía que remite tanto al rock clásico como a la modernidad alternativa de los noventa. No hay nostalgia, sino apropiación. Cerati no vuelve al rock: lo reinterpreta desde su propio lenguaje.


La producción, compartida con Tweety González y pulida en la ingeniería y mezcla por el venezolano Héctor Castillo, es uno de los grandes logros del álbum. Todo suena en su sitio. No sobra nada. Las guitarras ocupan el centro sin invadir, la base rítmica es firme pero austera, sin exceso de reverb, y la voz aparece más expuesta que nunca. Es un disco que renuncia al exceso para ganar profundidad.
Acompañaron a Cerati, Richard Coleman en guitarras -mano derecha histórica-, Fernando Nalé en un bajo sólido y melódico, la batería precisa y casi minimalista de Fernando Samalea, Leandro Fresco en teclados y texturas, y el mencionado Tweety González en teclados y dirección sonora, una banda pensada para los directos.
Esa claridad sonora encuentra su correlato en las letras. Si en trabajos anteriores Cerati se refugiaba en imágenes más abstractas, aquí opta por una frontalidad inusual. Las canciones hablan de vínculos, de distancia, de pérdidas, pero lo hacen sin esconderse. “Adiós” y “Crimen” son ejemplos paradigmáticos: dos formas distintas de abordar la despedida, una más abierta y ambigua, la otra quirúrgica, casi narrativa.

“Crimen” es acompañada por un videoclíp y sobre él y la canción, Cerati comentó en su momento: “La idea fue del director Joaquín Cambre. La canción ya es de por sí una balada clásica, al estilo ‘rompecorazones’, así que para el video quería desacartonarla un poco para sacarle esa cuestión sufriente. Joaquín dio en el clavo cuando trajo su idea: detective, década del 50, policial negro…Yo ya había pensado algo parecido”.
Además, dijo: “a veces me inspiro en cosas que están fuera del tiempo y lugar. La canción es un rompecorazones de entrada, una especie de puñalada, pero yo estaba en una situación muy feliz. En un momento habla de los celos otra vez y remite a ‘Muchacho celoso’, el tema de John Lennon, que para mí es la canción de amor por antonomasia. Como artista puedo recrear o imaginar una situación, aunque no esté pasando por ella en ese momento. Y me hago carne de eso, porque cuando estoy escribiendo, hay momentos en que hasta se me llenan los ojos de lágrimas«.

En el corazón del disco, “Lago en el cielo” introduce una pausa suspendida. Es una de las pocas concesiones a la atmósfera etérea que había dominado su etapa anterior, pero aquí aparece integrada, como un respiro dentro de un conjunto más terrenal. Suena cercana al shoegaze que tanto influyó en la etapa de Soda Stereo con Dynamo (1992).
Con el tiempo, esa canción adquiriría un peso simbólico inesperado, convirtiéndose en una especie de eco final dentro de su historia en vivo. Fue la escogida para cerrar el inesperado último concierto en Caracas el 15 de mayo de 2010 (leer crónica)

La secuencia del álbum está pensada como un recorrido. Temas como la hipnótica “Caravana” -on un ritmo a lo Neu!– o “Uno entre mil”, con un groove mas relajado con bajo dominante, aportan movimiento y textura, mientras que piezas como “Dios nos libre”, “Otra piel” -especie de dream pop- o “Medium”, conservan vestigios de su faceta más experimental, aunque siempre bajo control, domesticados dentro del formato canción.





Hacia el final, la tensión vuelve a crecer con “Bomba de tiempo”, antes de desembocar en “Crimen”, el gran punto de convergencia entre masividad y sofisticación.
La pieza se mueve entre las primarias influencias de los primeros 80 y la nueva ola de bandas británicas de principio de siglo 21 (Franz Ferdinand, Arctic Monkeys)

El cierre con “Juego de Luna” tiene un aura de nocturnidad psicodélica, casi cinematográfica.

Pero Ahí vamos no es solo un conjunto de canciones bien construidas. Es también el resultado de una dinámica de banda. Coleman, Nalé, Samalea, Fresco y Tweety González, conformaron un núcleo que le dio al disco una dimensión orgánica. Se trata de un álbum pensado para ser tocado, no solo producido.
Participan también los bateristas Emmanuel Cauvet, Bolsa González y Pedro Mocuzza, Flavius Etchetó en efectos vocales (con quien Gustavo habia trabajado como dúo Ocio), Capri en sintetizadores y los coristas Loló Gasparini, Paula Zotalis y Sofía Medrano (quien también aportó ilustraciones)
En lo visual, esa misma idea se refuerza. La portada muestra a Cerati con la guitarra como protagonista, en una imagen sobria, casi austera. No hay concepto recargado ni artificio estético: hay presencia. Es la traducción gráfica de lo que suena. El distintivo diseño gráfico fue de Ezequiel de San Pablo y Angeles Altoe, con ilustraciones del propio Cerati, Altoe, Medrano y Santiago Contreras, y fotos de Germán Sáez, Nora Lezano y Sebastián Arpesella.
La recepción general acompañó. Antes incluso de salir, el disco ya había alcanzado el estatus de platino en Argentina. La gira posterior, extensa y contundente, consolidó ese repertorio en directo y terminó de instalar varias de sus canciones como clásicos inmediatos.
Sin embargo, el verdadero peso de Ahí vamos se revela con los años. No solo porque contiene algunos de los temas más reconocidos de Cerati, sino porque funciona como síntesis. Es el punto donde convergen el compositor, el productor y el guitarrista, sin que ninguno eclipse al otro.
Escuchado hoy, a dos décadas de su publicación, el disco conserva una cualidad difícil de lograr: suena actual sin haber perseguido la actualidad. Tal vez porque no intentó ser otra cosa que un conjunto de buenas canciones, bien tocadas, bien producidas y dichas con claridad.
Ahí vamos fue, sin proponérselo, una forma de permanencia. Un paso firme que terminó siendo, también, una huella.
Juan Carlos Ballesta
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