La distintiva voz de la emblemática banda prog británica, Gentle Giant, y ejecutivo discográfico de éxito, lanza su fantástico libro de memorias
In a Glass House: Derek Shulman en su Casa de Cristal
El primer disco de Gentle Giant que compré y escuché con aplicación y fervor de principiante fue In A Glass House. Este disco salió en 1973 pero fue unos cinco o seis años más tarde cuando llegó a mis manos, estando yo en los primeros años de la universidad.
Todas mis nuevas experiencias de ese inolvidable período de la vida están de alguna manera asociadas a la música que estaba descubriendo (nos pasa a todos), y ese extraño disco (extraño incluso en el contexto de la corriente progresiva que hacía furor en la primera mitad de la década de los 70) dejó una marca indeleble en mis recuerdos de aquella época.
Vuelto a escuchar hoy, me sigue produciendo unas sensaciones que son difíciles de definir, muy peculiares, pero que en todo caso están entre las mejores cosas que me han pasado, porque ese disco me abrió el camino para descubrir la increíble e insólita discografía de esta banda única.
¿Por qué digo todo esto para comenzar esta reseña? Porque ha sido una fortuna leer, después de casi 50 años, lo que Derek Shulman, líder de Gentle Giant —que no su principal creador, rol que tras bambalinas ejercía más bien su hermano Ray Shulman, lamentablemente fallecido hace dos años—, tiene que decir sobre ese disco con el que siempre tuvo una relación problemática —por las cosas que estaban pasando dentro de la banda, entre ellas la partida reciente de su hermano mayor Phil, que Derek nunca pudo digerir sino hasta después de muchos años—, pero que una vez que pudo hacer las paces con él —con el disco, me refiero— le deparó una de las grandes satisfacciones de su vida.
Ese proceso mental y emocional de reconciliación le ha tomado toda una vida (“…and only then I see that the Glass House is just for me…”), pero al cabo de los años ha logrado plasmarlo en el papel y su descripción ha dado lugar a algunas de las mejores páginas de este libro, unas páginas que son una celebración de su vida cuando llevaba puesta la máscara de artista y creador al lado de sus hermanos y compañeros en Gentle Giant, por encima de la vida, también satisfactoria a su manera pero quizás menos intensa, cuando llevaba la máscara de ejecutivo musical.
Tan es así que ya el encuentro con esas páginas justifica la lectura del libro, al menos para este servidor.
Three brothers + Three Friends
Una breve presentación. De los tres hermanos que formaron parte de Gentle Giant, Derek, el intermedio, era la voz cantante y el que en un momento dado se perfiló como el líder de la banda. El mayor, Phil, quien según Derek siempre tuvo una vocación más bien académica, dejó la banda después del cuarto disco, Octopus (1972), y tuvo una responsabilidad importante en la confección de las letras de los primeros discos, con temas asociados a sus lecturas de Rabelais, Camus y otros.
Pero el cerebro detrás de la operación, el principal generador de las ideas y composiciones musicales era el hermano menor, Ray, él y Kerry Minnear, el teclista, que al igual que Ray venía de tener una formación académica en conservatorios de música. Ray, por cierto, hubiera podido hacer carrera como violinista en orquestas sinfónicas, pero eligió el camino de músico de rock.
Toda esta historia sobre los orígenes de los miembros de la banda está contada en el libro, aquí ofrezco simplemente una pequeña síntesis para el lector no familiarizado. Síntesis que quedaría incompleta si dejo de mencionar a los otros integrantes de una banda acoplada como pocas, donde varios de sus integrantes eran multi instrumentistas. Ya mencioné a los tres hermanos Shulman: Phil (saxofón, trompeta), Derek (voz principal) y Ray (bajo, violín, guitarra, voz), y a Kerry Minnear (teclados, voz). Faltaban dos: Gary Green (guitarra principal, instrumentos de vientos, voz), y el tercer baterista de la banda, el que terminó por solidificar y redondear el sonido de Gentle Giant, John Weathers.
Una carrera corta y un recomienzo
Gentle Giant comenzó su carrera en 1970 con la publicación de su primer disco homónimo, Gentle Giant. Entre 1970 y 1980 publicaron once discos en estudio y uno en vivo, una productividad admirable y envidiable.
El éxito les fue elusivo, por más que hayan intentado explorar en sus últimos discos la veta comercial, así que no les quedó otra que disolver la banda. Nunca más volvieron a tocar juntos, cada uno de los miembros tuvo que salir a inventarse su propio destino después de ese año 1980.
Derek siguió ligado a la música, pero ya no como creador sino como ejecutivo, en el rol de quienes escogen, desarrollan, y ayudan a los artistas a hacer carrera y, faltaba más, a los sellos discográficos a hacer dinero.
No le fue nada mal en esta función, todo lo contrario, tuvo un historial que se puede tildar de brillante, ayudando a forjar la carrera de artistas como Bon Jovi, Pantera, Dream Theater, Cinderella, Nickelback y otros, o a darle un segundo empujón al renacer de bandas como AC/DC (ni más ni menos) o Bad Company, entre otras.


Incursionó también, créanlo o no, en el mundo del hip-hop, un mundo que no comprendía en un principio pero que con el tiempo llegó a entender y respetar como una de las corrientes fundamentales de la música popular desde finales del siglo 20 y hasta nuestros días.
Un mundillo musical, por cierto, este del hip-hop y sus aledaños, que sorprendentemente ha encontrado en Gentle Giant una fuente imprevista de canciones y temas y motivos que sus cultores han incorporado a sus creaciones, como lo atestiguan docenas de piezas de artistas como Travis Scott (Hyaena), Madvillain (Strange Ways), Twiztid (Diemotherfuckerdie), Run The Jewels (Legend has it), y tantos otros.
Ni en sueños me hubiera imaginado que varias piezas de Gentle Giant estuvieran viviendo una nueva vida subterránea entreveradas en las canciones de esos artistas.

Los inicios de Gentle Giant
Busqué este libro con la esperanza de encontrar detalles jugosos sobre lo que fue el proceso creativo que llevó a la gestación de esas gemas del rock progresivo que fueron Octopus, o Free Hand, o The Power and the Glory, o Three Friends, o el mencionado In a Glass House.
Los encontré, aunque quedé algo sediento: sé que debe haber muchas otras cosas por decir. Me enteré de varios detalles personales de la familia de la que surgieron estos muchachos, una familia judía modesta de los lados de Portsmouth, al sur de Inglaterra, un clan cuyo páter familias, músico de profesión, se fue muy pronto de este mundo —suceso que se cuenta en un imprescindible capítulo de este libro—, dejando a los futuros gentiles en la orfandad, teniendo que aprender a arreglárselas por su cuenta desde muy jóvenes.
Y arreglárselas pudieron, pues terminando apenas la escuela secundaria decidieron seguir los pasos de su nada convencional padre y dedicarse a la música, formando aquella banda antecesora de Gentle Giant que llegó a tener cierto éxito en el ámbito del pop y la psicodelia, Simon Dupree and the Big Sound.

Como quizás algunos deben saber, una banda que llegó a meter uno que otro hit en el Top 10 de las carteleras y que en un momento dado estuvo a punto de contratar a un tal Reginald Dwight (futuro Sir Elton John), como uno de sus integrantes. Todo eso se cuenta en el libro.

Conocer de primera mano tantos detalles sobre la corta carrera de Gentle Giant (apenas 10 años) ya justificaba la lectura. Pero eso fue la mitad del volumen. La otra mitad relata el cuento de lo que fue el resto de la vida de Derek Shulman, su paso como ejecutivo musical por Polygram, ATCO Records, Roadrunner Records y otras aventuras.
El fan de Gentle Giant todavía se tira de los pelos tratando de entender cómo fue que estos músicos brillantes disolvieron la banda y nunca más -nunca más- volvieron a reunirse para tocar. Quienes más se acercaron a ello fueron Gary Green, el guitarrista, y Malcolm Mortimore, el segundo baterista de la banda, que en 2009 formaron la agrupación Three Friends -con una breve incursión del tecladista Kerry Minnear– para girar y volver a tocar el repertorio de Gentle Giant. Gesto que todavía muchos agradecen.
La segunda parte de Giant Steps
Lo cierto es que esa segunda parte del libro, a la que al principio me resistí porque quería que Mr. Shulman siguiera hablando de la década maravillosa, la que transcurrió entre 1970 y 1980, terminó por ganarme la partida, porque resultó ser una inmersión en ese medio del que el mero aficionado a la música tiene poca idea: el de los resortes y engranajes que están detrás de los artistas y los discos que vemos y aceptamos como productos terminados, pero cuya cocción a fuego lento o rápido es el resultado de cientos de decisiones donde intervienen muchas manos y muchas mentes, cada una de las cuales tiene sus propias ideas sobre lo que el aficionado quiere escuchar.
Este tema es vasto y complicado, y no pretendo despacharlo en este artículo, ni que tuviera la competencia para hacerlo. Baste decir que leer lo que tiene que decir Derek Shulman sobre un microcosmos que llegó a conocer en sus más mínimos detalles, un monstruo en cuyas entrañas se deslizó y empegostó, para bien y para mal, es una ganancia para los lectores.
¿Hay comentarios sobre otros artistas o bandas en este libro? Desde luego que sí, los hay por montón, aunque más que todo referidos a los músicos o bandas que Derek tuvo la ocasión de firmar, asesorar o producir, no tanto sobre bandas contemporáneas de Gentle Giant.
Claro que no podía faltar la inevitable mención del fenómeno musical y social que desataron los Beatles -cuyo impacto fue decisivo para que los hermanos Shulman se dedicaran a la música-, o las anécdotas de las giras que hizo GG con Black Sabbath o Jethro Tull, o ciertos dardos dirigidos a los Beach Boys o a Eagles, más que todo por la actitud arrogante y poco amigable de sus miembros en las ocasiones en que coincidieron, o la confesión del orgullo que sintió Mr. Shulman una vez que Zappa hizo un comentario elogioso sobre la música de GG, pero no espere el lector una frase sobre Close to the Edge o sobre Foxtrot, sobre Lizard o sobre Animals.
No tenían por qué estar en el libro, que quede claro. Es sólo que el lector aficionado siempre tiene la curiosidad de saber qué pensaban unos músicos sobre lo que estaban haciendo los otros, cuán perplejos o indiferentes quedaban cada vez que escuchaban el disco que estaba haciendo el vecino…

Esta segunda parte del libro creo que va a interesar no sólo al fan de Gentle Giant sino también al lector ávido de saber cómo funciona el negocio de la música, cómo transcurre el día a día de la gente que trabaja tras bastidores para lanzar a un artista o un disco, cómo se descubren los talentos, cómo se pueden potenciar, cómo se buscan los apoyos en la industria para llevarlos al éxito, cómo las ideas acertadas o equivocadas van a influir en los resultados, cuáles son los elementos predictores del éxito o el fracaso de una banda.
Pero atención, este no es un libro de texto ni un libro que pretenda enseñar cómo lanzar a un artista o producir un disco, es sencillamente el recuento de cómo lo hizo Derek Shulman, cómo su olfato no educado en una carrera universitaria sino en las propias intuiciones y lecciones que aprendió durante su paso como artista y líder de una banda irrepetible en la década de los 70, como lo fue Gentle Giant, le sirvió para ganarse la confianza de los artistas que representó y en tantos casos ayudarlos a alcanzar sus logros, recuento que está todo salpicado de montones de anécdotas.
Un solo ejemplo, para no hacer esto muy largo: la anécdota que tiene que ver con Twiztid, una banda de hip-hop que una vez le llevó un demo a la oficina a Derek sin tener idea de quién era ni sospechar el efecto que podía tener ese demo sobre él.
El final de la carrera de Gentle Giant
Un tema ineludible que este libro tenía que tocar es el que se refiere a los últimos tres álbumes de la discografía de Gentle Giant. Me refiero a esos tres discos que se distanciaron un poco o mucho, según el caso, de los primeros ocho que la banda publicó, que son los que han quedado asociados a la imagen de una banda ingeniosa, innovadora, impredecible, única, que no se parecía a ninguna, la banda de culto que décadas después de disolverse sigue deslumbrando a nuevos y viejos escuchas que siguen reconociendo un legado perdurable que todavía suena fresco.
Una música que ha envejecido bien, al punto de que tantos artistas quieren seguirla citando (sampleando) para sus propias canciones, artistas incluso venidos de rincones completamente ajenos al rock progresivo, como los cultores de la “música urbana” mencionados más arriba.
¿Pero qué es lo que pasa con esos tres últimos discos de Gentle Giant? No pasa nada, sigue habiendo buena música allí, para mi gusto, hecha por gente que conoce su oficio. De hecho, motivado por la lectura del libro, he vuelto a escucharlos como si fuera la primera vez para escribir esta reseña y me he descubierto queriendo volver a ellos una y otra vez, especialmente al último disco, Civilian.
No tienen estos tres discos, especialmente los dos últimos, la extrañeza de sus discos anteriores, son más directos, son fieles a una estética de rock más convencional (tempos de batería constantes, riffs de guitarra pegadizos y recordables, canciones cortas —aunque en general Gentle Giant nunca hizo canciones extralargas a la manera de otros grupos progresivos), pero resulta palmario que están hechos por una banda sólida, solvente y profesional.
Los lectores deben recordar que incluso en The Missing Piece hay una incursión de Gentle Giant en el punk que es la pieza “Betcha thought we couldn’t do it”, que para muchos fans puristas de Gentle Giant hubo de ser un horror, pero que a mí me parece que muestra el lado humorístico e irreverente de esta banda.
Lo cierto es que esos discos, especialmente los dos últimos, no se parecen demasiado a los discos anteriores. Fueron la respuesta de Gentle Giant a una época del negocio de la música que le estaba dando la espalda a lo que ellos hacían.
Por un lado eran los propios sellos discográficos. Por el otro, la radio y los DJs ya no estaban interesados en poner al aire “Knots” o “On Reflection” (si es que alguna vez lo hicieron), los tiempos habían cambiado y ahora reinaban la música disco, el punk, el new wave y por allí ya se asomaba el synth pop.
Recuerdo que Chris Squire contaba en alguna parte que su sello discográfico llegó a decirle que se olvidara de la música que Yes estaba haciendo, que si querían tener el respaldo de la gerencia tenían que hacer algo parecido a lo que estaba haciendo The Cars.
El rock de bandas consagradas seguía vendiendo por montones, pero para otras estaba ocurriendo una debacle, de alguna manera estaban siendo canceladas, para usar un término de moda hoy. Gentle Giant fue una de ellas. Nunca habían tenido demasiado éxito, pero ahora se iban a hundir, y ellos aspiraban a vivir de la música que hacían. Tenían que reformarse. ¿Cómo hacerlo, manteniendo un nivel de calidad acorde con sus ambiciones y su ética profesional?
Fue un dilema al que se enfrentaron tantas otras bandas por esa época, sobre todo entre finales de los 70 y comienzos de los 80. Véanse los discos que hicieron bandas como Yes, Genesis, Camel, por esos años. Para no hablar de otros artistas que decidieron dar un giro a sus carreras por sus propias ambiciones artísticas (Robert Fripp, Peter Gabriel).
¿Qué hizo Gentle Giant? Su respuesta fue hacer esos tres discos: The Missing Piece, Giant for a Day y Civilian. Tampoco tuvieron el éxito esperado. No son discos flojos en mi opinión, como queda dicho arriba (bueno, si me apuran mucho, podría decir que Giant for a Day no es particularmente de mi gusto). Son distintos.
Vuélvase a escuchar The Missing Piece, por ejemplo, un disco que tiene momentos sensacionales. Allí hay de todo un poco -algo nada desdeñable-, y a un alto nivel de ejecución, algo que da gusto ver, vale decir, una banda en la plenitud de sus poderes que puede hacer cualquier cosa y todo le sale bien.
Desde el punk que ya dijimos hasta la energética “Mountain Time”, un derroche rítmico al mejor estilo funk/rhythm & blues. “Memories of Old Days” es una pieza extraordinaria, ya más cercana al GG que conocíamos de discos anteriores.
Pero para algunos no son ya el Gentle Giant que prefieren. Algunos de los propios miembros de la banda, a la distancia, han visto a alguno de esos discos como un error. No es necesariamente la opinión de Derek, que rescata en ellos un sentido de profesionalismo que siempre fue la marca de fábrica de esta banda.
Un tema controversial sobre el que a mí me ha interesado mucho leer lo que tiene que decir Derek, que puedo comprender perfectamente. Sus reflexiones me han servido para querer regresar a esos años y volver a escuchar 20 o 30 discos de tantas bandas y artistas que en ese período estaban tratando de mantenerse a flote y seguir siendo relevantes para el público.
Coda
Me ha resultado placentera la lectura de este libro. Quedé con ganas de leer más. Me han gustado las reflexiones que hace Derek al final del libro, poniendo en perspectiva lo que fue su carrera de músico versus su carrera de ejecutivo musical, dos roles muy ligados pero muy distintos también, uno poseído por el fuego de la creación al lado de otras mentes creativas que se potencian y complementan entre sí según unas leyes propias que cada banda de rock se inventa, y el otro alimentado por otro tipo de energías también muy satisfactorias pero que son de otra tesitura al fin y al cabo.
Quien ha estado en los dos lados de la verja, como Derek, puede juzgar las sumas y restas que obtuvo en cada caso.
Ha valido la pena leer las palabras emocionadas que él tiene que decir al respecto, que seguramente, en su evocación de la euforia que le producía estar en un estudio creando nueva música con unas almas gemelas, estuvieron impregnadas en todo momento por el recuerdo de su hermano menor Ray, desaparecido en 2023.
Un hermoso homenaje y un hermoso final para este libro.
Daniel Méndez
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