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Adiós a John Lodge, el arquitecto melódico de los Moody Blues

El músico inglés, pieza fundamental de The Moody Blues, falleció a los 82 años dejando una obra fabulosa que comenzó con el legendario disco Days of Future Passed en 1967


Murió rodeado de música. En su habitación sonaban Buddy Holly y The Everly Brothers, los mismos ecos de juventud que lo habían empujado a coger una guitarra en los años 50. Así se fue John Lodge, el bajista, cantante y compositor inglés que dio cuerpo y corazón al sonido de The Moody Blues, una de las bandas más visionarias del rock británico.

Tenía 82 años, y todavía parecía vivir “a diez mil años luz de aquí”, como tituló uno de sus últimos discos.

Juan Carlos Ballesta

 

El joven de Birmingham que soñaba con las estrellas

Nació en Erdington, un barrio obrero de Birmingham, en 1943. Inglaterra salía de la guerra, y la música se convertía en un salvavidas: los discos de Buddy Holly, Jerry Lee Lewis y Little Richard llegaban a los suburbios con la energía de una revolución. Aquel muchacho rubio, de sonrisa tímida y alma metódica, estudió ingeniería, pero su mente orbitaba en otra frecuencia.

Con su amigo Ray Thomas formó una de esas bandas adolescentes que imitaban a los pioneros del rock’n’roll. Nadie podía imaginar que, pocos años después, ambos serían parte de una de las aventuras más poéticas y ambiciosas del rock británico.

El nuevo comienzo de The Moody Blues

Cuando John Lodge entró en The Moody Blues en 1966, sustituyendo a Clint Warwick, la banda estaba al borde del colapso. El éxito de “Go Now” había quedado atrás, y el R&B inicial se había agotado. Con la llegada de Lodge y Justin Hayward (quien sustituyó a Denny Laine), el grupo cambió de piel: pasaron del ritmo crudo a un sonido orquestal, introspectivo, con toques folk y psicodélicos, lleno de resonancias cósmicas y literarias.

El primer fruto de esa metamorfosis fue Days of Future Passed (1967), una obra maestra que fusionó rock y orquesta sinfónica, anticipando el rock sinfónico y progresivo antes de que existiera el término. El bajo de Lodge era ya el sostén firme de aquella arquitectura sonora, además de aportar el tema “Lunch Break: Peak Hour” y “(Evening) Time to Get Away




A partir de ahí, su voz empezó a oírse —y su pluma también. “Ride My See-Saw”, “House of Four Doors” (partes 1 y 2) de la magna obra In Search of the Lost Chord (1968) fueron su declaración de principios: una ráfaga de energía, una celebración del movimiento perpetuo.

Luego llegaron joyas como “Send Me No Wine” y “To Share Our Love” del magnífico disco On the Threshold of a Dream (1969); “Eyes of a Child” (partes 1 y 2), “Candle of Life” y “Out and In” (compuesta junto a Mike Pinder) de To Our Children’s Children’s Children (1969); “Tortoise and the Hare” y “Minstrel Song” de A Question of Balance (1970); “Emily’s Song”, “One More Time to Live” y la composición grupal “Procession”, de Every Good Boy Deserves Favour (1971).




El último de aquella maravillosa seguidilla de discos fue el disco Seventh Sojourn (1972) para el cual Lodge aportó dos magníficas composiciones: “Isn’t Life Strange” y “I’m Just a Singer (In a Rock and Roll Band)”.

Tras él sobrevino un silencio de la banda que se extendió hasta Octave (1978), disco para el cual aportó “Steppin’ in a Slide Zone” y “Survival”.

Fue lo último con Mike Pinder y ya nada fue igual para The Moody Blues, cuyo sonido cambió notablemente en los años por llegar.




Lodge hizo importantes contribuciones en todos los discos que siguieron, incluso en mayor cantidad: Long Distance Voyager (1981), The Present (1983), The Other Side of Life (1986), Sur Le Mer (1988) -que conforman la etapa ochentera con el teclista suizo Patrick Moraz-, Keys of the Kingdom (1991), Strange Times (1999) y December (2003)

La banda mantuvo actividades en los escenarios hasta 2008, después de lo cual Lodge siguió tocando el material de los Moody Blues bajo el nombre de

El equilibrio entre el cielo y la tierra

Lodge siempre fue el equilibrio dentro del universo Moody Blues: el ingeniero que entendía la estructura detrás de la emoción. Mientras otros se perdían en los laberintos filosóficos de la psicodelia, él sostenía el ritmo con precisión y elegancia, recordando que la belleza necesitaba una base sólida.

Su sonido era inconfundible: un bajo melódico, casi vocal, que tejía puentes entre las secciones orquestales, el Mellotron de Mike Pinder, las flautas de Ray Thomas, las guitarras de Justin Hayward y las armonías vocales.

En directo, su presencia era serena pero magnética: la de un músico que tocaba con la concentración de un relojero y la pasión de un creyente.

El eterno compañero

A lo largo de más de medio siglo, John Lodge y Justin Hayward formaron una de las sociedades creativas más estables del rock británico. Juntos grabaron Blue Jays (1975), un álbum íntimo y luminoso, y compartieron la responsabilidad de mantener vivo el nombre de los Moody Blues en décadas menos propicias para el sinfonismo.




En 1977, antes de la reunión de los Moody, Lodge publicó su primer álbum solista, Natural Avenue, con la distintiva portada de Roger Dean. A pesar de que lo merecía, no fue un trabajo bien recibido, ya que la explosión punk eclipsó este y muchos otros trabajos.

Mientras el mundo cambiaba, Lodge seguía escribiendo canciones sobre la esperanza, la búsqueda interior, el tiempo y la fe. Incluso en sus últimos discos —10,000 Light Years Ago (2015), B Yond (2019)— se percibía la misma curiosidad cósmica que en los años sesenta, pero filtrada por una sabiduría serena.

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El músico que no dejó de mirar hacia arriba

En 2018, cuando los Moody Blues fueron incluidos en el Rock and Roll Hall of Fame, John Lodge subió al escenario con una sonrisa humilde. Dijo que el verdadero premio era “haber compartido una vida entera haciendo música con mis amigos”. Y esa fue siempre su esencia: un hombre que veía la música como una extensión natural de la amistad, la búsqueda y la fe.

Nunca fue una estrella de escándalos ni de titulares. Su fama era silenciosa, como su bajo: imprescindible, pero nunca estridente.




Lodge: un eco que no se apaga

El 10 de octubre de 2025, su familia anunció que John Lodge había muerto “rodeado de sus seres queridos y de la música que amaba”. Hay algo poéticamente justo en esa escena: el músico que había pasado su vida entre acordes y armonías, despidiéndose acompañado por el sonido que lo inició todo.

Su obra queda como un mapa estelar de una época en que el rock se atrevió a soñar con el infinito. Lodge se une a sus amigos Ray Thomas, Graeme Edge y Mike Pinder, en los Moody Blues del más allá

Y en algún lugar, entre el rumor de un bajo y un acorde suspendido, sigue resonando su pregunta más bella:

Isn’t life strange?

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