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★ Blackstar: David Bowie y el arte de despedirse sin desaparecer

David Bowie Blackstar

El 8 de enero de 2016, día de su cumpleaños 69, David Bowie publicó ★ Blackstar, su vigésimo sexto y álbum final en estudio. Dos días después, el mundo despertó con la noticia de su muerte

David Bowie
Blackstar

ISO/RCA. 2016. Inglaterra

Look up Here, man, I´m in Heaven” (“Mira hacia arriba, estoy en el cielo”), son las primeras palabras de “Lazarus”, que para una gran mayoría pasaron desapercibidas.

El videoclip de “Lazarus” lo mostraba acostado, enfermizo, con una venda tapando parte del rostro incluyendo los ojos. El mensaje estaba claro, pero solo lo entendimos el 10 de enero de 2016 -dos días después del lanzamiento de este álbum-, cuando amanecimos con la desconcertante noticia de su muerte mientras aún saboreábamos las siete intensas canciones que componen Blackstar.

La canción podría ser entendida como una resurrección artística -una más- en la extensa carrera de David Bowie en la que pasó de ser el andrógino Ziggy Stardust al enigmático y críptico cantautor del siglo 21, pasando por las fases del Thin White Duke en la que exploró con el soul, el góspel y el funk (Young Americans, 1975), los experimentos con Brian Eno en la trilogía berlinesa (Low, Heroes, Lodger) a finales de los 70, la exitosa era funky en los 80 con Let’s Dance, la etapa rockera con Tim Machine y la era industrial y drum ‘n bass en los 90 con Outside (1995) y Earthling (1997)

Entre ambas fechas -vertiginoso período de apenas dos días- se abrió un espacio simbólico extraño, casi irreal: un disco nuevo convertido instantáneamente en testamento, una obra pensada para el presente que pasó a leerse desde el futuro. No fue un giro dramático impuesto por la biografía, sino una clave de lectura activada por el propio Bowie.

Blackstar no es un álbum póstumo propiamente: es un disco consciente de su propia condición final. El sobrio diseño de arte de Jonathan Barnbrook contribuye grandemente a introducirnos en el universo de estas siete piezas.

Desde sus primeras escuchas, quedaba claro que Bowie no buscaba la nostalgia ni el cierre amable. No hay aquí recapitulación de estilos, ni guiños tranquilizadores al pasado glam, soul o berlinés.

Al contrario: Blackstar es uno de los discos más radicales de toda su carrera, un trabajo que se adentra en el jazz contemporáneo, la abstracción lírica y la fragmentación narrativa como si el artista, lejos de replegarse, decidiera avanzar un paso más allá del lenguaje que dominaba.

El sonido de Blackstar como territorio liminal

El punto de partida de Blackstar no es el rock, sino el jazz experimental neoyorquino. Bowie reclutó al saxofonista Donny McCaslin y a su banda tras escucharlos en directo, atraído por su aproximación libre, nerviosa y poco complaciente.

Esta banda, conformada por Jason Lindner (teclados), Ben Monder (guitarra), Tim Lefebvre (bajo), Mark Guiliana (batería), James Murphy (percusión), ajena a las formaciones de rock tradicionales, le dio un pulso expresionista al álbum

El resultado fue un álbum donde la estructura tradicional de la canción se diluye: los temas se transforman internamente, mutan de tempo, cambian de centro emocional. No hay estabilidad; todo está en tránsito.

La producción, a cargo de Tony Visconti, evita cualquier tentación de grandilocuencia. El sonido es seco, físico, cercano, casi clínico. Cada respiración, cada ataque del saxo, cada silencio, pesa. Blackstar no suena a despedida solemne, sino a vigilia: ese estado intermedio entre la conciencia y el sueño en el que el tiempo parece suspenderse.

De acuerdo a Visconti (con quien Bowie trabajó en su influyente y controversial período de los años 70), el álbum fue influido por Kendrick Lamar, el dúo electrónico Boards of Canada y el grupo experimental de hip hop Deaths Grip, y fue concebido por su autor como su canto del cisne y como un último regalo para sus fans.

De la celebración que significaba la aparición de un nuevo trabajo en estudio, a la postre el vigésimo sexto y último, se pasó de la sorpresa a inmediata tristeza, cuando apenas estábamos digiriéndolo.

Blackstar ha quedado indisolublemente asociado a la despedida de Bowie, quien -se supo después- estuvo luchando 18 meses contra un cáncer. Cuesta imaginar el esfuerzo que tuvo que hacer para llegar al día de su cumpleaños 69 y lanzar el álbum. Hasta en la forma de morirse, supo hacerlo artísticamente.

El disco comenzó a concebirse en las postrimerías de The Next Day (2013), el disco que lo devolvió al primer plano tras el silencio que siguió a la gira “A Reality Tour” en 2004, una pausa consecuencia de un infarto sufrido esos días que obligó a cancelar las últimas doce fechas.

Esa circunstancia hizo que David Bowie replanteara sus actividades futuras. En 2013 había manifestado su deseo de no presentar aquel disco en vivo, lo que ratificó en 2015 afirmando su intención de retirarse de los escenarios.

Canciones como estaciones de un ritual

La canción que da título al álbum, “Blackstar”, funciona como un portal de bienvenida. Una bienvenida críptica e inquietante. Sus casi diez minutos articulan un viaje en tres actos: lo ritual, lo narrativo y lo melódico. El tema sienta las bases del sonido, con momentos de cierta claustrofobia pero también con pasajes liberadores

Bowie canta desde una voz que no es exactamente la suya —un narrador desplazado, quizá ya fuera del cuerpo— y se presenta como algo distinto: no una estrella brillante, sino una estrella negra, un objeto colapsado cuya gravedad lo absorbe todo.

Aquí, la identidad deja de ser fija y se convierte en proceso.

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El álbum contiene dos potentes temas (“Sue (Or in a Season of Crime)” y “‘Tis a Pity She Was a Whore”) que fueron lanzados como singles banderas del compilado Nothing Has Changed (2014) y aquí regrabados con el saxo de Donny McCaslin en lugar del que tocó Bowie.

Ambas introducen un clima de violencia emocional y ambigüedad moral. Son canciones que no explican: insinúan. Las letras funcionan como fragmentos de relatos rotos, escenas incompletas donde la culpa, el deseo y la pérdida se cruzan sin resolución. Bowie no juzga ni se confiesa; observa.

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Lazarus” por su parte es probablemente el momento más revelador y sobrecogedor. Es el núcleo emocional del álbum, pero no en el sentido sentimental. Su fuerza reside en la contención.

Look up here, I’m in heaven” no suena a consuelo, sino a constatación. Bowie se sitúa ya en otro plano, habla desde un lugar donde el cuerpo ha dejado de ser el centro. El famoso vídeo, con el músico vendado y recluido, no representa la muerte como tragedia, sino como escenografía final: una última performance.

Al final del video se introduce en un armario y cierra las puertas, desapareciendo para siempre.

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Girl Loves Me” es la canción más desconcertante y, en muchos sentidos, la más radical de Blackstar. No es un tema accesorio, sino el corazón opaco del disco, el lugar donde Bowie lleva más lejos su ruptura con el lenguaje, la identidad y el tiempo

Si Blackstar es un disco sobre el tránsito, “Girl Loves Me” es el momento exacto en el que el lenguaje —último refugio del yo— comienza a descomponerse. Musicalmente, el tema avanza con un pulso marcial, casi hipnótico, sostenido por una base rítmica pesada y amenazante de Mark Guiliana. No hay melodía confortable: la voz de David Bowie se arrastra, se encrespa, se vuelve áspera, como si el propio acto de cantar requiriera un esfuerzo físico extremo.

Pero es en la letra donde la canción se convierte en una anomalía inquietante incluso dentro del universo bowiano. Bowie canta en una mezcla de nadsat —el argot ficticio de La naranja mecánica de Anthony Burgess— y polari, una jerga británica marginal asociada históricamente a comunidades homosexuales perseguidas. No es una elección estética arbitraria: son lenguajes cifrados, nacidos para sobrevivir en la sombra, para decir sin ser comprendidos del todo.

El resultado es una canción que se niega a ser entendida de forma inmediata. El oyente reconoce palabras sueltas, cadencias familiares, pero el sentido se escapa. Es como escuchar a alguien hablar desde un estado alterado de conciencia: sueño, enfermedad, agonía o tránsito.

Aquí, Bowie parece plantear una pregunta brutal: ¿Qué ocurre cuando el lenguaje —ese instrumento que hemos usado para construir nuestra identidad— deja de servirnos?

Girl Loves Me” no comunica: balbucea. Y en ese balbuceo hay algo profundamente humano. La canción suena como el momento en que el yo empieza a disolverse, cuando las palabras ya no alcanzan para ordenar la experiencia. En este sentido, es el contrapunto perfecto a “Lazarus”: si aquella miraba hacia arriba, esta mira hacia dentro, hacia el colapso interno.

El título, aparentemente sencillo —Girl Loves Me—, introduce una ironía devastadora. En medio de una letra críptica, violenta y fragmentada, esa frase funciona como un ancla mínima, casi infantil: alguien me ama. Quizá el último pensamiento coherente antes de que todo se vuelva ruido. Quizá una afirmación desesperada de existencia cuando el mundo ya no responde.

En la arquitectura del álbum, “Girl Loves Me” ocupa un lugar crucial: es el punto de máxima oscuridad, el instante previo a la melancolía de “Dollar Days” y a la aceptación final de “I Can’t Give Everything Away”. No es casual que muchos oyentes la encuentren incómoda o incluso impenetrable: Blackstar exige atravesarla, no comprenderla del todo.

Vista en conjunto, “Girl Loves Me” revela hasta qué punto Bowie llevó su despedida más allá de lo narrativo o lo simbólico. No se limitó a hablar de la muerte: ensayó cómo suena el mundo cuando el yo empieza a apagarse. Pocos artistas han tenido el coraje de llevar su obra hasta ese lugar incómodo, donde ya no hay claridad ni mensaje, solo restos de significado flotando.

Si Blackstar es un epitafio, “Girl Loves Me” es la grieta en la lápida: el lugar donde el nombre empieza a borrarse, donde el lenguaje deja de fijar y empieza a deshacerse

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La canción más sosegada es “Dollar Days”, en la que también destaca el saxo. La pieza introduce una melancolía más reconocible, casi clásica. Aquí aparece, por fin, el Bowie que mira atrás, aunque lo hace sin nostalgia. La canción habla de finales, de imposibilidad, de aceptar que ciertas cosas no se pueden retener. Es un tema sobre el tiempo, pero también sobre el lenguaje: sobre lo que ya no alcanza a decirse.

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I Can’t Give Everything Away” es un cierre perfecto, con un ambiente de melancolía y la magnífica guitarra de Ben Monder que recuerda a Robert Fripp.

Esta canción es quizá el gesto más honesto de todo el álbum. Bowie no promete revelación total ni transparencia final. Incluso en la despedida hay reserva, misterio, límites. El artista que pasó toda su carrera multiplicando identidades se marcha sin fijar una definitiva.

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Un epitafio que no se inmoviliza

Considerar Blackstar como un epitafio no implica reducirlo a documento biográfico. Su grandeza reside precisamente en lo contrario: en que no se deja clausurar por la muerte.

Bowie no convierte su final en mito sentimental, sino en problema artístico. ¿Cómo sonar cuando ya no se pertenece del todo al presente? ¿Cómo escribir canciones cuando el yo se está disolviendo?

La respuesta de Blackstar no es el silencio, sino la experimentación. Hasta el final, Bowie eligió el riesgo. Y quizá ahí radique su legado más profundo: no en haber previsto su muerte, sino en haberla integrado en una obra que sigue interrogando, incomodando y expandiéndose con cada escucha.

Diez años después, Blackstar no se siente como un cierre, sino como un cuerpo celeste todavía activo, cuya gravedad sigue afectando a todo lo que gira a su alrededor.

Juan Carlos Ballesta


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