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On An Island: el magistral retorno de David Gilmour

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David Gilmour On An Island

El 6 de marzo de 2006 se produjo el esperado regreso al mundo discográfico del guitarrista de Pink Floyd con un grandioso tercer álbum solista

David Gilmour
On An Island

EMI / Columbia. 2006. Inglaterra

El 6 de marzo de 2006, a los 60 años cumplidos ese mismo día, David Gilmour regresó al ruedo con su primer disco solista en 22 años y el primero desde The Division Bell (1994) de Pink Floyd.

La ruptura de ese largo silencio discográfico no podría haber sido mejor.

On An Island es un disco elegante, con estupendos arreglos y sobrado buen gusto, para el cual se rodeó de muchos músicos amigos.

La emergencia de Gilmour

Cuando en 1968 la personalidad de Syd Barrett -un genio lunático- se hizo inmanejable para los tres restantes miembros de Pink Floyd, la figura de un modesto joven guitarrista cercano a la banda emergía como candidato a sustituirlo.

El disco debut de Pink Floyd, The Piper at The Gates of Dawn (1967) se había convertido en el pináculo de la psicodelia pop y Barrett en un personaje clave del “Swinging London”, lleno de carisma y talento.

Sin embargo, su afición a las drogas duras eclipsaron su inmensa creatividad y lo llevaron a un peligroso limbo en el cual permaneció hasta su muerte, el 7 de julio de 2006, unos meses después de la publicación de On An Island. Aunque él era el principal cerebro, el seno del grupo atesoraba a otros dos compositores: Richard Wright (teclados) y, sobre todo, Roger Waters (bajo, voz). Pero todavía faltaba otra importante arista dentro de la banda.

David Gilmour fue la opción natural, dada la amistad que los unía desde la infancia. Ocupar el rol de nuevo guitarrista en una banda que en poco más de un año se había colocado en el epicentro de la escena pop británica, no era tarea fácil. Gilmour poseía otras facultades, otro estilo.

Su voz tampoco era la de Syd, pero era más que aceptable. Más sosegado, más técnico, menos confrontacional, pero con sobradas ideas que aportar, desde aquellos psicodélicos y arriesgados A Saurceful of Secrets (1968) y Ummagumma (1969), David se tornó en un pieza clave en el engranaje de Pink Floyd.

La historia se encargó de consolidarlo como uno de los más grandes guitarristas de nuestra era. En aquellos primeros años, fue además el protector de Barrett y el impulsor de su malograda carrera como solista, la cual arrojó dos discos y una serie de piezas inconclusas.

David vs. Roger

La ascendente carrera de Pink Floyd la convirtió en una de la más importantes bandas del planeta, un estatus que han sostenido hasta hoy a pesar de la producción de nuevo material durante el último cuarto de siglo ha sido inexistente. El único disco en estudio publicado, The Endless River (2014) se compone de retazos y grabaciones inconclusas de la era de The Division Bell.




Quizás el más importante mérito de PF consiste en aglutinar en torno a su música a varias generaciones, algo que pocos grupos han podido lograr. Esa circunstancia los ha mantenido en primer plano prácticamente desde sus inicios, por lo cual cada movimiento que realizan sus integrantes o cualquier rumor sobre una posible reunión o nuevo disco produce un inmenso revuelo entre la legión de fans.

Como corresponde a toda gran banda que agrupa a varios músicos de talento y personalidad, la batalla por el liderazgo comenzó muy rápido, incluso en el período de grabación de The Dark Side of The Moon (1973), el emblemático trabajo que más tiempo ha permanecido en las listas de ventas y que muchos tienen en su colección, aún sin ser fans de la banda.

Tras la salida de Barrett, Roger Waters se había convertido en el principal letrista, así como en el que más composiciones aportaba a cada álbum. Gilmour, y en menor grado Wright, funcionaban como el contrapeso.

Con Wish You Were Here (1975) el grupo logró otro de sus pináculos, motivado por la eterna presencia de Syd, pero fue la última producción en la que funcionaron como un verdadero grupo.

A partir de Animals (1977), Waters, a sangre y fuego, se adueñó del grupo, dejando poco margen de maniobra a sus tres compañeros. Solo Gilmour pudo mantener sus importantes aportes musicales, aunque ya minimizado como compositor. Quizá por ello, David decidió abrir una válvula de escape editando su homónimo debut como solista en 1978.

El momento álgido del centralismo ocurrió con el ambicioso The Wall (1979), fruto de los tormentos y fantasmas acumulados por Waters desde su niñez. El siguiente disco, The Final Cut (1983) fue casi un trabajo solista de Waters, lo que finalmente desembocó en una lacrimógena y agria ruptura que lo alejó del grupo y dejó en manos de Gilmour y Mason el nombre de Pink Floyd.

Gilmour, antes de reflotar al nuevo Pink Floyd con A Momentary Lapse of Reason (1987), publicó About Face (1984), que permaneció como su último testimonio solista hasta la aparición de On An Island.




La banda continuó más como una corporación que como un grupo cohesionado, con una exigua producción musical. Desde The Division Bell (1994) no hubo más señales de nuevo material, y el único acontecimiento relevante fue la circunstancial reunión en 2005 -incluyendo a Waters- para el concierto benéfico Live 8, que hizo renacer las esperanzas de una definitiva reunión, tema que ellos se encargaron de evadir.

Como ha ocurrido con otras bandas, la sinergia entre sus miembros ha producido discos invaluables cuando trabajan juntos. Pero ni Waters, ni Gilmour, ni el fallecido Wright, han podido desarrollar en solitario carreras consistentes, mientras sus presentaciones siempre se apoyan en material grabado con Pink Floyd.

Paradójicamente, el mejor trabajo solista lo produjo el baterista Nick Mason con Fictitious Sports (1981), un puñado de canciones muy alejadas de la sombra matriz de PF y más cercanas a la estética del jazz-rock británico de vanguardia.

Mientras Waters se aventuró con la composición de Ca Ira (2005), un ambicioso oratorio basado en la primera fase de la Revolución Francesa, David Gilmour, tras una moderada actividad musical que lo llevó a colaborar, entre otros, con Paul McCartney, The Pretty Things, Robert Wyatt, Phil Manzanera y Kate Bush, finalmente decidió regresar al ruedo con On An Island, un lanzamiento que acompañó con una pequeña pero muy exitosa gira por Europa y Norteamerica.

On An Island: el retorno del gigante

A Gilmour hay que endosarle muchas cosas positivas. Su talante amigable y su estilo inconfundible con la guitarra lo ayudan. A los 62 años todavía podía darse muchos lujos musicales, entre ellos invitar a sus amigos para que participen en su primer disco en más de dos década.

También a su esposa Polly Samson, quien coescribe 6 de las 10 piezas y toca piano en algunas. A pesar del silencio tan prolongado, no cabía esperar una ruptura pero si un trabajo de altura. Afortunadamente On An Island es un disco estupendo, muy inglés, lleno de agradables atmósferas melancólicas, ritmos sosegados, elegantes arreglos y prístinos solos de guitarra.

El disco abre con “Castellorizon”, una pieza en la que la guitarra de David es arropada por una orquesta. Un comienzo impresionista que da paso al titulo homónimo, una excelente balada de amor con órgano Hammond de Richard Wright , bajo de Guy Pratt, batería de Andy Newmark, teclados de Chris Thomas, y las inconfundibles armonías vocales de David Crosby y Grahan Nash.

The Blue” es un delicado tema que a ratos recuerda al disco Meddle (1971), gracias al órgano de Chris Stainton, los pianos de Polly Samson y Jools Holland, la espacial guitarra de David y la voz de Wright.

La tónica envolvente cambia con “Take a Breath”, seis dramáticos minutos, quizás los más rockeros del disco, con la aparición por primera vez de Phil Manzanera en la guitarra, Leszek Możdżer en el piano y Ged Lynch en la batería.

Aparece entonces “Red Sky At Night”, un corto instrumental en el que Gilmour sorprende con un solo de saxo, acompañado de Caroline Dale en el chelo y Chris Lawrence en el contrabajo.

El lado B lo abre “This Heaven”, un inspirado blues conducido por la batería de Andy Newmark, el órgano de Georgie Fame y en Manzanera en este caso en los teclados.

La siguiente pieza, “Then I Close My Eyes”, es quizás la joya de la corona, con la presencia siempre valiosa del versátil Robert Wyatt en la percusión, la trompeta y la voz casi en susurro, envuelta a su vez por el delicado cello de Caroline Dale y las guitarras de B.J Cole y el propio autor.

El estilo vocal de Wyatt influencia a Gilmour en “Smile”, una composición de aroma rural que enamora y en la que solo participan, además de Gilmour, Willie Wilson en la batería y Polly Samson en la voz

En “A Pocketful of Stone” de nuevo toman protagonismo las cuerdas y la guitarra, y en ella participan varios de los músicos invitados como Lawrence, Thomas, Możdżer, y también Lucy Wakeford en el arpa y Alaisdair Malloy en la armónica de vidrio.

La pieza final, “Where We Start”, solo con la participación de David y Andy Newmark, coloca la guinda a este disco seductor y decididamente romántico.

Con David Gilmour no cabía esperar estridencias, sino gentileza y buen gusto. Este es un disco atemporal, que no pretendía remover las estructuras de la música pop pero si probablemente algunos corazones. Pasado el tiempo, queda claro que lo ha conseguido.

Juan Carlos Ballesta


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