A finales de 1977 se cerraba el más emblemático período de Tangerine Dream con un doble álbum capturando en vivo toda la magia del trío Froese-Franke-Baumann
Tangerine Dream
Encore
Virgin Records. 1977. Alemania
Durante los meses de abril y mayo de 1977, la agrupación berlinesa se embarcó en un ambicioso tour por ciudades de Norteamérica, siendo sus primeros conciertos en América desde su formación.
Era un momento de especial relevancia para Tangerine Dream luego de una ascendente carrera desde la publicación de Phaedra en 1974, el primer disco con el sello Virgin Records que dio un vuelco a su carrera.
Los discos que siguieron, Rubycon (1975), Ricochet (1975) -parte del cual fue grabado en directo-, y Stratosfear (1976), habían dejado sembrado una gira que exigía grandes retos en el plano técnico.
También, en aquel año 1977, Tangerine Dream publicaba Sorcerer (1977), que iniciaba la fructífera lista de soundtracks.
El trío conformado por el fundador Edgar Froese, Chris Franke y Peter Baumann, cerraba un maravilloso y paradigmático ciclo comenzado con el tercer disco, Zeit (1972), dejando para la historia una discografía única y definitiva en la construcción de un nuevo modelo esencial en la creación de la música electrónica moderna.
Los años 70 fueron el pináculo de la tecnología analógica y TD, desde que firmó con Virgin, tuvo acceso al equipamiento más avanzado. Algunos fabricantes daban el privilegio al trío para ser los primeros en probar determinados diseños, e incluso sugerir mejoras.
Para la gira que dio como resultado el doble álbum Encore, tal como se aprecia en las fotos internas de Monique Froese, la parafernalia instrumental fue realmente impresionante. Lo interesante es que cada concierto era distinto y reproducir en directo las grabaciones de estudio era casi imposible y solo era posible generar ciertos patrones y sonidos, cuyos presets generalmente se apuntaban o se registraban en fotos.
Es así como las cuatros piezas que componen Encore (una por cada lado) no contienen casi ningún rastro de álbumes anteriores. Solo en tiempos recientes, las formaciones recientes se han atrevido a interpretar algunos de aquellos temas clásicos de los 70 y principios de los 80.
Las labores de producción, ingeniería de grabación, mastering y mezcla se las repartieron entre los tres. La parafernalia instrumental incluyó varios de los sintetizadores más emblemáticos de los 70 de las marcas Moog (dos Modular Synthesizer), Oberheim (Four Voice, OB-1), ELKA (dos Rhapsody 610 String Machine), ARP (dos Pro Soloist, Omni), EMS Vocoder, además de tres Mellotron (V, dos M400), piano eléctrico Fender Rhodes, Steinway Grand Piano y la clásica guitarra eléctrica de Froese, habitualmente una Gibson Les Paul.
Mención aparte los secuenciadores que a partir de Phaedra pusieron el sello distintivo al sonido de Tangerine Dream y que para 1977 eran el “state of the art” del fabricante Projekt Elektronik, cada músico con uno en su poder. En el caso de Baumann, también dispuso de un Modular Synthesizer de Projekt Elektronik, en lugar del clásico de Moog que usaron Froese y Franke.
Las cuatro piezas que se despliegan en cada lado del doble LP brillan con luz propia.
“Cherokee Lane” comienza con una cósmica introducción de casi cuatro minutos, hasta que irrumpe el primer secuenciador envuelto en un colchón de melotrones y sintes. Al minuto 7 se produce la apoteósis secuencial y a partir de ahí la pieza nos hipnotiza, lo cual se refuerza con la melodía que irrumpe hacia el minuto 10, hasta que lentamente se va desvaneciendo.
Durante el tema se escuchan algunos sonidos que habían dejado entrever en el soundtrack Sorcerer.
El sonido del piano Steinway da inicio a “Monolight”, pieza grabada en Northwest, Washington. Al minuto tres, un cruce de sonidos sirve de preámbulo para una caja rítmica sobre la cual el trío desarrolla uno de los pasajes más ensoñadores que hasta ese momento se conocieran en su discografía, con cierta similitud a Vangelis.
A partir del minuto 8 surgen los secuenciadores y los sintes comienzan un subyugante diálogo que se extiende hasta el minuto 17. Los dos minutos finales los protagoniza de nuevo el piano, está vez de forma pausada.
“Coldwater Canyon” protagoniza el tercer lado. De los cuatro, es el más rítmico y a lo largo de buena parte de su desarrollo destaca la guitarra eléctrica, así como una serie de sonidos de carácter cósmico.
“Desert Dream” es lo contrario. Su desarrollo es principalmente atmosférico, recordando a Ypsilon in Malaysian Pale (1975) de Edgar Froese y por supuesto a Phaedra (1974) y Rubycon (1975), obras maestras de la electrónica cósmica.
Con este cierre el vuelo sin retorno se garantiza
Encore capturó en todo su esplendor todas las variantes del sonido que Tangerine Dream había desarrollado y llevado a cotas insospechadas de emotividad usando solo los más avanzados recursos tecnológicos de la era analógica, la cual, sin duda, se encontraba en su mejor momento, aunque paradójicamente, cerca de ser arrasada por la llegada de la tecnología digital
Juan Carlos Ballesta
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